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sábado, 15 de julio de 2017

Los escándalos aumentan en número y gravedad en la corte papal de Francisco: el arzobispo Vincenzo Paglia, presidente de la Pontificia Academia para la Vida, se quita la careta

En una entrevista concedida el pasado jueves 13 de julio al panfleto semanario Alfa y Omega, el arzobispo Vincenzo Paglia -el mismo que encargó y aparece representado en el tristemente famoso fresco "gay" pintado en la catedral de Terni (Italia)-, presidente de la Pontificia Academia para la Vida y gran canciller del Instituto Juan Pablo II para el Matrimonio y la Familia, dice que él no debe defender los valores cristianos porque "se defienden solos". ¡Y se ha quedado más ancho que largo! Realmente, es casi mejor que este personaje no defienda los valores cristianos. Con amigos así, ¿quién necesita enemigos?

Muy acertadamente, Michael Hichborn, presidente del Instituto Lepanto, con sede en Estados Unidos, criticó la "nueva estrategia" de Paglia: "A lo largo de la Historia los santos nunca conspiraron, planearon o llevaron a cabo estrategias para hacer conversos, sino que simplemente predicaron la Verdad en todos los lugares", dijo a LifeSiteNews. "Si el arzobispo Paglia quiere intentar algo nuevo, tal vez debería sugerir que los sacerdotes prediquen en términos inequívocos, desde los púlpitos de todo el mundo, que el aborto, la anticoncepción y la sodomía están todos condenados, y que quienes se dedican a estas prácticas están en peligro de ir al infierno", agregó.

En la entrevista, Paglia dice que no es cosa suya el haber eliminado el juramento1 obligatorio de los académicos, que ya estaba programado antes de que él llegara -nótese que fue nombrado por Francisco hace un año, en verano de 2016, y el juramento de los nuevos miembros se ha retirado en 2017-, pero sí se adjudica, como si fuera algo meritorio, el haber introducido en la Pontificia Academia para la Vida a herejes, cismáticos, judíos, paganos y ateos.

Vincenzo Paglia miente cuando afirma que, a pesar de su impiedad, estos nuevos miembros de la Pontifica Academia para la Vida han sido seleccionados "por estar dentro de un cuadro de defensa de la vida", añadiendo a continuación, con todo cinismo: "No acepté a científicos favorables a la guerra, por poner un ejemplo".

Lo primero a destacar es que quien elige a los miembros de la Pontifica Academia para la Vida es Francisco, no él, que es un mero subordinado. Paglia puede seleccionar a quien quiera, que si no lo sanciona Francisco, le va a dar igual: sólo entran a formar parte como miembros de la Academia las personas elegidas personalmente por Francisco.

Y, en segundo lugar, es bastante probable que entre dichos miembros no haya ninguno favorable a la guerra; pero se debe de estar refiriendo, sin duda, a la guerra justa, la que siempre ha permitido y defendido la Iglesia, incluso a veces como obligación -como puede comprobarse leyendo el punto 2265 del Catecismo de la Iglesia Católica-. Sin embargo, entre los nuevos miembros hay algunos totalmente favorables a la guerra desigual contra los seres humanos más indefensos: los hay pro-abortistas, pro-eutanasia, y hasta una presunta "científica" que experimenta, manipula y luego mata a seres humanos en estado embrionario -sin contar a los pro-homosexualistas y a los defensores acérrimos de impartir los sacramentos de la Confesión y de la Comunión sacrílegamente a adúlteros y pecadores no arrepentidos, que también los hay-.

Por lo visto, a todos esos seres humanos inocentes sí se les puede asesinar, según algunos de estos miembros que cuentan con el visto bueno de Paglia y la sanción de Francisco. En cambio, parece ser un crimen atroz que la sociedad recurra a la guerra justa o a la pena capital para defenderse del agresor injusto, quien, a diferencia de los seres humanos a los que ahora se ataca cobardemente, pues son inocentes y están indefensos -como los bebés que están en su etapa de gestación, los ancianos y personas impedidas-, sí puede defenderse y además no es inocente, sino todo lo contrario.

La clave de algunos de estos nombramientos, con independencia de la postura claramente inmoral de algunos de los nuevos miembros, la da el mismo Paglia cuando afirma que la actitud de no defender los valores cristianos no tiene por objeto silenciar la propia identidad, sino que el silencio "es capaz de tocar a quien no cree". Parece que las altas jerarquías del Vaticano actual viven en un mundo paralelo, ya que no sólo no es verdad que dicha actitud atraiga a la Iglesia a herejes, cismáticos, judíos, paganos y ateos, sino que espanta a los propios fieles, como puede observarse, por ejemplo, en Sudamérica, donde millones de fieles han apostatado en los últipara pasar a engrosar las filas de sectas protestantes de todo pelaje, sin duda más combativas en lo que a moral y defensa de la vida se refiere.

Al ser preguntado sobre si se está trabajando sobre una comisión para reformar la encíclica "Humanae vitae" de Pablo VI, Paglia echa balones fuera negando que exista una comisión, pero diciendo que es un tema central de nuestro tiempo (malo, malo) y que "es miope plantear el problema en términos anticonceptivos sí o no" pues "el riesgo es que, de tanto mirar para atrás, perdamos la batalla de la cultura". ¡Eso es lo importante! En vez de defender la Verdad, lo que prima es buscar el aplauso y la aceptación del mundo, aunque éste esté podrido moralmente por el adoctrinamiento de unos y el silencio de otros.

De forma cansina, cuando el entrevistador le plantea que hay quienes cuestionan su compromiso en la defensa de la vida, de nuevo vuelve a lo mismo: "Algunos amigos estadounidenses dudan de que yo defienda la vida. Yo les dije: la vida no sólo la defiendo, faltaría más que yo estuviera a favor del aborto, ¿pero estamos locos? Lo que me pregunto es: ¿por qué ellos no están en contra de la pena de muerte?". ¿Cómo ha podido llegar a arzobispo alguien que ni siquiera conoce el Catecismo de la Iglesia Católica? -véase su punto 2267-. O, lo que es peor aún: ¿Cómo ha podido llegar a arzobispo alguien que, si conoce el Catecismo de la Iglesia Católica, pretende ignorarlo o fingir ignorancia para manipular y engañar, especialmente a los fieles católicos y con fines meramente ideológicos, recurriendo a todos los mantras de la ultraizquierda?

Para la siniestra política la vida es "sagrada": la vida de los perros, la de los toros, la del urogallo tartamudo y hasta la del rábano amarillo del Himalaya. Y, por supuesto, es horrible ajusticiar a criminales no reinsertables en la sociedad (como terroristas, asesinos en serie, violadores múltiples que matan a sus víctimas...) que siguen suponiendo un peligro para la vida de ciudadanos inocentes (pues, en caso de ser simplemente encerrados en una cárcel, pueden escaparse, ordenar asesinatos desde sus celdas, salir con permisos penitenciarios, tras reducirse o cumplir su pena, y volver a cometer crímenes, etc.) Así que, ya lo saben: ¿Cómo se atreven a pedir que no se asesine a un bebé en gestación o a un anciano impedido, ambos inocentes, si no rechazan que se aplique la pena capital a asesinos y criminales, culpables, para impedir que vuelvan a matar a personas inocentes? Y, por supuesto, hay que arremeter contra el propio Catecismo de la Iglesia Católica, que defiende tanto la guerra justa (nº 2265), como la pena de muerte en ciertos casos (nº 2267), como siempre ha hecho la Iglesia. Así se las gasta Paglia.

Por último, sobre el caso del bebé Charlie Gard, al que la "justicia" europea ha ordenado que se le retire la alimentación e hidratación -vamos, que se le mate por inanición y deshidratación-, a Paglia no se le ocurre otra cosa que decir que "la vida debe ser acompañada, amada, y la responsabilidad de la decisión debe ser tomada a nivel colegial, no de un externo" (por externo se refiere al tribunal que ha ordenado su asesinato). Es decir: si de forma colegiada se decide asesinar a este bebé -y no digamos si fueran los padres quienes lo pidiesen-, entonces sí estaría muy bien asesinado. Parece que, para Paglia, el único problema no es que se pretenda matar a este bebé, sino que lo decida alguien "externo" y que no se haga por consenso. ¡Y luego se queja de quienes le acusan de no defender la vida!

Y hasta aquí el escándalo vaticano diario -que ya se está convirtiendo en costumbre entre los miembros de la nueva corte papal-.

Véase también:


1 Cuando San Juan Pablo PP. II fundó la Pontificia Academia para la Vida, el Dr. Jerôme Lejeune redactó la Declaración de los Servidores de la Vida, como un juramento que debían firmar los nuevos miembros al ser admitidos. Decía así:

"Ante Dios y ante los hombres, declaramos que todo ser humano es para nosotros una persona. Desde la concepción hasta la muerte natural es el mismo ser que se desarrolla, madura y muere. El respeto absoluto de los pacientes no depende ni de la edad ni de la enfermedad. Al igual que la medicina permanece al servicio de la vida hasta su final, de igual modo la protege desde su inicio. Desde la concepción, la persona es inalienable. El óvulo fecundado, el embrión, el feto, el recién nacido, no pueden ser sometidos a la explotación".

