martes, 12 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte III)

Tras lo dicho en el capítulo anterior (ver aquí), el cuarto capítulo que ahora voy a analizar está dedicado al amor en el matrimonio. Comienza poniendo el himno de la caridad de San Pablo (I Co XIII, 4-7), para, valiéndose de él, desarrollar el tema. En el análisis filológico de las propias palabras del texto en griego del que se ha valido -pese a que la versión oficial de la Biblia en la Iglesia sea la Vulgata, escrita en latín-, idioma del que no es especialista, se ve la mano de otra persona, además de que la interpretación dada a ciertos pasajes evangélicos sacados de contexto, alejada de la que la Iglesia le ha dado tradicionalmente, sin ser mala es discutible.

A lo largo de todo el capítulo, el Papa se centra en la vertiente material del amor matrimonial y familiar, resultando su planteamiento, por su estilo, recursos lingüísticos y por su mismo fondo, más psicologista que espiritual. Así, cuando recurre al aspecto religioso, por ejemplo en el empleo de citas bíblicas, corre el riesgo de dar una imagen utilitarista de la religión, mostrándola como un simple medio para ser feliz en este mundo. Además, en todo el capítulo -y en general en toda la Exhortación-, ese lenguaje, estilo y tono, lejos de ser el propio de un documento papal oficial, como éste lo es, recuerda más a la retórica empleada en la etapa postconciliar, con más frecuencia de la deseable, en esas interminables homilías dominicales de cura de barrio o de pueblo, que aburre y duerme a los fieles en los bancos de la iglesia. Resulta paradójico que uno de los motivos esgrimidos por quienes en su momento impulsaron y jalearon la supresión en la práctica del empleo del latín en la Iglesia -contradiciendo así el mandato expreso del Concilio Vaticano II, que estipulaba su conservación-, esto es, para facilitar la comprensión de los fieles, ahora que los fieles ya pueden entender todo en su propia lengua se haya convertido, en no pocas ocasiones, en una de las causas de la dejación de sus deberes religiosos -asistir a la Misa dominical- por parte de no pocos católicos, debido al hastío que producen esas eternas variaciones sobre los mismos temas, una y otra vez, centrados en aspectos sociales, humanitarios, psicológicos y hasta políticos, pero totalmente alejados del fin que deberían perseguir -la enseñanza religiosa y moral, así como la edificación espiritual de los fieles a la luz del Evangelio, para que éstos logren su propia salvación-, por lo que en muchas ocasiones resultan ser sólo palabrería vacua.

Desde el principio llama la atención que, salvo la primera vez que le nombra, siempre se refiere al Santo Apóstol simplemente como "Pablo", al igual que cuando se refiere al Espíritu Santo sólo como el "Espíritu". Por algún motivo, parece existir una renuencia del Papa a emplear la palabra "santo", limitándola al mínimo imprescindible.

Ya en el punto 96, aprovecha la ocasión para introducir en el discurso sus personales ideas sobre la "justicia", no en un sentido amplio ni teológico, sino referida sólo a la distribución de los bienes materiales, cuando habla de "rechazar la injusticia de que algunos tengan demasiado y otros no tengan nada, o lo que me mueve a buscar que también los descartables de la sociedad puedan vivir un poco de alegría", contradiciendo en cierto modo lo que previamente ha expuesto, a saber: que el amor hace que nos alegremos del bien ajeno y que uno acepte en su interior "que otros puedan disfrutar de un buen momento". Cuando la desigualdad material se debe a la mayor capacidad de algunas personas, o a mayores esfuerzos y sacrificios, o simplemente a la suerte o la Providencia divina, siempre que los bienes se posean o hayan sido conseguidos honradamente, en ello no hay ninguna injusticia. Pese a que afirme que eso no es envidia, sino deseos de equidad, la Historia ha demostrado en demasiadas ocasiones, no tan lejanas, justo lo contrario: que bajo la excusa del deseo de equidad, muchas veces es la envidia y la codicia lo que se esconde detrás, como se ve en todos los movimientos revolucionarios que decían buscar esa justicia y equidad material, así como en los regímenes totalitarios surgidos de éstos, que tantos millones de muertos han provocado en los últimos dos siglos, desde que las ideas filosóficas y políticas igualitaristas -el socialismo/comunismo, fundamentalmente-, irrumpieron en la sociedad, a la que trajeron como resultado de sus propios postulados, la violencia y, en definitiva, la injusticia.

En el punto 100, al desarrollar la idea de que "el que ama es capaz de decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan", aprovecha la ocasión para poner como ejemplo las palabras amables de Jesús. Pero, si bien éstas sirven para tomarlas como modelo en el contexto del amor matrimonial y familiar, generalizar puede convertirse en un arma de doble filo, pues el Señor no siempre usaba palabras amables, como bien demuestran los Santos Evangelios. Además, esto nos da una idea de la visión parcial -y hasta edulcorada- que el Papa tiene o quiere dar del Cristianismo y de Nuestro Señor, cuando cita estas palabras de Jesús -todas ciertas, naturalmente-, de las que dice que "no son palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian". Sin embargo, como ya he mencionado, el Señor, que es el que más ama -es el Amor mismo-, en otras ocasiones sí empleaba palabras muy duras -raza de víboras, sepulcros blanqueados, hipócritas, etc.-, incluso a veces no limitándose a las meras palabras, sino llegando a la acción -como cuando azotó con un latigo a los mercaderes en el templo-. En estos casos, las palabras que empleaba ciertamente sí humillaban, entristecían, irritaban y despreciaban. Y lo hacía con toda la intencionalidad, sabiendo a quién se las dirigía y explicando por qué lo hacía. Por tanto, la ocultación de esta otra faceta del Señor, que usaba contra ciertas personas en determinadas circunstancias, además de ser la actitud opuesta a la descrita por el Papa Francisco, hace que usar como ejemplo sólo algunas de sus palabras, como si siempre y en todo momento hubiera empleado el mismo tono amable para dirigirse a todo el mundo, no sea un buen recurso para promover la idea de "amabilidad" que el Papa quiere, precisamente por esa visión parcial que proyecta del Señor, como ya he señalado.

En el punto 102 se da la misma circunstancia que en el referido anteriormente, cuando el Papa cita el Evangelio, pero modificando lo que éste dice. Seguramente con la misma intención de darle un significado distinto al que reflejan las propias Escrituras, y a como siempre lo ha entendido y enseñado la Iglesia. Me estoy refiriendo a la cita "Nadie tiene un amor mayor que éste: que uno dé su vida por sus amigos" (Jn XV, 13). El Papa habla de "dar la vida por los demás", que no es lo mismo, ni tiene las mismas implicaciones morales o teológicas. Si bien Cristo nos pide amar a nuestros enemigos, en el citado pasaje no nos pide dar la vida por ellos -en ese "los demás" que emplea el Papa también éstos estarían incluidos-, sino sólo por nuestros "amigos". En este punto estoy pensando en el máximo ejemplo de amor que puede darse: el del Sacrificio de Cristo en la Cruz. Puede decirse que Cristo dio la vida por sus amigos, para que aquellos que acepten su amistad se salven. En sentido amplio, Nuestro Señor dio su vida por todos los hombres, por "los demás", para el perdón de los pecados, pues todos somos pecadores. La Redención era necesaria para recuperar la "amistad" con Dios que se había roto por el pecado de Adán, que todos heredamos, y así librarse de la condenación eterna que el pecado necesariamente trae aparejada. Cristo se ofreció a Sí mismo al Padre para que todos pudieran salvarse. Sin embargo, si atendemos a los frutos de su Sacrificio expiatorio, no todos se beneficiarán de él, como definió dogmáticamente el Concilio de Trento, pues el amor que Dios nos tiene, esa "amistad" con Dios que Él volvió a brindarnos, y por tanto también la salvación, está sujeta, por la libertad que Dios da al hombre, a la aceptación o al rechazo personal a esa "amistad" ofrecida nuevamente por Él. Así, también puede decirse que Jesús, en el Calvario, dio su vida "por sus amigos": del ofrecimiento de Su vida, de su Sacrificio, sólo se beneficiarán aquellos que voluntariamente acepten esa "amistad" que Dios brinda a todos, pero que también puede ser rechazada, en cuyo caso no servirá para su salvación eterna, sino que supondrá su eterna condenación.

En el punto 105 habla de un perdón "que se fundamenta en una actitud positiva, que intenta comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona, como Jesús cuando dijo: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34)". Sin embargo, Jesús no sólo, ni siempre, excusaba: también acusaba y condenaba. Nuevamente, el Papa Francisco deja traslucir una visión personal de Jesús y del Evangelio totalmente parcial, buenista y edulcorada.

