sábado, 30 de abril de 2016

El consejero de San Juan Pablo II y filósofo alemán Robert Spaemann asegura en una entrevista que "Amoris laetitia" rompe con el Magisterio de la Iglesia. Texto completo en español

Considerado el filósofo alemán católico más importante de las últimas décadas, Robert Spaemann fue consejero de San Juan Pablo II y es amigo del Papa emérito, S. S. Benedicto XVI. Anteayer, concedió una entrevista en exclusiva a la CNA alemana, en la que este profesor emérito de Filosofía comenta la reciente Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco, hecha pública el pasado viernes 8 de abril. Su conclusión: "Amoris laetitia" rompe con el Magisterio de la Iglesia precedente, y en especial con la Encíclica "Veritatis Splendor", de San Juan Pablo II. Aquí está la entrevista completa:

Profesor Spaemann, usted ha acompañado con su filosofía los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI. Muchos creyentes hoy en día discuten si la exhortación post-sinodal «Amoris Laetitia» de Francisco puede ser leída en continuidad con las enseñanzas de la Iglesia y de estos papas.

Para la mayor parte del texto es posible, a pesar de que su línea da lugar a conclusiones que pueden no ser compatibles con las enseñanzas de la Iglesia. En cualquier caso, el artículo 305, junto con la nota 351, que establece que los fieles «en una situación objetiva de pecado» pueden ser admitidos a los sacramentos «debido a circunstancias atenuantes» contradice directamente el artículo 84 de la «Familiaris Consortio» de Juan Pablo II.

¿Qué deseaba Juan Pablo II?

Juan Pablo II declara la sexualidad humana «símbolo real de la donación de toda la persona» y «sin ninguna limitación temporal ni de ningún tipo». El artículo 84 dice, entonces, con toda claridad que los divorciados vueltos a casar, si desean acceder a la comunión, deben renunciar a los actos sexuales. Un cambio en la práctica de la administración de los sacramentos por tanto no sería un «desarrollo» de la «Familiaris Consortio», como dijo el cardenal Kasper, sino una ruptura substancial con su enseñanza antropológica y teológica sobre el matrimonio y la sexualidad humana.

La Iglesia no tiene el poder, sin que haya una conversión previa, de juzgar positivamente unas relaciones sexuales desordenadas, mediante la administración de los sacramentos, disponiendo anticipadamente de la misericordia de Dios. Y esto sigue siendo cierto, sin importar cuál sea el juicio sobre estas situaciones, tanto en el plano moral como en el plano humano. En este caso, como en la ordenación de mujeres, la puerta está cerrada.

¿No se podría argumentar que las consideraciones antropológicas y teológicas que usted ha mencionado tal vez sean verdaderas, pero que la misericordia de Dios no está sujeta a estos límites, sino que se conecta a la situación concreta de cada persona?

La misericordia de Dios está en el corazón de la fe cristiana en la Encarnación y la Redención. Ciertamente, Dios mira a cada persona en su situación particular. Él conoce a cada una de las personas mejor que lo que ella se conoce a sí misma. La vida cristiana, sin embargo, no es un entrenamiento pedagógico en el que uno se mueve hacia el matrimonio como un ideal, como «Amoris Laetitia» parece sugerir en muchos pasajes. Todo el ámbito de las relaciones, especialmente las de naturaleza sexual, tiene que ver con la dignidad de la persona humana, con su personalidad y libertad. Tiene que ver con el cuerpo como «templo de Dios» (1 Cor 6,19). Cualquier violación de este ámbito, aunque se haya vuelto frecuente, es, pues, una violación de la relación con Dios, a quien los cristianos se saben llamados; es un pecado contra su santidad, y tiene siempre y continuamente necesidad de purificación y conversión.

La misericordia de Dios consiste precisamente en que esta conversión se hace posible continuamente y siempre de nuevo. La misericordia, desde luego, no está vinculada a determinados límites, pero la Iglesia, por su parte, está obligada a predicar la conversión y no tiene el poder de superar los límites existentes mediante la administración de los sacramentos, haciendo así violencia a la misericordia de Dios. Esto sería orgullosa arrogancia.

Por lo tanto, los clérigos que se atienen al orden existente no condenan a nadie, sino tienen en cuenta y anuncian este límite hacia la santidad de Dios. Es un anuncio saludable. Acusarlos injustamente, por esto, de «esconderse detrás de las enseñanzas de la Iglesia» y de «sentarse en la cátedra de Moisés... para lanzar piedras a la vida de las personas» (art. 305), es algo que no quiero ni comentar. Se debe notar, sólo de pasada, que aquí se utiliza, jugando con una deliberada interpretación errónea, ese pasaje del Evangelio. Jesús dice, de hecho, sí, que los fariseos y los escribas se sientan en la cátedra de Moisés, pero hace hincapié en que los discípulos deben practicar y observar todo lo que ellos dicen, pero no deben vivir como ellos (Mt 23: 2).