En los nuevos estatutos de la Pontificia Academia para la Vida hechos por Francisco se ha eliminado la obligatoriedad de firmar esta declaración, sustituyéndola por el siguiente compromiso genérico:

"Los nuevos Académicos se comprometen a promover y defender los principios relativos al valor de la vida y de la dignidad de la persona humana".

Nótese que, además de eliminarse cualquier mención a Dios -una constante casi general durante este pontificado-, los nuevos miembros ya ni juran, ni promenten nada. Además, lo que se comprometen a defender son "los principios relativos al valor de la vida", pero no a los seres humanos poseedores de dicha vida creada por Dios, desde su concepción hasta su muerte natural.

Pero, además, se deja al albur de estos nuevos miembros el que consideren vida humana lo que a ellos les apetezca: si uno cree que un embrión o un feto de cuatro meses de gestación no es una vida humana, o simplemente que esa vida no es digna de vivirse o defenderse, no se comprometen a hacerlo. Exactamente lo mismo en lo referente a la "dignidad de la persona humana": si en alguna de las etapas de la vida de un ser humano estos miembros consideran que no es una persona -como sostenía la impresentable ex ministra socialista española Bibiana Aído-, o si piensan subjetivamente que esas vidas son "indignas", no sólo no las defenderán, sino que reclamarán su asesinato -eso sí: empleando cualquiera de los subterfugios, excusas lacrimógenas y eufemismos al uso para apoyar la comisión del mismo acto-.

sábado, 17 de diciembre de 2016

¿Cisma "en ciernes"? No van a dejar títere con cabeza. Por sus frutos los conoceréis

Algunos hablan de un cisma latente o "en ciernes" en la Iglesia. En realidad, sólo falta un documento que, como en el caso de las históricas excomuniones a ortodoxos y protestantes, lo formalice, porque el cisma ya existe de facto: obispos escandalizando; promoviendo el aborto; la homosexualidad; el adulterio; la simonía; la eutanasia y el homicidio a petición; la administración sacrílega de los sacramentos de la Penitencia, la Eucaristía y la Extremaunción; la prohibida Communicatio in sacris, la ordenación de hombres casados, etc. En definitiva, no sólo se ataca la Doctrina, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia, sino, sobre todo, la Moral católica; y lo hacen altas jerarquías de la misma, escandalizando a todos los fieles. Quien no se lo crea, que vea la relación de declaraciones y acontecimientos, que no pretende ser exhaustiva -ni está ordenada cronológicamente-, bajo estas líneas:
  • Johan Jozef Bonny, obispo de Amberes (Bélgica), aboga por el reconocimiento de las parejas homosexuales (ver aquí).
  • El cardenal alemán Walter Kasper espera compartir la Comunión eucarística con los protestantes en situaciones particulares, especialmente respecto a los matrimonios y familias mixtas (ver aquí).
  • El mismo cardenal Walter Kasper, además de ser el principal impulsor de dar la Comunión a los adúlteros durante los últimos Sínodos de la Familia de 2014 y 2015, ha sostenido herejías públicamente, sin que se haya retractado hasta la fecha (ver aquí y aquí).
  • El Cardenal alemán Reinhard Marx, del Consejo de Cardenales (C9) que asesora al Papa Francisco, promueve dar la Comunión a los adúlteros (ver aquí).
  • La página web oficial de la Conferencia Episcopal Alemana publica un artículo que dice que "la anticoncepción le da a las mujeres 'una nueva libertad'" y que hay que ver la "homosexualidad como algo bueno" (ver aquí).
  • La Conferencia Episcopal Alemana aprueba la píldora abortiva del día después (PDD) en los hospitales católicos alemanes (ver aquí).
  • El cardenal belga Godfried Danneels apoya el homomonio y reconoce la existencia y su pertenencia de la mafia de Sankt Gallen para evitar la elección de Benedicto XVI, dificultar su Pontificado y hacerle dimitir, para después elegir un Papa afín a sus planes (ver aquí).
  • Robert McElroy, obispo de San Diego (California) apoya el homomonio y ha instado a los sacerdotes de su diócesis a "abrazar" a las "familias LGTB" y a administrar la Comunión a los adúlteros en ciertos casos (ver aquí).
  • Socrates B. Villegas, arzobispo de Lingayen Dagupan y presidente de la Conferencia Episcopal de Filipinas, escribió una carta en la que aseguraba que no había que esperar las directrices de los obispos sobre la exhortación apostólica "Amoris laetitia" y pidió que se dé la Comunión -"comida para los miserables"- a los "pecadores" (ver aquí).
  • Obispos canadienses mandan dar los sacramentos a quienes piden la eutanasia (ver aquí y aquí).
  • Estos son los obispos de la Asamblea Episcopal del Atlántico que han firmado dichas directrices:
Anthony Mancini, Arzobispo de Halifax-Yarmouth
Martin Currie, Arzobispo de St. John's
Valéry Vienneau, Arzobispo de Moncton
Brian J.Dunn, obispo de Antigonish
Anthony Daniels, obispo de Grand Falls
Claude Champagne, obispo de Edmundston
Richard Grecco, obispo de Charlottetown
Peter Hundt, obispo de Corner Brook y Labrador
Robert Harris, obispo de Saint John
Daniel Jodoin, obispo de Bathurst
  • Los obispos de la región pastoral de Buenos Aires decretan dar la Comunión a los adúlteros en ciertos casos. El Papa avala la interpretación que se hace en este documento sobre el capítulo VIII de "Amoris laetitia" (ver aquí).
  • El cardenal belga Jozef De Kesel, Arzobispo de Malinas-Bruselas creado por el Papa Francisco y protegido del arzobispo emérito de Bruselas, Godfried Danneels, sugiere en su último libro "Église et famille: ce qui pourrait changer" (Iglesia y la familia: esto podría cambiar), que las parejas de homosexuales, los católicos viviendo en adulterio y las parejas amancebadas deben recibir "algún tipo de bendición en la Iglesia", para lo que propone una "diversidad de rituales" que reconozcan la "exclusividad y estabilidad de la relación" (ver aquí).
  • El cardenal brasileño Cláudio Hummes quiere la ordenación de hombres casados (ver aquí).
Lo más sorprendente, además de sus aberrantes declaraciones, propuestas y decretos, es que todos estos obispos y cardenales sigan siendo nominalmente católicos, así como que se les siga permitiendo difundir el error y la inmoralidad, cuando no atacar impunemente a quienes defienden la Doctrina, Tradición, Magisterio y Moral de la Iglesia Católica.

Sólo cabe recordar las palabras del Señor:

"Guardaos de los falsos profetas, los cuales vienen a vosotros disfrazados de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Los conoceréis por sus frutos. ¿Acaso se recogen uvas de los espinos o higos de los abrojos? Asimismo todo árbol bueno da frutos sanos, y todo árbol malo da frutos malos. Un árbol bueno no puede llevar frutos malos, ni un árbol malo frutos buenos. Todo árbol que no produce buen fruto, es cortado y echado al fuego. De modo que por sus frutos los conoceréis".
(Mt 7, 15:20)


miércoles, 14 de diciembre de 2016

Obispos canadienses mandan dar los sacramentos a quienes piden la eutanasia, el obispo suizo de Coira se lo prohíbe a sus sacerdotes, y el Papa Francisco le llama a consultas mientras habla del "pobre" suicida Judas Iscariote

Cada día un sobresalto. Y cada día un ataque nuevo a la doctrina, a la moral católica y a los sacramentos; con "licencia eclesiástica", eso sí. Ahora le ha tocado el turno a la Extremaunción: hoy se ha difundido -y por ello están corriendo ríos de tinta- una nueva "directriz pastoral" de los obispos de las diócesis canadienses del Atlántico que permiten que los sacerdotes den la absolución, la Comunión y la Extremaunción a los que pretenden suicidarse o que otros les asesinen por encargo -bien sea el personal sanitario, familiares o amigos-. Según ellos, basándose en "Amoris laetitia" y "Evangelium Gaudium", del Papa Francisco (ver noticia completa más abajo).

Mientras esto ocurre en Canadá, S. E. Mons. Vitus Huonder, obispo de Coira (Suiza), ha ordenado a sus sacerdotes que denieguen los últimos sacramentos a quienes eligen morir mediante eutanasia, por ser incompatible con la salvación y porque "en dicha circunstancia, no se dan los requisitos previos para la recepción de los sacramentos" (ver aquí).

Casualidad o no, Mons. Huonder ha sido "llamado a consultas" por el Papa Francisco justo para el día de su cumpleaños, el próximo 17 de diciembre (ver aquí).

Y hoy mismo, desde la Santa Sede nos llega otra información, muy escueta, relacionada con todo lo anterior: tras la reunión del Papa con el Consejo de Cardenales (C9), el director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Greg Burke, ha asegurado que el Papa Francisco no va a responder a las "dubia" de los cuatro cardenales porque "para el Papa está suficientemente claro que ya ha hablado el Sínodo" ("per il Papa è abbastanza chiaro che ha già parlato il Sinodo"). Y esto a pesar de que, exactamente, el Sínodo ya ha hablado: rechazando los polémicos puntos de "Amoris laetitia" sobre los que el Papa se niega a pronunciarse (ver aquí).