Más abajo, en el punto 117, habla de la esperanza en la vida más allá de la muerte, en el cielo, donde la persona amada, que en este mundo tiene defectos y debilidades, llegará a su plenitud y brillará con toda su potencia de bien y de hermosura. Dice que eso permite al otro esperar esa plenitud en el cielo, aunque ahora nos cause molestias. El problema de ese simple deseo es doble: primeramente, porque da por sentado que todo el mundo va al cielo, cosa contraria a fe católica. Y, por otro lado, porque el amor humano aparejado al matrimonio termina en este mundo, como el matrimonio mismo, sin continuidad en el cielo. Por lo tanto, esa esperanza referida al matrimonio o amor terrenal es vana. Los esposos no deben tener paciencia con los defectos del otro por esperar que en el cielo van a compartir como pareja la plenitud de su ser, pues ya dejó Nuestro Señor bien claro que no hay tal cosa: "Respondióles Jesús y dijo: 'Erráis, por no entender las Escrituras, ni el poder de Dios. Pues en la resurrección, ni se casan (los hombres), ni se dan (las mujeres) en matrimonio, sino que son como ángeles de Dios en el cielo'" (Mt XXII, 29-30). Por todo lo escrito en la Exhortación, da la impresión de que el Papa Francisco considera el amor entre los esposos como un fin en sí mismo, cuando el fin del hombre sólo es Dios, siendo el amor humano un mero medio en este mundo temporal, en el cual empieza y acaba. En este sentido, cabe recordar la doctrina católica, que enseña que a diferencia de lo que ocurre con el sacramento del Orden, que hace que el hombre que lo recibe se convierta en sacerdote para siempre -en esta vida y en la otra-, el del Matrimonio empieza y termina en esta vida.

El punto 115 también llama la atención por citar las opiniones de un hereje de una secta estadounidense, que hace suyas, como si no hubiera fuentes suficientes para expresar lo que quiere recurriendo a las Sagradas Escrituras, a lo escrito por los Padres y Doctores de la Iglesia, o a tantos y tantos Santos y Pontífices. En la misma línea, en el punto 129 cita una película que trata sobre una comida en un pueblo danés donde sus pocos habitantes son herejes protestantes. Parece que las fuentes que inspiran al Papa son todas heterodoxas, aparte de hacer publicidad gratuita a una película comercial, algo bastante impropio de un Pontífice. Además, en el punto 135 emplea un lenguaje propio de la ideología de género que previamente ha criticado en la Exhortacion. Concretamente, cuando habla de "jefes y jefas del hogar". Está visto que el bombardeo mediático para manipular el lenguaje, y que así se ciña a dicha ideología, ya ha calado hasta en los documentos pontificios.

Al llegar al punto 145 nos encontramos con la siguiente afirmación: "Comenzar a sentir deseo o rechazo no es pecaminoso ni reprochable. Lo que es bueno o malo es el acto que uno realice movido o acompañado por una pasión. Pero si los sentimientos son promovidos, buscados y, a causa de ellos, cometemos malas acciones, el mal está en la decisión de alimentarlos y en los actos malos que se sigan". Esto choca frontalmente con lo que siempre ha enseñado la Iglesia, de acuerdo con lo dicho por el Señor: "Mas Yo os digo: Quienquiera mire a una mujer codiciándola, ya cometió con ella adulterio en su corazón" (Mt V, 27). No es necesario, pues, que se realice ningún acto "movido o acompañado" por dicho deseo, ni que cometamos malas acciones a causa del mismo: el simple hecho de desear a la mujer del prójimo ya es algo malo, un pecado.

De nuevo vuelve a recurrir a fuentes heterodoxas indeterminadas en el punto 149, cuando habla de unos supuestos "maestros orientales" "que insisten en ampliar la consciencia, para no quedar presos en una experiencia muy limitada que nos cierre las perspectivas. Esa ampliación de la consciencia no es la negación o destrucción del deseo sino su dilatación y su perfeccionamiento". Tal soflama, ¿tendrá algo que ver con lo enseñado por la Iglesia y el mensaje de Cristo?

Su personal concepción de la sexualidad matrimonial nos la da tres puntos más abajo, en el nº 152, donde no pierde la oportunidad de atacar la enseñanza tradicional de la Iglesia cuando dice: "Entonces, de ninguna manera podemos entender la dimensión erótica del amor como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia...". A tal afirmación se le puede oponer la concepción agustiniana del matrimonio que siempre ha hecho suya el Magisterio de la Iglesia, que habla del «remedium concupiscentiae» -remedio de la concupiscencia- como uno de los fines del matrimonio. El Código de Derecho Canónico de 1917, en el canon 1013, distinguió entre un solo fin primario del matrimonio y un doble fin secundario: «El fin primario del matrimonio es la procreación y educación de la prole; el fin secundario es la ayuda mutua y el remedio de la concupiscencia». Por desgracia, el Código de Derecho Canónico de 1983, que San Juan Pablo II -quien lo promulgó- consideraba el último documento del Concilio Vaticano II, es mucho menos específico, como también ocurre con otros temas -por ejemplo, en la condena a la Masonería, que en el Código anterior era explícita y en éste no, habiendo sido necesaria una aclaración oficial posterior por parte de la Congregación para la Doctrina de la fe, para aclarar que la condena seguía invariable, pues algunos pensaron que al no constar de forma explícita, ya no existía tal condena, lo cual no era cierto-. Sin duda, ello se debe a la simplificación llevada a cabo en la redacción de los documentos conciliares. Así, podemos ver que en la Constitución "Gaudium et Spes", el principal documento conciliar que trata sobre el matrimonio, el único fin específico que menciona es la procreación y educación de la prole, lo cual no significa que lo que hasta ese momento formaba parte del Magisterio de la Iglesia, y que en este caso el Código de Derecho Canónico anterior recogía de forma específica y más detallada, ya no sea cierto. Por tanto, cabe señalar que la Iglesia Católica, siguiendo a San Agustín, Doctor y uno de los Padres de la Iglesia, ha concebido siempre la sexualidad en el matrimonio, o "dimensión erótica del amor", como remedio de la concupiscencia, es decir, "como un mal permitido o como un peso a tolerar por el bien de la familia", pese a que el Papa Francisco "no lo pueda entender de ninguna manera", según sus propias palabras.

En el punto 154, vemos de nuevo el relativismo, aplicado a la Exégesis bíblica, al servicio del feminismo y la ideología de género. Hablando del Apóstol San Pablo, el Papa Francisco dice: "Si bien él escribía en una época en que dominaba una cultura patriarcal, donde la mujer se consideraba un ser completamente subordinado al varón". Habría que recordarle que eso era así no sólo en la cultura judía de la época de San Pablo, sino que incluso en Occidente, hasta los años 70 del siglo XX, era igual -y también hoy en día en otras culturas, como la islámica-. En el punto 156 vuelve a lo mismo, pero esta vez reinterpretando lo dicho por San Pablo en clave exclusivamente sexual; para ser exactos, de sometimiento sexual: "Es importante ser claros en el rechazo de toda forma de sometimiento sexual. Por ello conviene evitar toda interpretación inadecuada del texto de la carta a los Efesios donde se pide que «las mujeres estén sujetas a sus maridos» (Ef 5,22). San Pablo se expresa aquí en categorías culturales propias de aquella época, pero nosotros no debemos asumir ese ropaje cultural". Naturalmente: los católicos del siglo XXI sólo debemos asumir la categoría cultural propia de Occidente en los años 60 y 70 del siglo XX, es decir, la de la época en la que el Papa se formó en el seminario, que es la del auge de la ideología política de izquierdas, la del feminismo radical, la de la "liberadora" anticoncepción artificial que tanta "autonomía" ha dado a las mujeres, y, sobre todo, la de la generalización del acceso de la mujer al mercado laboral, que la ha "liberado" tanto, que ahora sí puede decirse propiamente que está sometida y que se ha convertido en una auténtica esclava: antes sólo trabajaba en casa y se ocupaba de los hijos; ahora trabaja fuera de casa tantas horas como su marido, y cuando vuelve sigue trabajando dentro de la casa, ocupándose también del marido y de los hijos. Porque, seamos claros: eso es lo que sigue ocurriendo en la mayoría de los hogares, salvo en los que gozan de un nivel económico lo suficientemente holgado como para permitirles disponer de servicio doméstico profesional para realizar esas tareas del hogar. Y en eso nada tiene que ver la malinterpretación de las Escrituras, ni el presunto machismo -de raíz cultural, eso sí- del que el Papa Francisco acusa al Apóstol San Pablo.