El Papa quiere que no nos centremos en las frases individuales de su exhortación, sino que se tenga en cuenta todo el trabajo en su conjunto.

Desde mi punto de vista, centrarse en los pasajes antes citados está totalmente justificado. Delante de un texto del Magisterio papal no se puede esperar que la gente se alegre por un hermoso texto y disimule como si nada ante frases cruciales, que cambian la enseñanza de la Iglesia. En este caso sólo hay una clara decisión entre el sí y el no. Dar o negar la comunión: no hay término medio.

Francisco en su escrito enfatiza repetidamente que nadie puede ser condenado para siempre.

Me resulta difícil entender lo que quiere decir. Que a la Iglesia no le es lícito condenar a nadie personalmente, y mucho menos eternamente - lo cual, gracias a Dios, ni siquiera puede hacer - es claro. Pero, cuando se trata de relaciones sexuales que contradicen objetivamente el orden cristiano de la vida, entonces realmente quisiera que el Papa me dijera después de cuánto tiempo y bajo qué circunstancias un comportamiento objetivamente pecaminoso se convierte en una conducta agradable a Dios.

Aquí, entonces, ¿se trata realmente de una ruptura con la enseñanza tradicional de la Iglesia?

Que se trata de una ruptura es algo evidente para cualquier persona capaz de pensar que lea los textos en cuestión.

¿Cómo se ha podido llegar a esta ruptura?

R. - Que Francisco se coloque en una distancia crítica respecto a su predecesor Juan Pablo II ya se había visto cuando lo canonizó junto con Juan XXIII, cuando se consideró innecesario para este último el segundo milagro que, en cambio, se requiere canónicamente. Muchos con razón han considerado esta opción como manipulación. Parecía que el Papa quisiera relativizar la importancia de Juan Pablo II.

El verdadero problema, sin embargo, es una influyente corriente de la teología moral, ya presente entre los jesuitas en el siglo XVII, que sostiene una mera ética situacional. Las citas de Tomás de Aquino referidas por el Papa en «Amoris Laetitia» parecen apoyar esta línea de pensamiento. Aquí, sin embargo, pasa por alto el hecho de que Tomás de Aquino conoce actos objetivamente pecaminosos, para los que no admite excepción vinculada a las situaciones. Entre éstas se incluyen comportamientos sexuales desordenados. Como había hecho ya en los años cincuenta el jesuita Karl Rahner en un ensayo que contiene todos los argumentos esenciales, válidos aún hoy, Juan Pablo II rechazó la ética de la situación y la condenó en su encíclica «Veritatis Splendor».

«Amoris Laetitia» también rompe con esta encíclica. En este sentido, pues, no hay que olvidar que fue Juan Pablo II quien dedicó su pontificado a la misericordia divina, le dedicó su segunda encíclica, descubrió en Cracovia el diario de Sor Faustina y, más tarde, la canonizó. Él es su intérprete auténtico.

¿Qué consecuencias ve usted para la Iglesia?

Las consecuencias ya se pueden ver ahora. La creciente incertidumbre y la confusión: desde las conferencias episcopales al último sacerdote en la selva. Hace sólo unos días un sacerdote del Congo me expresó toda su perplejidad frente a esto y frente a la falta de una orientación clara. De acuerdo con los pasajes correspondientes de «Amoris Laetitia», en presencia de «circunstancias atenuantes» no definidas, pueden ser admitidos a la confesión de los demás pecados y a la comunión no sólo los divorciados y vueltos a casar, sino todos los que viven en cualquier «situación irregular», sin que deban esforzarse por abandonar su conducta sexual y, por tanto, sin confesión plena y sin conversión.

Cada sacerdote que se atenga al ordenamiento sacramental previo podría sufrir formas de intimidación por parte de sus fieles y ser presionado por su obispo. Roma ahora puede imponer el requisito de que sólo sean nombrados obispos los «misericordiosos», que estén dispuestos a suavizar el orden existente. Con un trazo el caos ha sido erigido como principio. El Papa debería haber sabido que con esa medida divide la Iglesia y abre la puerta a un cisma. Este cisma no residiría en la periferia, sino en el corazón mismo de la Iglesia. Dios no lo quiera.