Como colofón, en la homilía de hoy en la Casa Santa Marta, el Papa Francisco ha vuelto a hablar del "pobre" Judas Iscariote, el que traicionó al Señor y luego se suicidó, con estas palabras:

"Judas fue un traidor, ¡pecó mucho eh! Pecó enormemente. Pero después el Evangelio dice: “Arrepentido, fue a devolverles las monedas”. Y ellos ¿qué hicieron? “Pero, tú fuiste socio nuestro. Quédate tranquillo… ¡Nosotros tenemos el poder de perdonarte todo!”. ¡No! “¡Arréglate como puedas! ¡Es un problema tuyo!”. Y lo dejaron solo: ¡descartado! El pobre Judas traidor y arrepentido no fue acogido por los pastores. Porque ellos habían olvidado lo que significa ser pastor. Eran los intelectuales de la religión, los que tenían el poder, los que llevaban adelante la catequesis del pueblo con una moral hecha por su inteligencia y no por la revelación de Dios".

No hace falta ser ningún lince para atar cabos. Para quien no se la haya leído, en "Amoris laetitia" también se alude a la eutanasia. Hablé de ello en una de las partes de mi análisis sobre dicho documento (ver aquí). En concreto, el Papa cita el punto el 2352 del Catecismo de la Iglesia Católica, tratando de encontrar, infructuosamente, otra justificación para "demostrar" que los adúlteros, o al menos algunos de ellos, no cometen un pecado grave. Pero en dicho punto, el 2352, los atenuantes que se exponen se refieren a la masturbación, no al adulterio. Pues bien, en la misma nota que acompaña esta cita, también nombra la Declaración "Iura et bona" de la Congregación para la Doctrina de la Fe (5 mayo 1980), que tampoco guarda relación con el adulterio, sino que se refiere a la eutanasia; pero lejos de servir de ejemplo para justificar esos supuestos "atenuantes" en el caso del adulterio, fíjense lo que se dice en dicha declaración:

"Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible".

Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980)

Con esta nueva "ocurrencia", ya van cuatro sacramentos que se cargan: la Penitencia, la Eucaristía, el Matrimonio, y ahora la Extremaunción, además de contar con un nuevo tipo de episcopado: el que es más "misericordioso" que todos los obispos que ha habido en la Iglesia durante más de dos mil años, e incluso que el mismo Cristo -mejor no recordar al obispo que propuso durante el pasado sínodo de la familia volver a instaurar el repudio mosaico-. Tenemos un episcopado alemán que ha aprobado la simonía y la dispensación de la píldora abortiva en los hospitales católicos alemanes, además de llevar tiempo dando comuniones sacrílegas a los adúlteros; a los que recientemente se han sumado obispos como uno de Filipinas, el de San Diego y los de la región de Buenos Aires, que admiten la bigamia y la administración sacrílega de sacramentos a los adúlteros; y como penúltima obra de "misericordia", pues no será la última, tenemos ahora a los misericordiosísimos obispos de Canadá atlántico que quieren absolver el pecado el de suicidio/homicidio incluso antes de cometerse, a quienes no sólo no tienen propísito de la enmienda, sino que tienen previsto pecar después de recibir la absolución, comulgar a continuación y recibir los santos óleos de la Extremaunción. Como dice el Evangelio: el que tenga oídos para oír, que oiga.

Aquí está más desarrollada la noticia sobre los obispos canadienses:




Nueva pastoral de los prelados de las diócesis del Atlántico

Obispos canadienses aprueban dar los sacramentos a los que quieren suicidarse


Las nuevas directrices pastorales de las diócesis canadienses del Atlántico permiten que los sacerdotes den la Comunión y la Unción de Enfermos y absuelvan de sus pecados a los que pretenden suicidarse con auxilio médico, según la ley canadiense. La decisión será tomada por cada sacerdote, después de un «encuentro pastoral» con el interesado y su familia.

(InfoCatólica) En junio de este año, se aprobó en Canadá una legislación federal que legalizaba el suicidio asistido. La nueva ley canadiense permite que los médicos y enfermeras o bien causen directamente la muerte del paciente (eutanasia) o le receten medicinas para provocar su muerte (suicidio asistido).

En ese contexto, los obispos canadienses de la región del atlántico publicaron el pasado 27 de noviembre la carta titulada «Una reflexión pastoral sobre la asistencia médica para morir». En ella, se dan los criterios pastorales apropiados, a juicio de los obispos, para que los sacerdotes traten con las personas que han decidido suicidarse aprovechando las facilidades que les confiere la nueva ley.

En la carta, se indica que la nueva legislación «plantea muchas preguntas y preocupaciones para los enfermos, sufrientes y sus familias y amigos», además de «plantearnos el reto como Iglesia y como Católicos individuales de crecer en nuestra comprensión de la enseñanza moral de la Iglesia sobre este tema». Los obispos recuerdan que la eutanasia y el suicidio asistido «no reflejan nuestra visión cristiana de la vida, el sufrimiento y la muerte», aunque en ningún momento se denuncia la ley como gravemente inmoral e injusta.

Monseñor Claude Champagne, obispo de Edmunston y Presidente de la Conferencia Episcopal del Atlántico, explicó al Catholic Register que el documento pone más énfasis en el cuidado pastoral que en la doctrina, para asegurarse de que los católicos se sientan acogidos. «Intentamos no condenar ni juzgar, sino que tratamos de acercarnos a la gente para expresar la visión católica, a la vez que acompañamos a la gente». De esa forma, quieren seguir lo expresado en Amoris Laetitia, sobre reconocer que «hay gente que todavía no ha llegado» a aceptar la visión católica. «Los acogeremos, intentaremos comprenderlos y los acompañaremos». La carta afirma que el Santo Padre «nos recuerda que quien acompaña a otros debe darse cuenta de que la situación de cada persona ante Dios y su vida de gracia son misterios que nadie puede conocer plenamente desde fuera. Por lo tanto, no debemos juzgar la responsabilidad y culpabilidad de la gente».

Los obispos señalan que, «en el cuidado pastoral de aquellos que están contemplando la posibilidad de recurrir a la asistencia médica para morir, debemos recordar que la finalidad del cuidado pastoral es comunicar la compasión de Cristo, su amor que sana y su misericordia». Asimismo, indican que las personas «que estén considerando la posibilidad de acudir a la eutanasia o al suicidio asistido y que pidan el ministerio de la Iglesia deberán ser acompañadas con diálogo y apoyo compasivo y orante».

El documento de los obispos indica que aquellos que estén «considerando recurrir a la eutanasia o al suicidio asistido» podrán recibir la Comunión, la Confesión y la Unción de Enfermos además de tener un funeral católico después de suicidarse. Para concederles estos sacramentos, los sacerdotes deberán tener en cuenta su «contexto emocional, familiar y de fe». Es el «encuentro pastoral» el que «arrojará luz sobre situaciones pastorales complejas e indicará la acción más apropiada a tomar, incluida la decisión de si la celebración de los sacramentos es adecuada». La decisión de si se va a celebrar un funeral católico deberá tomarse en «diálogo con las personas involucradas de forma compasiva, sensible y abierta», aunque parecen indicar que siempre deberá celebrarse ese funeral, porque «como personas de fe y ministros de la gracia de Dios, estamos llamados a confiar a todos, sin importar sus decisiones, a la misericordia de Dios».

Con estas directrices pastorales, los obispos del Atlántico se separan por completo de lo que determinaron en septiembre los obispos canadienses de Alberta y los Territorios del Noroeste. Los obispos de esta otra región publicaron un Vademécum en el que se indicaba que las personas que rechazaran de forma «obstinada» la doctrina de la Iglesia sobre el suicidio asistido no podían recibir la Unción de Enfermos. Sí que admitían, en cambio, la posibilidad de un funeral católico en algunas situaciones.
Monseñor Champagne resaltó que la postura de los obispos de Alberta y el Noroeste no expresa la visión de todos los obispos católicos del Canadá.

miércoles, 9 de noviembre de 2016

La derrota de Hillary Clinton frente a Donald Trump o cómo el Papa Francisco pierde elección tras elección desde el trono de San Pedro

¿Es el Papa Francisco "gafe"? Salvando las distancias, a uno le da la impresión de que se está convirtiendo en el "Zapatero" del Vaticano: no hay causa terrenal que apoye, que no fracase estrepitosamente, pese a las arengas lanzadas desde tan privilegiado púlpito, aumentadas por los altavoces de casi toda la prensa internacional.