Al tratar sobre el celibato, la virginidad y la continencia, en el punto 160 cita varias frases de alguna de las catequesis de San Juan Pablo II: «no se trata de disminuir el valor del matrimonio en beneficio de la continencia», y «no hay base alguna para una supuesta contraposición...». Evidentemente, en el plano magisterial no pueden colocarse estas catequesis al mismo nivel que, por ejemplo, una Carta Encíclica. En una de ellas, ya citada, la "Casti connubii", de S. S. Pío PP. XI, en el punto nº 5 el Papa asumía y hacía suyo lo dicho por San Agustín: "Estos, dice San Agustín, son los bienes por los cuales son buenas las nupcias: prole, fidelidad, sacramento. De qué modo estos tres capítulos contengan con razón un síntesis fecunda de toda la doctrina del matrimonio cristiano, lo declara expresamente el mismo santo Doctor, cuando dice: 'En la fidelidad se atiende a que, fuera del vínculo conyugal, no se unan con otro o con otra; en la prole, a que ésta se reciba con amor, se críe con benignidad y se eduque religiosamente; en el sacramento, a que el matrimonio no se disuelva, y a que el repudiado o repudiada no se una a otro ni aun por razón de la prole. Esta es la ley del matrimonio: no sólo ennoblece la fecundidad de la naturaleza, sino que reprime la perversidad de la incontinencia'". De nuevo, un documento magisterial, como es una Encíclica, citando a un Padre y Doctor de la Iglesia, como es San Agustín, vuelve a hacer hincapié en la "perversidad de la incontinencia", por lo que, por contraposición, sí pone la continencia por encima de la sexualidad matrimonial, que sólo se tolera como "remedio de la concupiscencia", como queda dicho más arriba. Por lo cual, la Iglesia siempre ha considerado más perfecta la continencia voluntaria -tanto la de las personas célibes, como la habida periódicamente entre los esposos-, y por tanto, el celibato. Pero, como bien enseñó San Juan Pablo II, que la Iglesia dé un mayor valor al celibato no significa que rechace o reste el valor propio del matrimonio y la sexualidad habida en el mismo. Que la sexualidad matrimonial sea remedio de la concupiscencia no la convierte en algo negativo, como el actual Pontífice parece creer. La enseñanza tradicional de la Iglesia, a saber, que la incontinencia es mala y el matrimonio la reprime -y de ahí que también uno de los fines del matrimonio sea servir de "remedio de la concupiscencia"-, parece no gustar nada al Papa Francisco.

Por último, en el punto 163 dice que "la prolongación de la vida hace que se produzca algo que no era común en otros tiempos: la relación íntima y la pertenencia mutua deben conservarse por cuatro, cinco o seis décadas, y esto se convierte en una necesidad de volver a elegirse una y otra vez". Parece no tener en cuenta que aunque actualmente es verdad que se viven más años, también lo es que las parejas de novios se casan mucho más tarde que antes; incluso retrasando el matrimonio hasta una o dos décadas: antes era muy habitual casarse al llegar a la mayoría de edad -o incluso antes con permiso paterno-, mientras que ahora no es nada raro ver parejas de novios que deciden casarse bien entrados en la treintena y, en muchas ocasiones, en la cuarentena. Y eso en lo que se refiere a Occidente, pues en los países subdesarrollados la esperanza de vida no ha aumentado; allí no viven más años. Por lo cual, en ambos casos el tiempo de duración de los matrimonios sigue siendo el mismo que antes, o incluso inferior en la actualidad, habida cuenta de la mentalidad divorcista que ha impregnado la sociedad hasta el punto de ser asumida en la práctica por sociedades que, hasta hace medio siglo, era tradicionalmente católicas, no sólo en teoría, sino en la aceptación y asunción como propios de los postulados morales enseñados por la Iglesia -que ya no se enseñan, dicho sea de paso-.

Evidentemente, hay partes del texto que son muy adecuadas, como cualquiera puede apreciar. Pero, en todo el capítulo se aprecia un tono general a medio camino entre el de un consultorio sentimental y una sesión con el psicólogo o psicoanalista, resultando difícil encontrar la enseñanza moral y espiritual que cabría esperar de un documento emanado del Papa, aunque no tenga carácter dogmático, sino simplemente "pastoral".

En la próxima entrada analizaré esta Exhortación a partir del punto nº 165, que es el primero del Capítulo 5 del documento.

lunes, 11 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte II)

Continuando con la entrada anterior (ver aquí), en este punto llegamos al tercer capítulo, en cuyo punto 59 vuelve a referirse a la doctrina católica como "fría y sin vida", aun cuado toda ella proviene, a diferencia de las reglamentaciones y costumbres judías meramente humanas, de la Sagrada Revelación de Nuestro Señor Jesucristo, que es la Vida misma. Es sorprendente e impropio de un Pontífice, no sólo que se exprese en esos términos, sino que crea tal cosa. En el punto 62, variando un poco las palabras, vuelve a reproducir el error recogido en la "Relatio post disceptationem" del Sínodo extraordinario de la Familia de 2014, al referirse a una inexistente "condescendencia" de Dios en relación con el repudio mosaico, que se deriva de la tergiversación de lo dicho por Nuestro Señor, como así lo recogen los Santos Evangelios: el Señor no sólo no es condescendiente ni lo comprende, sino que lo condena y reafirma que quien lo hace, es adúltero, pese a las componendas humanas para saltarse el plan de Dios. Un poco más adelante, en el punto 65 afirma, al citar la fuga de la Sagrada Familia a Egipto, que durante la misma Jesús participaba "del dolor de su pueblo exiliado, perseguido y humillado", cuando el Evangelio expone claramente que la persecución a la que se refiere fue exclusivamente la de Herodes a Jesús, por temor a que Éste le quitase el trono, ya que las Escrituras dejaban claro que Él era el Rey de los judíos. Nada tienen que ver, pues, las persecuciones precedentes o posteriores a los judíos, también profetizadas y explicadas como el resultado del justo castigo por su perfidia -infidelidad, falta de fe-, como refieren las Sagradas Escrituras.

En los puntos 67 y 68 deja entrever, ocultando lo que no concuerde con esa idea, que el Concilio Vaticano II antepuso el "amor" a la "procreación" como fin del matrimonio -lo cual no es cierto, ni a partir del Concilio Vaticano II, ni antes de él-, y saca a relucir sólo un fragmento de la "Humanae vitae" de Pablo VI, en el que se menciona la "paternidad responsable", pero no entendiendo ese pasaje dentro del conjunto de toda la Encíclica y en el sentido que la Iglesia y Pablo VI dieron al tema, sino sacándolo de contexto para darle un sentido rupturista -con la moral católica- que existe precisamente desde aquella época, y que tanto hizo sufrir al Papa Pablo VI. Por tanto, la intención que se trasluce no tiene nada que ver con ninguna "profundización de la doctrina", cosa que no existe y que está condenado por la Iglesia, sino para volver a poner sobre el tapete aquellos aspectos de dicha Encíclica que se pudieran prestar a su lectura en clave rupturista con la irreformable Doctrina católica, para así justificar la anticoncepción -al menos en esos "casos graves" inexistentes de los que le gusta hablar al Papa Francisco, que harían necesario el recurso a hacer el mal para conseguir un bien, algo completamente ajeno a la moral católica y prohibido explícitamente en la "Humanae vitae", como veremos más adelante.

El punto 75 afirma que, según la tradición latina de la Iglesia, en el sacramento del matrimonio los ministros son el varón y la mujer que se casan. Sin duda, que los ministros del sacramento del Matrimonio sean los propios cónyuges no sólo forma parte de la "tradición" -con minúscula- latina, como afirma el Papa, sino que es doctrina común para toda la Iglesia universal. La bendición del sacerdote no es parte sustancial, ni por tanto absolutamente necesaria, para la validez del sacramento, con independencia de la disparidad de ritos y costumbres que pueda haber durante la ceremonia nupcial.

El punto 77 resulta, cuanto menos, ambiguo, por lo que el Papa afirma: "Podemos decir que «toda persona que quiera traer a este mundo una familia, que enseñe a los niños a alegrarse por cada acción que tenga como propósito vencer el mal —una familia que muestra que el Espíritu está vivo y actuante— encontrará gratitud y estima, no importando el pueblo, o la religión o la región a la que pertenezca»". En realidad, claro que importa a qué religión se pertenezca. Alegrarse de vencer el mal puede traer "gratitud y estima", pero no es suficiente para lograr la salvación, a la que todos los seres humanos están llamados y cuya dispensación de los medios ordinarios para lograrla, estos son, los sacramentos -entre los que se incluye el Matrimonio-, es misión específica de la Iglesia por mandato expreso de Nuestro Señor, y que sólo tiene un camino: Cristo, según lo aseverado por Él mismo: "Jesús le replicó: “Soy Yo el Camino, y la Verdad, y la Vida; nadie va al Padre, sino por Mí. Si vosotros me conocéis, conoceréis también a mi Padre [...] El que me ha visto, ha visto a mi Padre [...] Y Yo rogaré al Padre, y Él os dará otro Intercesor, que quede siempre con vosotros, el Espíritu de verdad, que el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce; mas vosotros lo conocéis, porque Él mora con vosotros y estará en vosotros [...] Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y en él haremos morada. El que no me ama no guardará mis palabras; y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió" (Jn XIV, 6-24).