Una cosa, sin embargo, parece segura: lo que parecía ser la aspiración de este pontificado - que la Iglesia superara su autoreferencialidad para salir al encuentro de las personas con un corazón libre - con este documento papal se aniquiló por tiempo indefinido. Se puede esperar un impulso secularizador y un nuevo descenso en el número de sacerdotes en muchas partes del mundo. Se puede comprobar fácilmente, desde hace tiempo, que los obispos y diócesis con una actitud inequívoca en materia de fe y moral tienen el mayor número de vocaciones sacerdotales. Hay que tener en cuenta aquí lo que escribe San Pablo en su carta a los Corintios: «Si la trompeta da un sonido incierto, ¿quién se preparará para la batalla?» (1 Cor 14: 8).

¿Qué va a pasar ahora?

Cada cardenal, pero también cada obispo y sacerdote está llamado a defender en su propio campo el orden sacramental católico y profesarlo públicamente. Si el Papa no está dispuesto a hacer correcciones, le tocará al siguiente pontificado poner oficialmente las cosas en su sitio.

[Artículo original en alemán en la página CNA Deusche Ausgabe. Traducido al español por InfoCatólica].

jueves, 28 de abril de 2016

Entrevista íntegra a Mons. Athanasius Schneider en español: Sínodo de la familia, Concilio Vaticano II, crisis de la Iglesia, vídeos papales, kikos, judíos, islam, ecumenismo, crisis migratoria, ortodoxos, misericordia divina, Eucaristía, Liturgia tradicional, Comunión en la mano y Regnum Eucharisticum

En la misma línea que la entrevista concedida a Rorate Caeli por S. E. Mons. Athanasius Schneider, obispo titular de Celerina y auxiliar de Santa María de Astaná (Kazajistán), a finales del pasado mes de enero, de la que hice la traducción al español y reproduje en este blog (ver aquí), el mes pasado también concedió otra entrevista a D. Dániel Fülep (en la imagen, junto a Mons. Schneider), Director del Centro de Estudios Superiores John Henry Newman de Hungría (puede leerse en inglés en la página original), durante su primera visita al país. Allí, entre los días 4 y 6 de marzo impartió una serie de conferencias y ofició la solemne Santa Misa Tridentina Pontifical con gran afluencia de fieles. Al día siguiente, 7 de marzo, visitó el Parlamento húngaro y la catedral de San Esteban, donde oró por Hungría ante la reliquia de la mano del Santo rey. He traducido al español la entrevista íntegra -traducida a su vez del húngaro al inglés por D. Gábor Sallai-, que presento a continuación, ya que algunas páginas que la han publicado no lo han hecho en su totalidad, y algunas partes de dichas traducciones, además, no se entendían bien. Como aclaración, debe tenerse en cuenta, al leer ciertas afirmaciones de Mons. Schneider, que en el momento en que concedió esta extensa entrevista aún no había sido publicada la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia". Aquí está la entrevista completa -excluyendo las notas al pie-, en la que Mons. Schneider toca temas tan diversos como los pasados Sínodos de la familia (de 2014 y 2015), el Concilio Vaticano II, la crisis de la Iglesia, los vídeo-mensajes papales, el Camino Neocatecumenal (kikos), los judíos, el islam, el ecumenismo, la crisis migratoria, los ortodoxos, la misericordia divina, la Eucaristía, la Liturgia tradicional, la Comunión en la mano y el Regnum Eucharisticum:

Acerca de los Sínodos de la familia

Sr. Fülep: Después del Sínodo Extraordinario, muchas personas se han asustado o llenado de falsas esperanzas. Quienes esperaban un cambio en la doctrina moral de la Iglesia probablemente se vieron decepcionados por el contenido de la Relación final. Sin embargo, ¿no fue, de hecho, una prueba experimental para suavizar la doctrina de la Iglesia abriendo la puerta a graves abusos y otros intentos futuros similares? ¿Qué piensa de ésto VE conociendo el Informe Final del Sínodo Ordinario?

Mons. Schneider: Bueno, gracias a Dios, el informe final del Sínodo hizo declaraciones claras sobre el comportamiento homosexual, el cual es inaceptable a la luz de la moral cristiana, y también contiene buenas y claras afirmaciones contra la ideología de género. Gracias a Dios. Pero como dije en mi análisis del informe final, la sección del informe sobre las parejas que vuelven a casarse sigue siendo ambigua. Por eso, quienes promueven la comunión para la divorciados vueltos a casar rápidamente dijeron que el informe final representaba una puerta abierta, aunque no directamente, para el acceso a los sacramentos de los vueltos a casar. Los obispos, sin embargo, deben evitar tales declaraciones ambiguas en los documentos oficiales. Por supuesto, el informe final no es un texto del Magisterio, gracias a Dios, sino un simple informe. Por lo tanto, debemos esperar y tener esperanza que haya otro texto oficial del Magisterio que exponga claramente la doctrina católica.