Ningún católico duda de que el Papa, cualquier Papa, es infalible cuando habla ex Cathedra. Lo que también les queda bastante claro a cada vez más católicos es que este Papa no ha hablado ex Cathedra ni una sola vez, y que cuando pone de manifiesto sus querencias y expresa sus preferencias personales, especialmente en el ámbito político, no da ni una: si apoya los mal llamados "acuerdos de paz" con los terroristas de las FARC, los colombianos, mayoritariamente católicos, votan en contra en el correspondiente referendum; si Macri no es santo de su devoción, éste vence en las Elecciones de su Argentina natal; si predica y apuesta por el "papeles para todos" -inventado por el socialista José Luis Rodríguez Zapatero muchos años antes de que este Papa okupara la cátedra de San Pedro-, los países del este de Europa se blindan legalmente frente a la invasión de inmigrantes ilegales y hasta el Reino Unido prefiere salirse de la Unión Europea; si asiste a Suecia a celebrar el V Centenario de la herejía y cisma de Martín Lutero, un importante segmento de protestantes expresa públicamente su rechazo; si se niega a venir a España a conmemorar el V Centenario de Santa Teresa de Jesús para no "interferir" en la Elecciones -a Estados Unidos no le ha importado ir aunque "interfiriera"-, el socialismo español se hunde progresivamente en cada cita electoral y la extrema izquierda de los comunistas "Podemos" e "Izquierda Unida" toca techo, estancándose y permitiendo otro gobierno del PP...

Asimismo, el aumento imparable del Frente Nacional de Marine Le Pen en Francia, pese a las maniobras obstructivas de la masonería patria, o el "Brexit" del Reino Unido, fundamentalmente contrario a la invasión migratoria fomentada desde el Vaticano, demuestran la poca influencia que los deseos personales del Papa tienen sobre los electores. Por otro lado, con esta última cita electoral estadounidense queda de manifiesto, una vez más, que las encuentas no sirven para nada -ya ni siquiera para manipular a la población, que era para lo que venían usándose-. El general apoyo de los medios de comunicación y de los grupos de poder a Hillary Clinton no ha tenido el mayoritario apoyo que cabía esperar. De hecho, ni siquiera puede decirse que Trump haya ganado por los pelos: le ha dado una paliza electoral a Hillary Clinton, representante de la anti-Iglesia y enemiga declarada de Cristo: laicista radical, pro-aborto, pro-eutanasia, pro-ideología de género, pro-gay, anti-familia...

Por otra parte, además de las encuestas, la mayor parte de los medios de comunicación, indisimuladamente partidarios de Hillary Clinton, han quedado nuevamente en entredicho. Caso más grave aún es el de Radio Vaticano o la COPE en España, que han quedado totalmente desacreditadas. Para ambos medios, los católicos deberían haber votado al partido demócrata, pues Donald Trump es machista, xenófobo, etc. Radio Vaticano habló incluso de que el voto católico daba 20 puntos de ventaja a Clinton. ¡Pues ni con esas! En el caso de la apuesta de la emisora de los obispos de España, la COPE, por Hillary Clinton, también la ha dejado a los pies de los caballos. De hecho, ahora mismo no deben de salir de su asombro, sólo atinando a dar el absurdo titular: "Un país dividido". Naturalmente: tras unas elecciones, unos ganan y otros pierden. ¿Eso es todo lo que se les ocurre decir? Quien ha ganado ha sido Donald Trump y quien ha perdido -mal perdido- ha sido Hillary Clinton, que en un primer momento ni siquiera se dignó a aparecer públicamente ante los suyos y el resto del país para aceptar la derrota y felicitar a Trump por su victoria.

Lo que salta a la vista es que la habitual injerencia del Papa en política -pese a que lo niegue según sea el caso-, no ha sido suficiente para disuadir a los católicos estadounidenses de votar al partido republicano. Ni siquiera su descalificación explícita a Donald Trump durante el vuelo de regreso a Roma desde México, el pasado mes de febrero, cuando se le preguntó por él por su intención de construir un muro en la frontera del país. Pese al "¿quién soy yo para juzgar?" cuando le preguntaron sobre las relaciones homosexuales, no dudó en descalificar a Trump como "no cristiano" por oponerse a la invasión migratoria fomentada por los grupos de poder. De hecho, Hillary Clinton cerró la campaña electoral en Raleigh, Carolina del Norte, parafraseando al Papa Francisco y pidiendo votar a quien "construya puentes y no muros": “Cuando miréis hacia atrás, podréis decir que votasteis por un país mejor, más justo, en el que construimos puentes y no muros”. Y todo, pese a considerar fanáticos a los cristianos, como han revelado las últimas filtraciones de Wikileaks.

No sabemos cómo gobernará Trump. Pero sí sabemos qué no hará, que incluye toda la política laicista y anticristiana ya impulsada por Obama y que pretendía continuar y ampliar Hillary Clinton. Tampoco pretende cambiar la Iglesia Católica desde dentro para hacerla sumisa, como pretendía Clinton, ni violentarla con la ideología de género o con la obligación de dispensar anticonceptivos o realizar abortos en hospitales católicos. Ahora ya no se nombrará a magistrados de la Corte Suprema con el único mérito de impulsar la ideología de género como prioridad de su agenda, incluso por encima de libertades básicas, como la religiosa y la libertad de conciencia.

Para finalizar, me vienen a la cabeza las relativamente recientes acusaciones lanzadas a diestro y siniestro por uno de los palmeros del Papa Francisco, Andrea Tornielli, cuando fantaseaba con una supuesta trama -sin duda ficticia- de supuestos católicos "contrarios al Papa Francisco", en un vergonzoso y digno de olvido artículo -articulo-ficción, más bien- publicado en el panfleto diario "La Stampa" el pasado 16 de octubre. Ante semejantes disparates, ahora sólo cabe preguntarse: ¿será el votante medio estadounidense, especialmente el católico, un terrible "tradicionalista" anti-Papa y pro-Putin? Pues, por lo visto, sí. Cada día parece más evidente la "conjura mundial" contra el Papa Francisco en lo que a sus prioridades materiales y gustos políticos se refiere.

Lamentable, por otro lado, que en algunos estados donde han ganado los demócratas, a quienes no les duelen prendas en morir matando -y nunca mejor dicho-, hayan aprobado durante estas mismas elecciones la eutanasia en Colorado y el uso de la marihuana en California. ¿Y aún alguien se asombra de que en aquellos estados con un amplio número de católicos, mayoritariamente inmigrantes, también éstos hayan apoyado en un gran porcentaje a Donald Trump?

sábado, 23 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte VIII y última)

Con esta entrada llegamos al noveno y último capítulo de la Exhortación, como ya señalé en la entrada anterior (ver aquí), titulado: "Espiritualidad matrimonial y familiar".

No parece casualidad que en el punto 320, para afirmar una obviedad, a saber: que "es preciso que el camino espiritual de cada uno [...] le ayude a «desilusionarse» del otro, a dejar de esperar de esa persona lo que sólo es propio del amor de Dios", aproveche para citar, de nuevo, a un hereje. En este caso se trata del "pastor" alemán protestante Dietrich Bonhoeffer, acusado de participar en uno de los atentados contra Hitler y encarcelado por ello. Los papeles y las cartas desde la cárcel de este heterodoxo "pastor" incluían frases vagas referidas a un "cristianismo sin religión", o que "Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida". Estas ideas han estimulado la llamada "Teología secular".

En esta misma línea, en el punto 321 el Papa dice, volviéndose a citar "autorreferencialmente" a sí mismo, que "querer formar una familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo". Nada de trascendencia en dicha afirmación: se trata del mundo terrenal.

En el punto 322 también cita a Gabriel Marcel, representante del "existencialismo cristiano" o "personalismo", movimiento al que el impío Jean-Paul Sartre, en su ensayo "El existencialismo es un humanismo", le adscribía, aunque el propio Marcel definía su filosofía como "neo-socrática". Sin duda, Gabriel Marcel estuvo influenciado por su padre, Henri Marcel, que era agnóstico. "Reconocía sin dificultad todo lo que el arte debe al catolicismo, pero el pensamiento católico le parecía prescrito, plagado de supersticiones absurdas. Un espíritu libre no podía, según él, seguir prestando adhesión a creencias infantiles", relata R. Troisfontaines en la página 20 de su "De l'existence 'a l'être. La philosophie de Gabriel Marcel" (De la existencia al ser. La filosofía de Gabriel Marcel).

Al final del punto 324 vuelve a emplear sus ya recurrentes alusiones a los "pobres y abandonados", al "amor social", a las "exigencias comunitarias" y a "transformar el mundo" -el mundo material-. Muy en la línea de sus ideas políticas y del "espíritu" que se respiraba en la época de su formación sacerdotal, que padecen muchos sacerdotes mayores de 65 años, claramente influenciados por el pensamiento y lenguaje marxista tan en boga en aquellos años.

En el último punto, el 325, pese a citar "Las palabras del Maestro (cf. Mt 22,30) y las de san Pablo (cf. 1 Co 7,29-31)", a continuación dice: "Pero además, contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo. También nos impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad". Como ya he comentado en otra de las partes en las que he dividido este análisis de la Exhortación, el Papa vuelve a incidir en la supuesta plenitud que aún no tienen las familias en este mundo; pero Nuestro Señor aclaró que después de este mundo ya no existirán los matrimonios, cuyo vínculo finaliza con la muerte. Por tanto, no hay ninguna plenitud matrimonial o familiar en el Cielo, como él sugiere. Está claro que lo que el Papa desea "relativizar" es la Doctrina y el Magisterio de siempre para así integrar, por la puerta de atrás, a los pecadores no arrepentidos, a los que ya no se les impele a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48), sino que se les emplaza a mantenerse en el error, pues se pretende "dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo", a pesar de que tal idea contradiga lo dicho en las Sagradas Escrituras, donde se asegura que quienes no cumplan los mandamientos, sean limpios de corazón y coherentes con las exigencias evangélicas, no heredarán ningún "reino" (I Cor 6, 9-10), sino que se condenarán.