En el siguiente punto, el 78, la ambigüedad ya deja paso directamente a la contradicción: basándose en el cuidado pastoral de la Iglesia hacia los fieles que viven en concubinato o adulterio, a quienes denomina eufemísticamente como aquellos que "participan en su vida [de la Iglesia] de modo imperfecto", afirma que la Iglesia pide para ellos la gracia de la conversión y les infunde valor para hacer el bien -lo cual es completamente deseable-, para a continuación contradecir lo previamente mencionado al encomendar a esos pecadores "hacerse cargo con amor el uno del otro", en lugar de corregirles, como hizo Nuestro Señor, para que abandonen su estado de vida pecaminoso: "Vete y no peques más". Sin duda, lo que Cristo exige al pecador conlleva su misericordia y perdón y, por él, la salvación; lo que ahora el Papa propone a esos pecadores sin reconvenirles, a saber, continuar en su estado de concubinato o adulterio, justificando el amor carnal que se tienen ambos miembros de la pareja -pues no procede de, ni está orientado a Dios, que reprueba la fornicación y el adulterio-, no sólo no conduce a la salvación, sino que puede ser camino de perdición eterna si en ese estado acaeciera la muerte de los pecadores. La preocupación del Papa más debiera ser la salvación del alma inmortal de esas desdichadas personas, que su felicidad en este mundo, en el que sólo estamos de paso y que no es, en modo alguno, la meta final del hombre. Ni que dicha unión pecaminosa esté sellada por un vínculo público -el contrato mercantil que supone una boda civil, por ejemplo-, ni la cantidad de afecto que se tengan sus miembros, ni incluso la responsabilidad por la prole, constituyen en sí mismas una "oportunidad" para que la Iglesia acompañe a estas personas hacia el sacramento del matrimonio, sino su obligación: debe explicarles la Verdad, sin falsos paternalismos ni paños calientes, que sólo pasa por proponerles el matrimonio como única vía para regularizar su situación y reconciliarse con Dios y con la Iglesia. La frase "allí donde sea posible" con la que termina este punto, sólo deja lugar a aquellas parejas que viven en amancebamiento o concubinato, pues quienes han contraído válidamente el sacramento del Matrimonio -que son casi todas las parejas que se casan por la Iglesia-, no tienen ninguna posibilidad de volver a contraer Matrimonio hasta que su esposo o esposa mueran.

En el punto 80 afirma, citando en las notas el Catecismo de la Iglesia Católica -en latín, que probablemente no entiendan la mayoría de los lectores de esta Exhortación-, que el matrimonio es "en primer lugar una íntima comunidad conyugal de vida y amor", queriendo así hacer pasar la definición del mismo, por su primera y principal finalidad, que no es el amor mutuo, sino la procreación -al menos, la apertura a la misma, pues aunque luego se descubra que existen impedimentos físicos involuntarios para lograr tal fin, el matrimonio tampoco dejaría de serlo por tal causa-. Que la sexualidad esté ordenada al amor conyugal del hombre y de la mujer no significa que la primera finalidad del Matrimonio no sea la procreación y educación de la prole, que van unidas tanto al amor, como a la sexualidad. De hecho, la falta de amor o de sexo en un matrimonio -que puede acontecer con el paso del tiempo- no invalida éste; mientras que la voluntad previa y permanente de no querer procrear sí puede ser causa de nulidad del matrimonio -vamos, que jamás haya existido tal matrimonio, por mucho que se amen ambos miembros de la pareja-.

En el punto 82, incluso citando la ya mencionada Encíclica "Humanae vitae" de Pablo VI, la tergiversa y contradice, haciéndola decir justo lo contrario de lo que realmente dice. Así, el Papa Francisco afirma que en tal Encíclica se "hace hincapié en la necesidad de respetar la dignidad de la persona en la valoración moral de los métodos de regulación de la natalidad", mientras que en la misma Encíclica el Papa Pablo VI afirma literalmente, sin paliativos, que "en la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia" (punto nº 10). Como se ve, mientras que Pablo VI niega la autonomía de la decisión de usar anticonceptivos a los esposos, que deben conformarse a lo que la Iglesia ha mandado siempre, esto es, su completa prohibición -como explicita más directamente en otros puntos de la mencionada Encíclica, donde señala como siempre inmorales los anticonceptivos-, el Papa Francisco afirma justo lo contrario: que la moralidad de su uso depende de la valoración subjetiva de los esposos, lo cual es falso -tanto que sea así, como que Pablo VI o el Magisterio precedente afirmara tal cosa-. Es más, en la misma Encíclica el Papa Pablo VI afirma, en el apartado de "Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos", además del "aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas" [...] igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer; queda además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación". A continuación, Pablo VI declara, una vez más, justo lo contrario de lo que afirma el Papa Francisco (punto 42 de esta Exhortación): "Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda".

Al final del siguiente punto, el 83, el Papa Francisco vuelve a hacer pasar sus opiniones personales, totalmente discutibles, por la última palabra de la Iglesia sobre ciertos temas morales gravísimos, como el aborto o la eutanasia, que implican el asesinato de seres humanos inocentes, poniéndolos al mismo nivel que la pena de muerte, al afirmar lo siguiente: "Del mismo modo, la Iglesia no sólo siente la urgencia de afirmar el derecho a la muerte natural, evitando el ensañamiento terapéutico y la eutanasia», sino también «rechaza con firmeza la pena de muerte»", lo cual es falso, como puede comprobarse no sólo buscando los documentos del Magisterio pontificio y conciliar precedente, así como la enseñanza constante de la Iglesia en esta materia, que demostraría la falsedad de dicha afirmación, sino simplemente leyendo el Catecismo de la Iglesia Católica, que en su punto nº 2267 dice: "La enseñanza tradicional de la Iglesia no excluye, supuesta la plena comprobación de la identidad y de la responsabilidad del culpable, el recurso a la pena de muerte, si ésta fuera el único camino posible para defender eficazmente del agresor injusto las vidas humanas". Como se ve, lo que afirma el Papa Francisco no sólo es lo contrario de lo que siempre ha enseñado la Iglesia y que recoge el Catecismo, sino que es sumamente injusto al equiparar el asesinato de seres humanos inocentes -como en el caso del aborto o la eutanasia-, con el ajusticiamento de criminales de los que se ha demostrado su culpabilidad. ¿Puede considerarse "misericordiosa" y, sobre todo, justa, dicha actitud, intentando ocultar, además, la verdad? En la próxima entrada del blog, que será la tercera parte de este análisis de la Exhortación "Amoris laetitia", continuaré a partir de este punto, o sea, del capítulo cuarto en adelante.

sábado, 9 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte I)

Como el hecho más destacable de esta Exhortación, por las consecuencias que pueda tener para la Iglesia, así como por la curiosidad que ha despertado en los medios de comunicación y, más concretamente, entre los fieles católicos, es lo referido a la Comunión eucarística de los adúlteros, aun a riesgo de extenderme más de lo que quisiera, voy a analizar pormenorizadamente éste y algunos otros puntos "conflictivos" del documento que me parecen destacables. Comenzaré por decir que es un hecho que hoy en día un gran número de fieles comulgan sin haber pasado previamente por el confesionario, es decir, estando en pecado mortal, mientras la autoridad competente, desde el simple sacerdote hasta el obispo, lo consiente y no dice nada al respecto, ni avisa del peligro real de condenación eterna para quien haga tal cosa. Es natural, pues, que los adúlteros consideren que ellos también pueden hacer lo mismo que el resto. De hecho, muchos lo harán. El problema ahora viene dado por la aceptación oficial de dicha praxis por parte de la más alta autoridad eclesiástica, contradiciendo al mismo Evangelio y el Magisterio bimilenario de la Iglesia, cuya máxima preocupación siempre ha sido, y ha de ser, la salvación de las almas, y no el bienestar material de las personas o el dar a los pecadores -que somos todos- una falsa tranquilidad de conciencia para que, aquellos que viven en estado permanente de pecado -como es el caso de los adúlteros- puedan seguir haciéndolo sin necesidad de arrepentimiento y enmienda de vida.

Dicho lo cual, comenzaré por la Introducción de esta Exhortación, que ya es, en sí misma, un despropósito. Como cualquiera puede comprobar al leerla, está llena de ambigüedades y eufemismos, como cuando habla de "profundizar cuestiones doctrinales y morales" o de "reflexión creativa de los pastores y teólogos para encontrar mayor claridad", en vez de decir claramente "cambiar la doctrina y la moral católicas". Como ya expliqué en la entrada anterior (ver aquí), los dogmas no "evolucionan", ni existe -como lo expresó el Cardenal Schönborn en la presentación del documento- ningún "desarrollo orgánico de la doctrina". Tal subterfugio, por parte de quienes pretenden cambiar la Doctrina y la Moral de la Iglesia con la excusa de una "profundización" o "comprensión mayor" a lo largo del tiempo, para hacerla decir lo contrario de como siempre lo ha entendido la Iglesia, está explícitamente condenado en el Canon III del capítulo IV, "Sobre la fe y la razón", de la Constitución dogmática del Concilio Vaticano I «Filius Dei» sobre la Fe Católica, como también señalé en la entrada anterior: "Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema". Pues, pese a ello, el Papa Francisco no tiene ningún reparo en sostener que "en la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella". Es decir, que puedan "interpretarse" de forma diferente a como siempre lo ha hecho la Iglesia. Exactamente lo que el Concilio Vaticano I condenó solemnemente. Y a continuación lo reitera, afirmando que "esto sucederá hasta que el Espíritu nos lleve a la verdad completa", como si la Iglesia llevara dos mil años conociendo sólo la verdad a medias o, lo que es peor, malinterpretándola y enseñando falsedades. Como puede verse, lo que se afirma en este documento, ya desde el principio, se opone frontalmente a lo que siempre ha creído y enseñado la Iglesia Católica.