La primera cita, pues, lejos de apoyar su idea de la perfección familiar en el más allá, la echa por tierra: "Pues en la resurrección, ni se casan (los hombres), ni se dan (las mujeres) en matrimonio, sino que son como ángeles de Dios en el cielo"; lo mismo que la segunda cita: "los que tienen mujeres vivan como si no las tuviesen [...] porque la apariencia de este mundo pasa". Por cierto, es interesante ver la continuación de este versículo, en el que el Santo Apóstol deja bien claro que el celibato sí es mejor que el matrimonio -contra lo que opina el Papa Francisco-, como ya hemos visto anteriormente:

"Mi deseo es que viváis sin preocupaciones. El que no es casado anda solícito en las cosas del Señor, por cómo agradar al Señor; mas el que es casado, anda solícito en las cosas del mundo (buscando), cómo agradar a su mujer, y está dividido. La mujer sin marido y la doncella piensan en las cosas del Señor, para ser santas en cuerpo y espíritu; mas la casada piensa en las cosas del mundo (buscando), cómo agradar a su marido. Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos un lazo, sino en orden a lo que más conviene y os une mejor al Señor, sin distracción. Pero si alguno teme deshonor por causa de su (hija) doncella, si pasa la flor de la edad y si es preciso obrar así, haga lo que quiera; no peca. Que se casen. Mas el que se mantiene firme en su corazón y no se ve forzado, sino que es dueño de su voluntad y en su corazón ha determinado guardar a su doncella, hará bien. Quien, pues, case a su doncella, hará bien; mas el que no la casa, hará mejor.

LAS VIUDAS. La mujer está ligada todo el tiempo que viva su marido; mas si muriere el marido, queda libre para casarse con quien quiera; sólo que sea en el Señor. Sin embargo, será más feliz si permaneciere así, según el parecer mío, y creo tener también yo espíritu de Dios"
(I Co 7, 32-40).

Con esta Exhortación el Papa demuestra una impropia y sorprendente permisividad moral hacia quienes él denomina "familias heridas" o en situación "irregular", so pretexto de una mal entendida "misericordia" que contrasta con la que refleja el Evangelio, la cual, a diferencia de la que ahora se pretende imponer, no se opone a la "justicia", que es otra de las cualidades de Dios, inseparablemente unida a la anterior. No es un secreto para nadie que tras esos eufemismos -heridas, irregulares- se ocultan situaciones de pecado totalmente condenadas en el Evangelio; y más por el hecho de tratarse de pecadores pertinaces y no arrepentidos, a los que ya no se les quiere instar a cambiar de vida. Por otra parte, esta flexibilidad moral y diferencia de trato contrasta con una ofensiva intransigencia hacia quienes el Papa cree que se consideran "perfectos" -aunque en realidad todos nos sabemos pecadores-, por el simple hecho de querer conservar la fe que les ha sido transmitida y por no transigir con menos de lo exigido por el mismo Cristo.

Como conclusión, cabe señalar que, a tenor de las ideas del Papa Francisco expuestas en este larguísimo documento -más extenso que los tres Evangelios sinópticos juntos, y casi superando también el cuarto-, habría que reconocer que de nada sirvió el martirio de San Juan Bautista por denunciar públicamente el adulterio de Herodes (Mc 6, 16-18). Asimismo, los católicos también nos podríamos haber ahorrado el cisma anglicano provocado por las veleidades del adúltero Enrique VIII. En este sentido, circula por la red una imagen del monarca inglés con una leyenda que alude a la pastoral impulsada por la Exhortación 'Amoris laetitia': "Enrique VIII, después de un itinerario de acompañamiento y discernimiento, su párroco le ha dicho que puede continuar su aventura con Ana Bolena". Hoy, el héroe sería Enrique VIII, mientras que se consideraría que Santo Tomás Moro habría sido martirizado, en balde, por la "pervivencia indiscriminada de formas y modelos del pasado", como sugiere el punto 32 de esta Exhortación. Tanto San Juan Bautista, como Santo Tomás Moro, serían hoy tachados de "rigoristas" y "corazones cerrados" que se sientan "en la cátedra de Moisés" para juzgar "con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas", como sería el caso de los pobres Herodes y Enrique VIII de Inglaterra, considerados ya ex adúlteros, pues han sido rehabilitados por la misericordiosa nueva praxis de los "atenuantes y eximentes" morales, que permiten puentear a voluntad el mismísimo Decálogo.

A pesar de que las palabras de Nuestro Señor sobre la indisolubilidad del sacramento del Matrimonio no dejan lugar a ninguna interpretación diferente a la que la Iglesia le ha dado desde que fue fundada, el Papa Francisco parece empeñado a ser más "miseridordioso" que nadie, abriendo la puerta, como ya hemos visto, a la sacrílega comunión eucarística de los adúlteros y otros pecadores no arrepentidos, para lo cual no ha dudado en malinterpretar, tergiversar y citar a medias documentos conciliares y del magisterio de los Papas anteriores -sobre todo de San Juan Pablo II-, con la intención de que parezca que cuenta con un apoyo doctrinal para su pretendida nueva praxis que, en realidad, no existe.

Como se ha señalado en numerosos artículos publicados a raíz de la aparición de este documento, en él se tergiversan y contradicen aspectos doctrinales, sobre todo el relativo al pecado y a la gracia; no se da la suficiente relevancia al papel de los padres en la educación de sus hijos; se da carta de naturaleza a las uniones de hecho y parejas adúlteras, pretendiendo equipararlas de alguna manera con el matrimonio, al que presenta como el "ideal", y las otras como formas "menos perfectas" de ese "ideal"; hace concesiones al feminismo y a la ideología de género, pese a algunas tibias críticas a ambas ideologías anticristianas; podría haberse explayado con el genocidio de este siglo: el aborto, pero no lo hace.

Y, por si fuera poco, ante la confusión generada por la Exhortación, ante la pregunta de un periodista el Papa le remite a la interpretación que el Cardenal Christoph Schönborn hizo en la presentación de la misma en la "Sala Stampa" del Vaticano. Según él, como ya recogí en esta entrada, este documento supone una ruptura, una evolución de la doctrina -algo condenado explícita y solemnemente en los cánones del Concilio Vaticano I-, que viene a superar "la artificiosa, exterior, neta división entre «regulares» e «irregulares»" -se refiere a los matrimonios y las personas que viven en adulterio, concubinato o amancebamiento-. Este documento supera las diferencias, según afirmó. No hace falta señalar que este cardenal, junto con el cardenal Walter Casper, es uno de los "teólogos" de cabecera del Papa, con quien comparten ideas. Pues este "gran teólogo", se ha atrevido a tomar una frase del Apóstol San Pablo, para defender estas heterodoxas ideas: "Dios encerró todos los hombres en la rebeldía para usar con ellos de misericordia" (Rm 11, 32). Sin embargo, el sentido de esta cita en el texto del Evangelio es totalmente diferente a la que él le otorga. Es lo que ya hemos visto a lo largo de este análisis, en la línea de lo que suelen hacer en las sectas protestantes: tomar cualquier frase de las Sagradas Escrituras y darle el sentido que se quiera, según interese, aunque no guarde relación con lo que el mismo texto dice o sugiere. Y, por supuesto, en total contradicción con el Magisterio y con la interpretación que la Iglesia le ha dado siempre. Hay que señalar el especial interés de este cardenal con el tema en cuestión, pues es hijo de padres divorciados... vueltos a casar -adúlteros, en una palabra-. La forma de "rehabilitarles" no debería pasar por intentar cambiar lo que no puede ser cambiado, ni dar falsas esperanzas a otras personas en la misma situación. Más le valdría hacer caso del Apóstol San Pablo cuando afirma:

"¿No sabéis que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios" (I Cor 6, 9-10).

A lo largo de este análisis, casi tan largo como la propia Exhortación -creo que el documento lo requería-, pueden encontrarse elementos de juicio y argumentos suficientes para que cada uno se haga una idea del estado de la cuestión y saque sus propias conclusiones. No temo por la Iglesia, pues PORTAE INFERI NON PRAEVALEBVNT ADVERSVUM EAM -las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella- (Mt XVI, 18), pero me preocupa la salvación de las almas.

A modo de conclusión sólo me resta citar, una vez más, al Apóstol San Pablo:

"Y no es que haya otro Evangelio, sino es que hay quienes os perturban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. ¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aun tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo" (Gal I, 7-10).

jueves, 21 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte VII)

Las "Circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral" se abordan a partir del punto 301, con el que comienzo esta 7ª parte de mi análisis, que corresponde a la segunda parte del capítulo octavo de la Exhortación, como ya indiqué en el entrada anterior (ver aquí). En él, el Papa dice que, debido a "los condicionamientos y circunstancias atenuantes [...] ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» [fundamentalmente quienes viven en adulterio, aunque también quienes lo hacen en concubinato o amancebamiento] viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante". Por lo visto, durante dos milenios la Iglesia, que lo único que ha hecho es basarse en la condena expresa de Nuestro Señor sobre este tema, no ha tenido en cuenta estos "condicionamientos y circunstancias atenuantes" a la hora de valorar moralmente los pecados contra el sexto Mandamiento del Decálogo. Pero ahora que se han descubierto, una persona que vive en pecado mortal ya puede estar "en gracia de Dios" sin necesidad de arrepentimiento, ni propósito de la enmienda. Naturalmente, tal afirmación contradice las Sagradas Escrituras, la Doctrina, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Para justificar que los adúlteros no se separen, se sugiere que si lo hicieran podrían adquirir "nuevas culpas" -proposición sorprendente y contraria a la fe católica-, contradiciendo totalmente lo afirmado por San Juan Pablo II en "Familiaris consortio": "cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»". Y es lógico: la educación de los posibles hijos habidos en esa relación adúltera no les obliga a seguir manteniendo relaciones sexuales ilícitas. Por tanto, como ya expliqué en la entrada anterior, para justificar el mantenimiento de estas relaciones sexuales pecaminosas tampoco puede ser alegado como excusa que, de cesar éstas, pondría en peligro la "fidelidad" de los adúlteros entre ellos, pues a quienes están siendo objetivamente infieles es a sus legítimos cónyuges, a quienes están unidos por el sacramento del Matrimonio, que es indisoluble hasta la muerte.

También se alude en este punto a un "eventual desconocimiento de la norma". Pero como es bastante improbable que un católico desconozca el Decálogo, cuyo sexto mandamiento dice explícitamente: "No cometerás adulterio", se recurre a subterfugios para justificar la posible no culpabilidad por su incumplimiento: "Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma»". Como indica la nota 339, tal idea está tomada, nuevamente, de lo expresado por San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica "Familiaris consortio", pero, una vez más, dicha cita se saca de contexto y se tergiversa, pues en el pasaje citado está aludiendo a "la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida" entre esposos, y, por tanto, no es aplicable a un más que improbable desconocimiento de la prohibición explícita del adulterio en el Decálogo. Asimismo, vuelve a plantear que quien incumple la norma -el sexto Mandamiento, en este caso-, "...puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa", lo cual, como ya he explicado más arriba, tampoco puede justificar el incumplimiento del Decálogo.

A continuación, el Papa cita a Santo Tomás de Aquino, otra vez tergiversando el sentido de lo que el Doctor Angélico realmente decía: "Ya santo Tomás de Aquino reconocía que alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no poder ejercitar bien alguna de las virtudes, de manera que aunque posea todas las virtudes morales infusas, no manifiesta con claridad la existencia de alguna de ellas, porque el obrar exterior de esa virtud está dificultado: «Se dice que algunos santos no tienen algunas virtudes, en cuanto experimentan dificultad en sus actos, aunque tengan los hábitos de todas las virtudes»" (STh I-II, q.65, a.3 ad 2, De Malo q.2, a.2). La explicación de por qué el Papa está tergiversando lo dicho por el Aquinate la expone de forma muy clara el P. José María Iraburu, a quien vuelvo a citar por segunda vez en esta serie de entradas dedicadas a analizar la Exhortación -esta vez literalmente-, con la esperanza de que otro "periodista" -o el mismo- no vuelva a atribuir al P. Iraburu todo mi análisis, como ya ha ocurrido una vez (ver aquí):

El número citado puede ser objetado desde ángulos diversos. Pero yo aquí limito mi análisis, mostrando únicamente que la doctrina de Santo Tomás que se alega en el texto está mal entendida, y que en su verdadero sentido no da ninguna fundamentación justificante de lo afirmado en los dos párrafos que le preceden. Lo comprobaremos seguidamente, recordando su teología de las virtudes.

* * *

–Todas las virtudes, en cuanto hábitos operativos, crecen juntamente, como los dedos de una mano, aunque algunas, si no son activadas, estarán menos hábiles para el ejercicio. –En principio, cuanto más crecida está una virtud, se ejercita en el acto que le es propio con más facilidad, perfección y gusto. –Sin embargo, no se identifica necesariamente el grado de una virtud como hábito (es decir, como facultad o potencia operativa) y el grado de su capacidad de ejercitarse en actos. Este último punto es el que aquí nos importa examinar para entender bien en la Amoris laetitia la falsa alusión a la enseñanza de Santo Tomás sobre la virtud eventualmente no operativa (STh I-II, 65 ad 2-3).

Puede fortalecerse una virtud sin que necesariamente aumente la facilidad para ejercitarla en actos. Un hombre, por ejemplo, que acrecentó mucho la virtud de la paciencia estando enfermo durante años, recluido en su cama con muy escasas actividades y relaciones sociales, habrá fortalecido necesariamente también, como hábitos, todas las otras virtudes, también el hábito y virtud de la prudencia. Pero si un día recupera la salud, después de tantos años de vida reclusa, es probable que no tenga expedita la virtud de la prudencia para ejercitarla con facilidad y acierto en actos concretos, en decisiones circunstanciales, en negocios, en relaciones sociales, por falta de información y de experiencia.
En este sentido enseña Santo Tomás: «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito encuentra dificultad en el obrar y, por consiguiente, no siente deleite ni complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco –como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad–» (STh I-II, 65,3 ad 2m).
Es importante este principio, pues su desconocimiento lleva con frecuencia a escrúpulos y penalidades espirituales que no tienen en realidad fundamento. Consideremos algunos ejemplos. Una religiosa tiene un espíritu y virtud de oración muy grande; pero está sufriendo ciertas enfermedades psicológicas o, en otro supuesto, está tomando ciertas medicinas que le impiden totalmente concentrar en Dios su pensamiento y amor en la oración. ¿Debe ella pensar que, seguro que por sus culpas y negligencias, ya perdió su anterior hábito virtuoso de orar? En absoluto. A esta religiosa, que persevera ciertamente en el espíritu de la oración, hay que darle la paz de saber que sigue su relación orante con Dios tan profunda o más que antes, aunque en la capilla se vea la pobre con una impotencia casi total para mantenerse un rato en oración. Son causas extrínsecas a su voluntad las que le impiden ejercitarse en ella con asiduidad.

Cuando se identifica erróneamente grado de virtud y grado de facilidad para su ejercicio, puede interpretar, por ejemplo, un director espiritual, o la misma persona afectada por esa impotencia, que tal incapacidad para la oración significa claramente un retroceso espiritual lamentable, una disminución o pérdida del espíritu de oración. Con más lucidez de verdad considera este problema Santa Teresa, gran conocedora de la relación gracia-virtudes-obras. Ella enseña que en tales casos no debe la persona «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16), ni tampoco debe ser atormentada para ello por su director. Estas cosas «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos [por la falta de obras], no sirve de más que para inquietar el alma» (ib.). Con razón dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).

Otro ejemplo. Un estudiante, con la gracia de Dios, ha logrado una virtud de la estudiosidad muy profunda, hasta llegar a ser un profesor competente. Pero llegado a una cierta fase de su vida, se ve incapaz de estudiar, porque al hacerlo sufre dolores de cabeza. ¿Perdió, pues, la virtud de la estudiosidad por el hecho de que ahora no puede ejercitarla en los actos que constituyen su objeto propio? Obviamente no. Debe pensar que su virtud para estudiar no puede ejercitarse porque se ve impedida por causas extrínsecas a su voluntad.

* * *

Invocar la enseñanza de Santo Tomás sobre las virtudes eventualmente no-operativas, con el fin de atenuar o eximir de culpa a las parejas «irregulares» que no logran salir de su situación objetivamente pecaminosa –adúlteros crónicos, uniones homosexuales, etc.– es un error. La doctrina de Santo Tomás, que es la católica, exime de culpa a quien no puede ejercitar cierta virtud en las obras buenas que son su objeto propio, debido a impedimentos externos a su voluntad. Pero el texto aducido en la Exhortación se refiere a situaciones «irregulares», en las que la persona se ejercita pertinazmente en obras malas –adulterio, unión homosexual, etc.–.

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La fe en la existencia de actos intrínsecamente malos, que ninguna circunstancia puede justificar, es en el fondo lo que hoy vacila más en la moral. San Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis splendor, enseña largamente acerca de lo intrinsece malum (54-64). No es lícito «establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia [quizá con el consejo de un sacerdote comprensivo] sobre el bien y el mal» (n. 56; cf. 80).

José María Iraburu, sacerdote.

[Se ha respetado el uso de la negrita y la cursiva tal y como aparece en el texto original, que puede leerse en el siguiente enlace: (371) Amoris laetitia –301: discernir atenuantes y doctrina de Santo Tomás].