El colmo del despropósito llega cuando el Papa Francisco afirma: "Luego me detendré en una invitación a la misericordia y al discernimiento pastoral ante situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone". ¿Situaciones que no responden plenamente a lo que el Señor nos propone? Dios no nos propone cumplir o no cumplir sus Mandamientos: nos lo exige; y a quien no los cumple le asegura la condenación eterna. Palabra de Dios. Así, no es que el adulterio no responda a la exigencia de Dios: es que es totalmente contrario a la voluntad divina. Sexto Mandamiento del Decálogo: "No cometerás adulterio". ¿Qué "profundización" de la Doctrina puede hacer cambiar dicho Mandamiento y la aplicación práctica que de su incumplimiento se deriva? Quien comete adulterio peca contra Dios, y la Iglesia no tiene ninguna potestad para cambiar, ni mitigar, la voluntad divina, transmitida de forma invariable desde hace milenios, ni la consecuencia práctica que de ello se deriva: no se puede comulgar en pecado mortal, el cual sigue existiendo mientras no se haga propósito de la enmienda -de no volver a pecar y de evitar las ocasiones de pecado- y se confiese sacramentalmente. La absolución está sujeta, y sólo es válida, si existe dicho propósito. Al confesor se le puede engañar, pero a Dios no.

Más abajo, el punto 21 del primer capítulo, comienza con una afirmación que, a tenor de los conocimientos históricos y arqueológicos con los que hoy contamos, así como de las propias Sagradas Escrituras, no puede afirmarse: "Jesús mismo nace en una familia modesta", dice el Papa Francisco. Ni en las Sagradas Escrituras se dice tal cosa, ni la familia de un carpinterio podía considerarse "modesta" entonces, siendo una profesión liberal de la época y San José un "autónomo". Sin ser rica, habría sido lo que hoy podría ser considerada "de clase media" o, incluso, de "clase media alta". La "no pobreza" material de Jesús la podemos ver en varios detalles registrados en los Santos Evangelios, incluso ya en la época en la que Él mismo había renunciado voluntariamente a algunas cosas materiales para predicar la Buena Nueva, y de ahí que afirme que no tenía dónde reposar la cabeza: además de informarnos de que Jesús y los Apóstoles contaban con dinero -Judas lo administraba-, el propio Evangelio recalca de forma significativa un hecho más claro aún, a saber, que Nuestro Señor, hasta el día de su muerte, vestía como una persona rica, o cuanto menos, no como sería propio de alguien "modesto" o pobre, sino justo al contrario: llevaba una túnica de una sola pieza, que era una rareza; algo exclusivo y muy caro en la época, que en el momento de la Crucifixión ni los soldados quisieron dividir para repartir cada trozo, sino que la sortearon para que el ganador la conservase entera, ya que era muy valiosa. El "pauperismo" que algunos pretenden otorgar a Nuestro Señor, a su Iglesia y a los fieles -entre ellos, el Papa Francisco-, no se corresponde con la realidad histórica, ni con el aspecto teológico de la pobreza que se desprende de la enseñanza de Jesús reflejada en las Bienaventuranzas, que, como todo el mundo sabe, habla de la pobreza "de espíritu", y no de la material. Nadie es bienaventurado por ser pobre en el sentido de carecer de comodidades o, incluso, de los bienes materiales necesarios para la subsistencia del cuerpo, sino por anteponer el Reino de Dios a las cosas materiales, se tenga mucho o poco.

Tras varios apartados en los que el Papa Francisco vuelve a exponer su personal visión del mundo del trabajo y del ecologismo actual, trasladado a aquella época, llegamos al punto 27 de este capítulo, entrando ya en uno de los puntos polémicos de esta Exhortación, donde menciona "la escena que muestra a una adúltera en la explanada del templo de Jerusalén, rodeada de sus acusadores, y luego sola con Jesús que no la condena y la invita a una vida más digna" (cf. Jn 8,1-11). Si nos vamos al mencionado pasaje evangélico, comprobaremos que Nuestro Señor, pese a la afirmación del Papa, no "invita" a la adúltera a "una vida más digna". Literalmente le dice: "Vete, desde ahora no peques más". No es una sugerencia, sino que usa el imperativo. No la condena, como era propio en la época, tanto por cuestiones religiosas como sociales, pero a cambio le exige que deje de pecar, es decir, que cese su estado de adulterio. Nuestro Señor perdona el pecado, pero exige el cambio de vida. En ningún caso sugiere que no condene el adulterio -tanto físico como interior-, sino justo al contrario: condena el pecado, el adulterio en este caso, pero perdona al pecador arrepentido; el perdón está sujeto a que el pecador cambie de vida -de ahí la praxis de la Iglesia al exigir el propósito de la enmienda para que los pecados sean perdonados en el sacramento de la Confesión, de tal forma que si éste no existe, la confesión es inválida y sacrílega, no perdonándose ningún pecado-.

Así, llegamos al segundo capítulo, donde el Papa aclara que esta Exhortación, además de su propia opinión, recoge las opiniones expresadas por los Padres sinodales -aunque, ciertamente, sólo lo hace con aquellas que coinciden con la suya propia, sin hacer mención de las objeciones y opiniones contrarias, que las hubo, y de figuras muy representativas de la Iglesia-, durante las sesiones del Sínodo Extraordinario de la Familia de 2014 y 2015, que, obviamente, el Papa también hace suyas.

En el punto 32 habla del "cambio antropológico-cultural hoy". Sin duda, éste existe; pero no menciona qué lo ha motivado: no una evolución natural de la sociedad, sino la ingeniería social impuesta desde arriba, fundamentalmente desde el ámbito político nacional e internacional, dirigido por una minoría con poder, que no recoge ni quiere dar respuesta al sentir mayoritario de la sociedad, a la que imponen modelos preestablecidos por ellos. Es sólo después, cuando las legislaciones que impulsan dichos modelos ya se han asentado y la sociedad los "tolera" -gracias al bombardeo mediático y al adoctrinamiento ejercido a través de los sistemas educativos estatales-, cuando las personas que conforman la sociedad comienzan a actuar de esa determinada manera, al ver ya como "normal" situaciones que antes eran impensables. Así, podríamos citar el caso de las madres solteras, del divorcio -incluido el más reciente "repudio exprés"-, de las uniones civiles y las parejas de hecho -amancebamiento o concubinato-, de la anticoncepción, del aborto, de las uniones homosexuales, y pronto de la eutanasia. En ninguno de estos casos existía, al momento de legislar sobre cada una de estas materias, una demanda social mayoritaria que exigiese una legislación favorable a dichas aberraciones. Las mentes "iluminadas" impulsoras de estas "novedades", más que pensar que éstas serían "buenas" para la sociedad, sabían muy bien que lo que harían era terminar con la sociedad y la moral imperante, que en el mundo Occidental era la cristiana. Sabían muy bien lo que hacían: si algo es legal, inmediatamente la sociedad comenzará a aceptarlo como algo, si no bueno, al menos "no tan malo" o condenable. Eso, y el progresivo aumento de personas que recurren a esos "nuevos" avances sociales, hace que la moral se vaya adormeciendo y la aceptación del mal, o al menos el silencio para no ser tachado de antiguo o "retrógrado", permitan que los casos aumenten hasta convertirse, si no en la norma, al menos en algo aceptado y aceptable socialmente, sin mayores consideraciones de tipo ético y moral: "si todo el mundo lo hace, ¿por qué yo no? No será tan malo". Si a todo ello sumamos los constantes ataques a la Iglesia abiertos en numerosos frentes para restarle autoridad moral, sobre todo a través de los medios de comunicación, pero también reflejada en la pretensión de impedir la educación moral católica desde la infancia, intentando eliminar la enseñanza de la Religión en las escuelas, o la pretendida eliminación de la esfera pública de cualquier manifestación de religiosidad -prohibición de la asistencia de cargos públicos a actos religiosos, intento de suprimir procesiones, nombres de calles con connotaciones o vínculos religiosos, etc.- el camino para ese "cambio antropológico-cultural" ya está despejado del todo.