En el siguiente punto, el nº 302, recurre ahora a citar el Catecismo de la Iglesia Católica para seguir intentando encontrar algo que justifique la no culpabilidad de quien vive en adulterio, pero sin lograrlo, aunque diga que el Catecismo se expresa contundentemente en este sentido: "La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales". Lejos de poder recurrirse a lo que expresa el Catecismo para justificar el adulterio, lo que pone de manifiesto es justo lo opuesto: no se puede aducir ignorancia del Decálogo, ni inadvertencia, pues no se trata de un pecado cometido de forma aislada, sino que de lo que aquí hablamos es de parejas que viven en adulterio de manera permanente, por lo que es improbable que no adviertan, una y otra vez, que están manteniendo relaciones sexuales con alguien que no es su esposo/a, con quien siguen legítimamente unidos por el sacramento del Matrimonio y que están, por tanto, prohibidas por el 6º Mandamiento. Además, como dice el P. Iraburu, al he citado más arriba, los posibles eximentes de responsabilidad serían los debidos a impedimentos externos a su voluntad, y por tanto no aplicables cuando "la persona se ejercita pertinazmente en obras malas –adulterio, unión homosexual, etc.–".

Por si ésto fuera poco, en los dos puntos inmediatamente posteriores al citado por el Papa Francisco -que en esta ocasión tampoco cita-, el Catecismo dice contundentemente -esta vez sí- lo siguiente:

1736. Todo acto directamente querido es imputable a su autor.
Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: “¿Qué has hecho?” (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2 S 12, 7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.
1737. Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez.

En cuanto a "los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos", también es bastante improbable que puedan aducirse como eximentes del cumplimiento del Decálogo -o atenuantes- en lo que a la prohibición del adulterio se refiere, como tampoco podrían aducirlo los asesinos en serie, los ladrones o los pederastas, por mucho "hábito" que tuvieran de matar, robar o abusar de menores -salvo que estemos hablando de una enfermedad mental como la psicopatía o la cleptomanía, no aplicable al adulterio-. Y en cuanto a otros factores psíquicos, ¿qué podrían alegar los adúlteros? ¿Que caerían en una depresión si no continúan cometiendo adulterio? De la misma manera, también podrían alegar lo mismo las personas del ejemplo -el asesino, el ladrón y el pederasta-, si no matan, roban o abusan de menores. Seamos serios: en todos esos casos, incluido el de los adúlteros, se podría caer en una depresión después de dejar de pecar; pero esa posterior depresión no es la causa de haber cometido tal pecado, porque éste se ha cometido previamente. Por lo tanto, el pecador es tan culpable como si no cayera en una depresión después de dejar de cometer el pecado -cosa que desconoce en el momento de pecar-. Hay que recordar que el adulterio es un pecado mortal que se comete voluntariamente -no por causas ajenas a la voluntad- y que se repite a lo largo del tiempo de forma pertinaz.

Tras este intento, el Papa vuelve a recurrir al mismo argumento con otra cita del Catecismo de la Iglesia Católica, tratando de encontrar, infructuosamente, otra justificación para "demostrar" que los adúlteros, o al menos algunos de ellos, no cometen un pecado grave. Pero si comprobamos el punto del Catecismo que cita, el 2352, veremos que los atenuantes que se exponen se refieren a la masturbación, no al adulterio. En la misma nota que acompaña esta cita, también nombra la Declaración "Iura et bona" de la Congregación para la Doctrina de la Fe (5 mayo 1980), que tampoco guarda relación con el adulterio, sino que se refiere a la eutanasia; pero lejos de servir de ejemplo para justificar esos supuestos "atenuantes" en el caso del adulterio, fíjense lo que se dice en dicha declaración:

"Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible".

Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980)

Es decir, aunque disminuya la responsabilidad, ésta no modifica la naturaleza del acto, que sigue siendo inadmisible. Si aplicamos ésto al caso del adulterio, se podría decir que en alguna circunstancia quizás también puede verse disminuida la responsabilidad personal; pero incluso en tal caso, el adulterio seguiría siendo pecado grave y, por lo tanto, inadmisible. En la misma nota también cita la Exhortación Apostólica "Reconciliatio et paenitentia" de San Juan Pablo II, pero directamente la propia nota ya dice que el Papa critica la categoría de «opción fundamental». En realidad no la "critica", sino que niega que en el plano objetivo ésta cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal:

"Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal".

(Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS 77 (1985), 223).

A pesar de los mencionados intentos fallidos para justificar el adulterio en ciertos casos, recurriendo a buscar "atenuantes" a base de retorcer los textos que se citan o de tergiversar su sentido, el Papa continúa insistiendo: "Por esta razón, un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada". Una vez más, esta cita no apoya lo que dice el Papa, sino que lo echa por tierra. En este caso se trata de la "Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar" del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, del 24 junio 2000. Si leemos lo que dice dicha Declaración, y en concreto el punto nº 2, comprobaremos no sólo que es radicalmente distinto a lo afirmado por el Papa Francisco, sino que es justo lo opuesto, volviendo a reiterar que sólo podrán acceder al sacramento de la Eucaristía aquellos divorciados que, pese a convivir con otra persona que no es su esposo/a, no mantienen relaciones sexuales con ella, siempre que no sean causa de escándalo -pues exteriormente otras personas pueden ignorar que realmente no mantienen relaciones sexuales-:

2. Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.

La fórmula «y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son:

a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva;

b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial;

c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.

Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones -como, por ejemplo, la educación de los hijos- «satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges» (Familiaris consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo.

Inasequible al desaliento, en el punto 303 el Papa Francisco afirma: "A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos [que ya hemos visto que es nulo], podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio". Con dicha afirmación, además de demostrar su intención de dar carta de naturaleza al relativismo moral basado en un mal entendido subjetivismo contrario a la Doctrina y praxis de la Iglesia, también trata de equiparar las relaciones de cohabitación prohibidas por el sexto Mandamiento del Decálogo -en las que entraría el concubinato o amancebamiento, el adulterio y hasta las relaciones homosexuales- con el matrimonio. Nótese el empleo de los eufemísticos "ser mejor incorporada" -en vez de introducir y/o permitir- y "situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio" -en lugar de decir parejas amancebadas o adúlteras-.

Este punto concluye también de forma eufemística al hablar de "nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena". Una vez más, puede decirse lo mismo: el matrimonio no es un ideal, ni la forma "plena" de ese inexistente ideal. El Matrimonio es un sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo, que estableció que fuera indisoluble. Así, aquellas personas que mantienen relaciones sexuales sin estar unidas por el sacramento del Matrimonio, lejos de "realizar de forma menos plena" ningún "ideal", pecan contra Dios vulnerando el sexto Mandamiento del Decálogo y contradicen lo estipulado expresamente por Nuestro Señor con respecto al Matrimonio, y que la Iglesia siempre ha guardado y transmitido durante dos milenios.

Llegados a este punto, el Papa sigue sosteniendo más de lo mismo en los apartados "Normas y discernimiento" y "La lógica de la misericordia pastoral", que abarcan desde el punto 304 hasta el 312, con el que finaliza el presente capítulo. Para él, es "mezquino" considerar si los actos humanos se adecúan a la norma, y así, por ejemplo, si alguien cumple o no los Mandamientos del Decálogo. La frase y el calificativo empleado ya lo dicen todo: además de no casar bien con el lenguaje "amable" recomendado por el Papa en esta misma Exhortación, tal idea está totalmente alejada de la Doctrina católica y de la praxis bimilenaria de la Iglesia. Una y otra vez vuelve a poner el subjetivismo relativista o la teología de situación por encima, incluso, de la Ley de Dios.

Se muestra otra vez "autorreferencial" -pese a que lo critique en otros- cuando se cita nuevamente a sí mismo para, como ha hecho en numerosas ocasiones, dedicar epítetos con clara intencionalidad ofensiva a aquellos católicos que sostengan lo que siempre ha enseñado la Iglesia, llamándoles, además de "mezquinos", como he recogido más arriba, "corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas»". Para tales católicos no gasta ningún eufemismo, aunque los derroche a raudales cuando se refiere a los adúlteros, por ejemplo. De esta forma, arremete injusta e inmisericordemente contra lo que él considera un juicio emitido por esos mezquinos corazones cerrados hacia los demás pecadores -hacia los adúlteros, en este caso-, sin tomar en consideración la posibilidad de que sea precisamente por caridad por lo que esos mezquinos corazones cerrados intentan corregir al que yerra -que es una de las Obras de Misericordia-, no porque se crean superiores, ni por ánimo de ofender, sino para evitar que les engañen quienes les aseguran o prometen una efímera felicidad terrena, y que así se condenen eternamente.