En los puntos 35 y 36 el Papa adopta una actitud inédita en la Iglesia, renunciando, no ya a condenar el mal, sino incluso a denunciar los errores, aceptando éstos "sin pretender imponer normas por la fuerza de la autoridad", por considerarlo algo que "no tiene sentido", pero aceptando en cambio, con esa falta de condena, las normas contrarias, que sí se imponen por la fuerza de la autoridad. Sorprende que el Papa culpe a la propia Iglesia de provocar esos males por haber enseñado la Verdad y, en razón de dicha enseñanza, no haber tolerado la difusión de los errores, que él menciona eufemísticamente como "la forma de tratar a las personas", como si la Iglesia debiera haber aceptado, o al menos guardado silencio, ante el mal cometido por éstas y las consecuencias del mismo, tanto individuales -y no sólo en el plano material, sino especialmente en el plano espiritual-, como para el conjunto de la sociedad. En el mismo punto contradice directamente el Magisterio Pontificio precedente, al afirmar que el fin procreativo del matrimonio ha opacado el fin unitivo del mismo, al que parece querer anteponer éste, cuando la Iglesia enseña que, sin descartarlo, el fin primario del matrimonio consiste en la procreación y educación de la prole (Carta Encíclica "Casti connubii", sobre el Matrimonio cristiano, de S. S. Pío XI, punto nº 17). Para quienes "sospechen" del Magisterio anterior al Concilio Vaticano II -como si fuera malo o estuviera equivocado, y éste pudiera cambiarlo o lo hubiese hecho-, pueden comprobar que también "Gaudium et Spes" incide en lo mismo, afirmando que el matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y a la educación de los hijos: "El mismo Dios que dijo: no es bueno que el hombre esté solo [...] queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al hombre y a la mujer diciendo: creced y multiplicaos". Este documento dice que toda la estructura de la vida familiar, sin menospreciar otros fines del matrimonio, tiende a capacitar a los esposos para cooperar valerosamente con el amor del Creador [pro-creando]. En la misma línea se manifestó San Juan Pablo II: "El mismo Dios, que dijo «no es bueno que el hombre esté solo» (Gn 2, 18) y que «hizo desde el principio al hombre, varón y mujer» (Mt 19, 4), queriendo comunicarle cierta participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: «Creced y multiplicaos» (Gn 1, 28)" (Evangelium Vitae).

El Papa Francisco, rompiendo con todo el Magisterio precedente, también culpa a la Iglesia, que siempre ha presentado el sacramento del Matrimonio tal y como lo quiere Dios mismo, como poco atractivo en la actualidad por ser demasiado "ideal", y da a la conciencia individual -presuponiendo que ésta está bien formada, cuando la realidad nos muestra que mayoritariamente no lo está- un valor absoluto que no tiene: es la conciencia la que debe adaptarse a la Moral objetiva y no a la inversa. De nuevo, el Papa Francisco vuelve a decir en este punto lo opuesto al Magisterio de la Iglesia, llegando a poner en entredicho incluso lo expresado en la Declaración del Concilio Vaticano II "Dignitatis humanae": «Los cristianos, al formar su conciencia, deben atender con diligencia a la doctrina cierta y sagrada de la Iglesia. Pues, por voluntad de Cristo, la Iglesia católica es maestra de la verdad y su misión es anunciar y enseñar auténticamente la Verdad, que es Cristo, y, al mismo tiempo, declarar y confirmar con su autoridad los principios de orden moral que fluyen de la misma naturaleza humana» (Dignitatis humanae).

En el punto 38, de nuevo, vuelve a sugerir que es culpa de la Iglesia el rechazo del mundo actual al ideal cristiano, por haber presentado la enseñanza de Cristo, en relación con el matrimonio y la familia, de forma equivocada, pues, aun reconociendo que Nuestro Señor proponía un ideal exigente, recalca que "nunca perdía la cercanía compasiva con los frágiles, como la samaritana o la mujer adúltera". Vuelve a callar en este punto que Él no condescendía con el pecado, sino que a los pecadores les exigía cambiar de vida, no sólo en teoría, sino precisamente en la práctica. Si el mundo actual rechaza a Cristo, es precisamente porque se ha difundido un ideal hedonista y no quiere cumplir las exigencias que conlleva poner en práctica lo que Jesús enseñó.

En el punto 42 se refiere a la anticoncepción, rechazada sin paliativos por la Iglesia, apelando a que "la conciencia recta de los esposos, cuando han sido muy generosos en la comunicación de la vida, puede orientarlos a la decisión de limitar el número de hijos por motivos suficientemente serios". Seamos francos: esos motivos "serios" no se producen casi nunca en la mayoría de los matrimonios que, desobedeciendo el Magisterio de la Iglesia, recurren al uso de anticonceptivos, además de que, como ya he dicho antes, en la mayor parte de los casos no existe esa presunta "conciencia recta" de los esposos -de la que suelen carecer, pues la autoridad eclesiática competente, salvo excepciones, ya no enseña Moral católica, ni la fomenta-, sino que tratan de subordinar la Moral objetiva a sus deseos subjetivos. El Papa Pío XI enseñó que "cualquier uso del matrimonio, en el que maliciosamente quede el acto destituido de su propia natural virtud procreativa, va contra la ley de Dios y contra la ley natural, y los que tal cometen se hacen culpables de un grave delito" (Casti Connubii). También el Catecismo de la Iglesia Católica y el Papa Pablo VI, en la Encíclica "Humanae Vitae", afirman que es intrínsecamente mala "toda acción que se proponga como fin o como medio hacer imposible la procreación (Catecismo 2370; Humanae vitae 14)". Pero desde los años 60 del siglo pasado, justo coincidiendo con el final del Concilio Vaticano II y el Mayo del 68 francés, que fueron los años de formación en el Seminario del actual Papa, se fue produciendo una desobediencia generalizada por parte de muchos obispos y sacerdotes al propio Magisterio de la Iglesia en materia conyugal. ¿Cómo fue posible tal cosa? Lo explica muy bien el P. Iraburu: Primero desvincularon la pastoral conyugal y sexual de la Doctrina, consiguiendo con ello soslayar el Magisterio de la Iglesia por la vía de los hechos. Luego, la pastoral comenzó a tolerar la anticoncepción, guardando silencio sistemáticamente sobre la moral católica referida al ámbito conyugal, tanto en las predicaciones, como a través del confesonario, de las publicaciones, o de los cursillos prematrimoniales, donde era habitual que la regulación natural de la natalidad se presentara como una opción más, y no la más "fiable", entre otras posibles, dejando a la conciencia de los cónyuges la elección -exactamente lo que ha dicho el Papa Francisco ahora-. Finalmente, llegó un punto en el que esperar que los matrimonios se ciñesen a la moral conyugal católica recurriendo a la exposición clara de la Doctrina ya era algo innecesario, pues en la práctica ya se había conseguido "puentearla" por la vía "pastoral". No cabe la menor duda de que la dejación de su función docente por parte de las autoridades eclesiásticas ha facilitado que las políticas de ingeniería social ya mencionadas, impuestas desde arriba, hayan calado más facilmente en la población, que carece de la suficiente formación moral para rechazarlas, como cabría esperar y sería deseable.

En el punto 54, algunos principios sostenidos por el feminismo y la actualmente omnipresente ideología de género son asumidos personalmente por el actual Pontífice, llegando al paroxismo al afirmar que "si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos". Según se deduce de esta extraña idea, el Espíritu Santo habría sido cruel e injusto con las generaciones precedentes, pues permitió que se mantuviera la supuesta marginación de las mujeres durante miles de años, decidiéndose a actuar e inspirar ese "reconocimiento más claro" de su dignidad y derechos, sólo en las últimas décadas. Evidentemente, yo no puedo suscribir estas raras opiniones personales del Papa. La dignidad de la mujer es otra cosa que nada tiene que ver con lo que sostiene el feminismo ni, mucho menos, este tipo de ideología de género que, además, es totalmente anticristiana y perseguidora de la Iglesia y su Moral.

Más adelante, en el punto 56, habla de la procreación artificial, pero sin hacer mención del principal hecho inmoral que se deriva de su práctica: el asesinato de miles de niños en estado embrionario, al decantarse quien lo realiza sólo por uno o varios embriones, considerados "viables", durante el proceso de reproducción asistida, y "eliminando" al resto -matándolos y tirándolos a la basura-. No se trata sólo, pues, de que se deshumanice la reproducción humana al desvincularla del amor y la sexualidad: se trata, por encima de todo, del respeto a la vida humana y la prohibición divina de acabar con ella: "No matarás" (5º Mandamiento del Decálogo).