Más adelante cita a la Comisión Teológica Internacional -cuyos pareceres no tienen ninguna obligación de creerse los católicos-, para intentar encontrar algún apoyo a su intención de romper con la praxis de la Iglesia, que siempre se ha sustentado en la Doctrina. En el punto 305, con su polémica nota al pie nº 351, el Papa ya dice clara y abiertamente que los adúlteros -a quienes no nombra aquí, pues dicha medida se extiende a otras personas en pecado mortal- pueden recibir los sacramentos en ciertos casos, y, concretamente, el de la Eucaristía: "A causa de los condicionamientos o factores atenuantes [que en el caso del adulterio son una pura invención], es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— [como si fuera el pecador quien decidiese qué es pecado y qué no; o como si algún católico no conociese el sexto Mandamiento del Decálogo] se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia". Esto va, directamente, contra la Fe católica: quien vive en adulterio, que es un pecado mortal suficientemente conocido por quien lo comete, y que además lo comete de forma pertinaz y continuada en el tiempo, ni está en gracia de Dios, ni puede crecer en una vida de gracia que no tiene. La nota que acompaña esta heterodoxa propuesta, explicita aún más la intención del Papa de que se administren sacramentos a personas que objetivamente viven en pecado mortal, por considerarlos "remedios" para los pecadores y no un "premio" para los "perfectos" -cuando la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia exigen que sólo se reciba el Cuerpo y la Sangre del Señor en gracia de Dios, de acuerdo con la grave advertencia del Apóstol San Pablo-. Ciertamente, el sacramento de la Penitencia es un remedio para los pecadores, aunque sólo para los que están arrepentidos y no quieren volver a pecar. Pero no así la Eucaristía, por lo ya dicho: para recibirla hay que estar en gracia de Dios previamente. Y en el caso del sacramento de la Penitencia, sería inválido y sacrílego si no hay arrepentimiento -dolor de los pecados- y propósito de la enmienda -de no volver a pecar- de todos y cada uno de los pecados. La nota dice así: "En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos [administrar o sostener que los sacramentos se pueden recibir en pecado mortal es contrario a la Fe católica y a la bimilenaria praxis de la Iglesia]. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles»".

Además de la específica "Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar" citada más arriba, que niega la recepción de la Comunión a los adúlteros, o del magisterio de San Juan Pablo II al respecto, en la misma línea, de acuerdo con lo que siempre ha enseñado la Iglesia, el Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, en su Sesión XIII definió dogmáticamente lo siguiente, en lo que constituye un ejercicio de Magisterio extraordinario, y por tanto irreformable, sobre la recepción de la Eucaristía, condenando además los cánones quinto y noveno que la Eucaristía perdone los pecados o que se pueda recibir sin recibir previamente la absolución en la Confesión:

Cap. VII. De la preparación que debe preceder para recibir dignamente la sagrada Eucaristía.

Si no es decoroso que nadie se presente a ninguna de las demás funciones sagradas, sino con pureza y santidad; cuanto más notoria es a las personas cristianas la santidad y divinidad de este celeste Sacramento, con tanta mayor diligencia por cierto deben procurar presentarse a recibirle con grande respeto y santidad; principalmente constándonos aquellas tan terribles palabras del Apóstol san Pablo: Quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación; pues no hace diferencia entre el cuerpo del Señor y otros manjares. Por esta causa se ha de traer a la memoria del que quiera comulgar el precepto del mismo Apóstol: Reconózcase el hombre a sí mismo. La costumbre de la Iglesia declara que es necesario este examen, para que ninguno sabedor de que está en pecado mortal, se pueda acercar, por muy contrito que le parezca hallarse, a recibir la sagrada Eucaristía, sin disponerse antes con la confesión sacramental; y esto mismo ha decretado este santo Concilio observen perpetuamente todos los cristianos, y también los sacerdotes, a quienes correspondiere celebrar por obligación, a no ser que les falte confesor. Y si el sacerdote por alguna urgente necesidad celebrare sin haberse confesado, confiese sin dilación luego que pueda.

CAN. V. Si alguno dijere, o que el principal fruto de la sacrosanta Eucaristía es el perdón de los pecados, o que no provienen de ella otros efectos; sea excomulgado.

CAN. XI. Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por consecuencia cause muerte y condenación; establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado.

Como se ve, lo que el Papa Francisco dice y pretende que se haga contradice no sólo las costumbres o la disciplina sacramental, sino la propia Doctrina y Magisterio de la Iglesia -incluyendo el de todos sus predecesores-.

En el punto 307 vuelve a denominar lo que Cristo estableció como la única forma admisible de relación entre un hombre y una mujer, que es el sacramento del Matrimonio, como "el ideal pleno" o el "ideal más pleno"-cuando tal cosa no existe, como ya he señalado anteriormente-. Como puede apreciarse, la manipulación del lenguaje está presente en toda la Exhortación, pero especialmente en este capítulo. En este punto, por ejemplo, puede verse en la frase: "ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano", cuando lo que el Señor hacía, en lo relativo al Matrimonio, que es de lo que se trata aquí, no era "ofrecer" el Matrimonio contemplando las excepciones y las "leyes humanas" que vulneran su indisolubilidad -como el repudio mosaico y, por ende, el divorcio actual-, sino exigirlo, condenando al mismo tiempo a quien no actúe de acuerdo con la "norma" dada expresamente por Él mismo, como así lo atestiguan las Sagradas Escrituras. En el punto 308 expresa claramente que su concepción de Dios y de la Iglesia no tiene nada que ver con lo que la propia Iglesia y los anteriores Papas han creído: "Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia...". Aquí deja bien claro que se trata, pues, de sus creencias personales; pero, debido al cargo que ocupa, éstas tienen consecuencias gravísimas para la Iglesia y para los católicos.

Por último, en el punto 311 afirma que "La enseñanza de la teología moral no debería dejar de incorporar estas consideraciones, porque, si bien es verdad que hay que cuidar la integridad de la enseñanza moral de la Iglesia, siempre se debe poner especial cuidado en destacar y alentar los valores más altos y centrales del Evangelio". ¡Como si la moral católica, que es de lo que se ocupa la Teología Moral, no estuviera basada, precisamente, en el Evangelio! Esta contraposición que hace es, simplemente, falaz, y refleja sus propios prejuicios y su extraña concepción de la Fe católica y de la Iglesia misma.

También en este punto, a través de las notas a pie de página, introduce otro elemento preocupante cuando afirma: "Quizás por escrúpulo, oculto detrás de un gran deseo de fidelidad a la verdad, algunos sacerdotes exigen a los penitentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída «no prejuzga la autenticidad del propósito»". Quien exige propósito de la enmienda a los penitentes no son los sacerdotes de forma particular, porque ellos quieran, como aquí sugiere el Papa, sino que es una de las exigencias para que el sacramento de la Confesión sea válido, lo cual no es opcional, sino que forma parte de la Doctrina irreformable de la Iglesia, como aparece dogmáticamente definido por el Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, en el apartado sobre la Doctrina del santísimo sacramento de la Penitencia, Cap. IV: De la Contrición:

"La Contrición, que tiene el primer lugar entre los actos del penitente ya mencionado, es un intenso dolor y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante [...] Declara, pues, el santo Concilio, que esta Contrición incluye no sólo la separación del pecado, y el propósito y principio efectivo de una vida nueva, sino también el aborrecimiento de la antigua".


Por lo tanto, que sea previsible que el penitente vuelva a pecar, no contradice ni anula la exigencia de no querer volver a hacerlo -que no la impone el sacerdote, sino que se la debe exigir a sí mismo el propio pecador, pues al confesor le puede engañar, pero a Dios no-. En el caso de los adúlteros que se acercaran al sacramento de la Penitencia sin intención de poner fin a su relación adúltera, no es que teman o prevean que puedan volver a cometer el pecado, sino que el arrepentimiento realmente no existe y el propósito no es dejar de cometerlo, sino continuar haciéndolo. En tal caso la confesión sería inválida y, además, sacrílega.

Concluye el punto con otra más que discutible cita de la Comisión Teológica Internacional -que sostiene algunas posturas totalmente opuestas al Magisterio de la Iglesia de siempre-, en la cual considera "inadecuada cualquier concepción teológica que en último término ponga en duda la omnipotencia de Dios y, en especial, su misericordia", como si la misericordia de Dios estuviera enfrentada a su justicia. No puede resumir mejor este capítulo, que la petición con la que el Papa lo finaliza: "invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia". El objetivo es, pues, contemporizar con la gente y ayudarles a vivir mejor -en este mundo, naturalmente-. La trascendencia brilla, una vez más, por su ausencia; la salvación de su alma inmortal ni se menciona; como tampoco el riesgo cierto de condenación eterna.

Todos los subterfugios empleados a lo largo de este complejo capítulo, propios del más puro jesuitismo, recuerdan la actitud de los rabinos judíos que, durante miles de años, han estado buscando la manera de poder incumplir las leyes, meramente humanas, como bien decía el Señor (Mt 19, 8), adaptando éstas a su propia voluntad y no a lo que ellos consideraban que era la voluntad de Dios. De ahí el dicho: "quien hace la ley, hace la trampa". Pero, para un católico no es moralmente lícito intentar hacer trampas para saltarse la Ley divina y el mandato expreso de Nuestro Señor. Uno puede tratar de autoengañarse -sobre todo si para ello cuenta con un respaldo "oficial"-, o incluso puede engañar al confesor; pero a Dios, que un día nos ha de juzgar, no se le puede engañar.

Aquí concluye el análisis de este capítulo, quedando para la próxima entrada del blog el del noveno y último capítulo de la Exhortación "Amoris laetitia", que será la Parte VIII de mi análisis.