(La Parte II de este análisis puede leerse en este enlace).

viernes, 8 de abril de 2016

Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia" (la alegría del amor): el Papa establece un "discernimiento particular" en cada diócesis que abre la puerta a la Comunión sacrílega de los adúlteros

Hoy, viernes 8 de abril, acaba de ser publicada la exhortación apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", La alegría del amor, sobre el amor en la familia, del Papa Francisco, en la que, a lo largo de 325 apartados en 9 capítulos, expone las conclusiones de los dos sínodos de la familia celebrados en Roma en 2014 y 2015. La parte que más puede afectar al devenir de toda la Iglesia es la que se refiere a la facultad otorgada a los obispos para poder dar la Sagrada Comunión, en pecado mortal y sin propósito de la enmienda, a los adúlteros, lo cual, además de permitir un doble sacrilegio -la recepción sacrílega de dos sacramentos, el de la Penitencia y el de la Eucaristía-, contradice tanto a las Sagradas Escrituras, como a la Doctrina, Tradición y praxis bimilenaria de la Iglesia.

El documento acaba de ser presentado, a las 11:30 horas, en una conferencia dada por el Cardenal Lorenzo Baldisseri, Secretario General del Sínodo de los Obispos, y el Cardenal Christoph Schönborn, Arzobispo de Viena, en el Aula Juan Pablo II de la Sala Stampa de la Santa Sede. Les han acompañado el matrimonio formado por D. Francesco Miano, profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Estudios de Roma Tor Vergata y Dña. Giuseppina De Simone in Miano, profesora de Filosofía en la Facultad Teológica de Italia Meridional de Nápoles.

En lo que se refiere a la situación de los adúlteros, el punto 292 afirma: Así, la Iglesia "no descarta los elementos constructivos [que existen] en aquellas situaciones que aún, o que ya no, corresponden a su enseñanza sobre el matrimonio". [¿Qué puede haber de positivo en vivir en estado de pecado mortal?].

En lo referente a la Comunión a los adúlteros, el documento dice literalmente:

242. Los Padres indicaron que «un discernimiento particular es indispensable para acompañar pastoralmente a los separados, los divorciados, los abandonados. Hay que acoger y valorar especialmente el dolor de quienes han sufrido injustamente la separación, el divorcio o el abandono, o bien, se han visto obligados a romper la convivencia por los maltratos del cónyuge. El perdón por la injusticia sufrida no es fácil, pero es un camino que la gracia hace posible. De aquí la necesidad de una pastoral de la reconciliación y de la mediación, a través de centros de escucha especializados que habría que establecer en las diócesis». Al mismo tiempo, «hay que alentar a las personas divorciadas que no se han vuelto a casar —que a menudo son testigos de la fidelidad matrimonial— a encontrar en la Eucaristía el alimento que las sostenga en su estado. La comunidad local y los pastores deben acompañar a estas personas con solicitud, sobre todo cuando hay hijos o su situación de pobreza es grave». Un fracaso familiar se vuelve mucho más traumático y doloroso cuando hay pobreza, porque hay muchos menos recursos para reorientar la existencia. Una persona pobre que pierde el ámbito de la tutela de la familia queda doblemente expuesta al abandono y a todo tipo de riesgos para su integridad.

243. A las personas divorciadas que viven en nueva unión, es importante hacerles sentir que son parte de la Iglesia, que «no están excomulgadas» y no son tratadas como tales, porque siempre integran la comunión eclesial. Estas situaciones «exigen un atento discernimiento y un acompañamiento con gran respeto, evitando todo lenguaje y actitud que las haga sentir discriminadas, y promoviendo su participación en la vida de la comunidad. Para la comunidad cristiana, hacerse cargo de ellos no implica un debilitamiento de su fe y de su testimonio acerca de la indisolubilidad matrimonial, es más, en ese cuidado expresa precisamente su caridad».

Por otra parte, en la sesión de preguntas y respuestas, el Cardenal Schönborn, además de citar torticeramente a varios Papas postconciliares -los anteriores parecen no existir-, fundamentalmente a San Juan Pablo II y a S. S. Benedicto XVI, para justificar la comunión de los adúlteros -algo que ambos Papas jamás consideraron permisible-, ha repetido en varias ocasiones la idea, no católica, del "desarrollo orgánico de la doctrina", algo condenado explícita y solemnemente por el Concilio Vaticano I, que en la Constitución dogmática «Filius Dei» sobre la Fe Católica define lo siguiente:

"Así pues, la doctrina de la fe que Dios ha revelado es propuesta no como un descubrimiento filosófico que puede ser perfeccionado por la inteligencia humana, sino como un depósito divino confiado a la esposa de Cristo para ser fielmente protegido e infaliblemente promulgado. De ahí que también hay que mantener siempre el sentido de los dogmas sagrados que una vez declaró la Santa Madre Iglesia, y no se debe nunca abandonar bajo el pretexto o en nombre de un entendimiento más profundo. «Que el entendimiento, el conocimiento y la sabiduría crezcan con el correr de las épocas y los siglos, y que florezcan grandes y vigorosos, en cada uno y en todos, en cada individuo y en toda la Iglesia: pero esto sólo de manera apropiada, esto es, en la misma doctrina, el mismo sentido y el mismo entendimiento»".

En el Canon III del mencionado capítulo IV "Sobre la fe y la razón", se condena solemnemente: "Si alguno dijere que es posible que en algún momento, dado el avance del conocimiento, pueda asignarse a los dogmas propuestos por la Iglesia un sentido distinto de aquel que la misma Iglesia ha entendido y entiende: sea anatema".

Puede leerse el documento completo en español en el siguiente enlace de la página web oficial de la Santa Sede (el capítulo 8 no tiene desperdicio):


Como muchas de las ideas y puntos desarrollados en esta Exhortación Apostólica son una copia exacta -a veces con alguna pequeña modificación en el lenguaje empleado- de los de la "Relatio post disceptationem" del Sínodo extraordinario de la Familia de hace un año y medio -incluyendo las novedosas teorías sobre varios Sacramentos, la tergiversación de la ley de gradualidad expresada por San Juan Pablo II, o de lo dicho por Santo Tomás de Aquino, que contradicen todo el Magisterio de la Iglesia previo-, recomiendo leer el análisis, algo más extenso, que hice entonces de dicho documento. Puede leerse en el siguiente enlace:

jueves, 7 de abril de 2016

Fotografías de la ostensión extraordinaria de la Túnica Sagrada en la basílica de Saint-Denys de Argenteuil (Francia)

Desde el pasado viernes 25 de marzo y hasta el próximo domingo 10 de abril, se está llevando a cabo la ostensión excepcional de la Túnica Sagrada en la localidad de Argenteuil, en Val d'Oise (Francia), a la que pertenecen estas imágenes. La Túnica Sagrada es una de los cinco principales reliquias que Nuestro Señor nos dejó en la tierra, junto con la Santa Síndone de Turín (Italia), el Sudario de Oviedo (España), la Corona de espinas de Notre-Dame de París (Francia) y la Santa Túnica de Tréveris (Alemania). La ostensión tiene lugar en la basílica de Saint-Denys de Argenteuil, que custodia esta preciosa reliquia desde hace 1.200 años. El santuario permanecerá abierto todos los días de 10:00 a 22:00 horas, hasta las vísperas del domingo 10 de abril (a las 17:00 horas). Las imágenes, tomadas en días diferentes, dan cuenta de la gran afluencia de fieles, que en ocasiones tuvieron que hacer largas colas para acceder al templo bajo condiciones meteorológicas adversas, así como la participación en distintos actos litúrgicos de varios prelados franceses y extranjeros, como S. E. Mons. Dominique Rey, obispo de la diócesis de Fréjus-Toulon, que aparece en la última fotografía. Santa Túnica de Cristo - Argenteuil - Ostension 2016.

miércoles, 6 de abril de 2016

Reportaje y fotos de las XII Jornadas de Formación del Rito Romano antiguo para sacerdotes que se celebra en Bath, Inglaterra (Reino Unido)

Estas imágenes han sido tomadas durante las XII Jornadas de Formación para sacerdotes, diáconos y acólitos que la Sociedad de la Misa en Latin (Latin Mass Society) ha organizado una vez más -este año entre los días 4 y 7 de abril-, en el Prior Park College de Bath, Inglaterra (Reino Unido), dirigida a aquellos que quieren aprender el Rito Romano antiguo. Las clases son impartidas por sacerdotes y laicos experimentados en la Misa rezada, cantada y solemne, en función de las necesidades de cada alumno.

Durante las Vísperas oficiadas ayer -segunda foto- por el P. Matthew Goddard, Fssp, el coro dirigido por D. Thomas Neal interpretó el "Iste Confessor" de Scarlatti.

A lo largo de toda la duración de las Jornadas, la Santa Misa Tridentina es oficiada pública y diariamente en la capilla de Prior Park. Hasta hoy ya han sido oficiadas la de la fiesta de la Anunciación -a las 17:00 horas del lunes 4 de abril-, la de la fiesta de San Vicente Ferrer -a las 11:00 horas del martes 5 de abril-, y hoy, las 11:00 horas, tendrá lugar una solemne Misa de Réquiem. Mañana, jueves 7 de abril, a las 11:00 horas, será oficiada la solemne Santa Misa Tridentina votiva de Nuestro Señor Jesucristo, con la que concluirán las Jornadas. Sociedad de la Misa en Latín de Inglaterra y Gales.

martes, 5 de abril de 2016

Sacramento del Matrimonio recién contraído durante la solemne Santa Misa Tridentina Nupcial oficiada el Domingo de Quasimodo (Domenica in albis) en Norkwalk, Connecticut (EE.UU.)

Estas imágenes fueron tomadas anteayer, 3 de abril, Domenica in albis o Domingo de Quasimodo, durante la celebración del sacramento del Matrimonio contraído entre dos feligreses, en el Rito Romano antiguo, ante el P. Richard Cipolla, capellán de la Sociedad de San Hugo de Cluny, en la iglesia de Santa María de la localidad de Norwalk, en Connecticut (EE.UU.), tras el cual ofició la solemne Santa Misa Tridentina Nupcial. La música elegida para la ocasión fue de Mozart.

lunes, 4 de abril de 2016

Fiesta de la Anunciación a la Santísima Virgen María (trasladada)

En este día, el Verbo se hizo carne, y se unió para siempre a la humanidad de Jesús. El misterio de la Encarnación le merece a María su título más hermoso, el de "Madre de Dios" (Or.). El Hijo del Padre y el Hijo de la Virgen se convierten naturalmente en un solo y mismo Hijo, dice S. Anselmo, y siendo desde entonces María la reina del humano linaje, todos deben venerarla (Int.) Al 25 de marzo corresponderá nueve meses después el 25 de diciembre, día en que se ha de manifestar ante la faz del mundo el milagro que hoy tan sólo conocen el cielo y la humilde Virgen nazarena. El Credo nos recuerda en medio de la cuaresma que "por nosotros los hombres y por nuestra salvación bajó del cielo el Hijo de Dios, y se encarnó por obra y gracia del Espíritu Santo en el seno de la Virgen María; que se hizo hombre y padeció bajo Poncio Pilato, que fue sepultado y al tercer día resucitó". Ya que el titulo de Madre de Dios hace a María todopoderosa, pidámosle interceda ante Jesús (Or.), para que, por los méritos de su Pasión y de su Cruz, lleguemos a la gloria de su Resurrección (Poscom.).

ALLELVIA, ALLELVIA. V/. Luc. 1, 28.- AVE MARIA GRATIA PLENA DOMINVS TECVM BENEDICTA TV IN MVLIERIBVS ALLELVIA V/. VIRGA IESSE FLORVIT VIRGO DEVM ET HOMINEM GENVIT PACEM DEVS REDDIDIT IN SE RECONCILIANS IMA SVMMIS ALLELVIA

ALELUYA, ALELUYA. v/. Dios te salve, María; llena eres de gracia; el Señor es contigo; bendita eres entre todas las mujeres. ALELUYA. v/. La vara de Jesé ha florecido; la Virgen ha engendrado a un Dios hombre; Dios ha devuelto la paz, reconciliando en si lo bajo con lo más alto. Aleluya (Aleluya Lc 1, 28.- Nm 17,8) En Pascua se omite el Gradual y se dice el doble Aleluya.

domingo, 3 de abril de 2016

Su Santidad el Papa emérito Benedicto XVI ha sido fotografiado este fin de semana en los jardines vaticanos disipando los rumores sobre su mal estado de salud

Poco más de tres años después de que renunciara al Pontificado y a escasas dos semanas de su octogésimo noveno cumpleaños, que se celebrará el próximo sábado 16 de abril, S. S. Benedicto XVI fue fotografiado anteayer, viernes 1 de abril, junto a un religioso y dos sacerdotes diocesanos de Roma, durante un paseo por los jardines que rodean su residencia en el monasterio Mater Ecclesiae del Vaticano, tras charlar con él y recibir su bendición, disipando así los rumores sobre su posible mal estado de salud, a raíz de las declaraciones que hiciera una semana antes su secretario personal y Prefecto de la Casa Pontificia, S. E. Mons. Georg Ganswein, reconociendo que "se está apagando lenta y serenamente como una vela". Por su parte, el portavoz de la Santa Sede, el P. Federico Lombardi, S.I., ha afirmado que el Papa emérito "cada día está más frágil, tiene que usar bastón, es evidente que está débil", pero descartó que corra "riesgos especiales" o tenga "enfermedades particulares", asegurando que su salud "no suscita particular preocupación".

A mediados de febrero de este año, la salud del Papa emérito había sido objeto de algunas especulaciones después de que la Santa Sede hiciera público que ya tiene preparada una tumba en la cripta vaticana para enterrar en ella al próximo Papa que muera, ya sea S. S. Benedicto XVI o el Papa Francisco. Por otra parte, Mons. Ganswein ha calificado recientemente al Papa emérito como una persona "muy anciana, pero muy lúcida" y ha relatado cómo, en la última semana, S. S. Benedicto XVI se ha referido a la recientemente desaparecida Madre Angélica, fundadora del canal católico EWTN, a quien él mismo otorgó en octubre de 2009 la medalla Pro Ecclesia et Pontifice, el más alto honor que un Papa puede dar a un laico o religioso en la Iglesia, afirmando que el hecho de que haya fallecido el Domingo de Pascua "es un don". Foto: Agencia I.MEDIA (puede ampliarse pinchando en la imagen).

sábado, 2 de abril de 2016

Reportaje y fotos de la celebración de la Liturgia de Semana Santa en el Rito Romano antiguo en Sevilla (España) - 1ª Parte: Domingo de Ramos y Oficio de Tinieblas del Miércoles Santo

En torno a medio millar de personas, destacando la presencia de jóvenes y familias numerosas, han participado intensamente esta Semana Santa en Sevilla de los cultos gregorianos celebrados según el Rito Romano tradicional o Forma Extraordinaria conforme a lo establecido por el motu proprio "Summorum Pontificum" de S. S. Benedicto XVI, que por segundo año consecutivo ha promovido la Asociación Una Voce Sevilla en el Oratorio de la Escuela de Cristo, sito en el Barrio de Santa Cruz de la capital andaluza. Estos cultos contaron con la presencia del sacerdote español Mons. Alberto José González Chaves, de la diócesis de Córdoba, y de los jóvenes sacerdotes norteamericanos, estudiantes en el Colegio Pontificio Norteamericano de Roma, el P. Royce Gregerson, el P. Andrew Bulso, el P. Michael Hendershott y el P. Alex Kreidler, todos ellos de visita en la ciudad.

El 20 de marzo, solemnidad del Domingo de Ramos, comenzó con la Procesión de Ramos por la bella plazuela que da entrada al Oratorio y la Santa Misa Tridentina, cantada, oficiada por Mons. Alberto José González Chaves, en la que a los presentes emocionó, con sus voces jóvenes y fervor, la coral polifónica femenina ClassaViva de Alemania, que cantó el Ordinario de la Missa de Crassini, y la soprano francesa Dña. Aloyse Delvolve, que interpretó unos motetes eucarísticos durante la Comunión. Fue tanta la concurrencia de personas que, para administrar el Sacramento de la Penitencia a los asistentes, hubo de habilitarse un confesionario en una sala fuera del Oratorio. Sirvieron el altar los miembros de las Escuela de acólitos Servite Domino, mientras que el canto gregoriano corrió a cargo de la Schola Gregoriana Laudate Dominum y el organista Raymond Doidge, pertenecientes todos a la Asociación Una Voce Sevilla.

El 23 de marzo, Miércoles Santo, el Oficio de Tinieblas estuvo dirigido por el P. Royce Gregerson, consistente en el canto en gregoriano de los Maitines y Laudes del Jueves Santo, conforme el Breviarium Romanum de 1962, por los sacerdotes norteamericanos anteriormente citados y realizado con el tenebrario realizado ex profeso por Una Voce Sevilla. Destacar que, tras más de cuarenta años, se ha recuperado para la ciudad este oficio tan característico de la Semana Santa, de lo que dio fe el artículo publicado en la versión digital e impresa del diario El Mundo del Viernes Santo, por el periodista Javier Recio, en el que incluyó un interesante vídeo resumen de la ceremonia. Pueden verse más vídeos de estas ceremonias en el siguiente enlace: Una Voce Sevilla.

viernes, 1 de abril de 2016

Fotos de la Santa Misa en el Rito Ambrosiano antiguo oficiada en la solemnidad del Domingo de Pascua de Resurrección en Legnano (Italia)

Estas fotografías fueron tomadas el pasado 27 de marzo, solemnidad del Domingo de Pascua de Resurrección o Domingo de Gloria, durante la Santa Misa en el Rito Ambrosiano tradicional oficiada en la iglesia de la Natividad de la Bienaventurada Virgen María, también conocida como "la Madonnina", de la localidad de Legnano, en la provincia de Milán (Italia), con la participación de la Confraternidad del Santísimo Sacramento de Legnano. Collegium Liturgicum Sancti Ambrosii Episcopi (Coetus Fidelium di Legnano).