Sr. Fülep: En una entrevista Su Excelencia dijo sobre el Sínodo extraordinario, que "lamentablemente la Relación final del Sínodo también contiene un párrafo con el voto sobre la cuestión de la Santa Comunión a los divorciados vueltos a casar. A pesar de que no alcanzó los necesarios dos tercios de los votos, es preocupante y sorprendente que la mayoría absoluta de los obispos presentes votaran a favor de [dar] la sagrada Comunión a los divorciados vueltos a casar, lo que se refleja negativamente la calidad espiritual del episcopado católico actual". ¿Qué piensa VE acerca de esta mala calidad espiritual del episcopado católico? ¿Cuáles son las razones profundas de ello?

Mons. Schneider: Durante muchos años hemos observado que muchas de las Conferencias Episcopales oficiales predominantemente se han ocupado de asuntos temporales y terrenales en lugar de [ocuparse] de los sobrenaturales y eternos aunque estos últimos deben ser considerados los más importantes en la vida de la Iglesia. Salvar almas y conducirlas al cielo: esta es la razón por la cual Cristo vino a salvarnos y fundó la Iglesia. Por eso la Iglesia tiene que conducir a la gente al cielo y proporcionarle verdades divinas, gracias sobrenaturales y la vida de Dios. Esta es la principal tarea de la Iglesia. Ocuparse de los asuntos temporales es cosa del gobierno. Por lo que aquí veo un traspaso de las obligaciones del gobierno, de la autoridad civil, a los obispos, sucesores de los Apóstoles. Por supuesto, sobre la base de su doctrina social, la Iglesia puede aconsejar al gobierno para que la vida social se adapte más a la ley natural. Pero esta no es la principal tarea de la Iglesia. Es una tarea secundaria. La crisis actual de la Iglesia es en gran parte debido a esto: la sustitución de la tarea principal por las secundarias.

Sr. Fülep: El Sínodo Ordinario emitió un informe final con algunas propuestas pastorales dirigido al discernimiento del Papa. VE escribió a este respecto que "durante el Sínodo ya aparecieron esos nuevos discípulos de Moisés y los nuevos fariseos que en los números 84-86 del Informe final abrían la admisión de los divorciados vueltos a casar a la sagrada Comunión por la puerta de atrás [...] Durante las dos últimas Asambleas del Sínodo (2014 y 2015) los nuevos discípulos de Moisés y los nuevos fariseos enmascararon su rechazo formal a la indisolubilidad del matrimonio y la abrogación del Sexto Mandamiento a través de un tratamiento caso por caso...". Aquí también, el método es el típico lenguaje ambiguo del modernismo. Encontramos términos ambivalentes o equívocos, por ejemplo: "vía de discernimiento", "acompañamiento", "forum internum", "orientaciones episcopales", "diálogo con el sacerdote", "una mayor integración en la vida de la Iglesia". Parece que en el Informe final (y sobre todo en los párrafos 85-86) la conciencia anula la ley divina. ¿No fue éste el mismo error de Lutero? Está relacionado con el principio protestante del juicio subjetivo sobre asuntos de fe y disciplina y la teoría errónea de la "optio fundamentalis" [opción fundamental], ¿verdad?

Mons. Schneider: A pesar de que estos párrafos establecen que el juicio individual de la conciencia de estas parejas se debe hacer de acuerdo con la doctrina de la Iglesia, sigue habiendo una falta de claridad. Los que promueven la comunión para los divorciados vueltos a casar, como por ejemplo el cardenal Kasper y su grupo, sostienen abiertamente que si bien la doctrina de la Iglesia permanece, sin duda existe la posibilidad de que los divorciados vueltos a casar puedan recibir la Comunión. Por lo que reconocieron la posibilidad de un contraste entre la doctrina y la práctica. Esta es también la posición típica del protestantismo. Se mantiene la teoría o la doctrina, las obras no son tan importantes y necesarias. Este es el peligroso principio de la salvación sólo por la fe. Y los mismos párrafos no dicen que la cohabitación fuera de un matrimonio válido es pecado. Esto es objetivamente una grave omisión. El informe final dice indirectamente que para los divorciados casados ​​de nuevo la culpabilidad de la cohabitación se podría reducir o incluso no imputarse debido a algunas circunstancias o las emociones que sufren. Sin embargo, la aplicación del principio implícito de la cohabitación fuera del matrimonio es completamente incorrecta. Quienes cohabitan tienen la intención de cometer pecado de forma continua, por lo que no es un acto inmoral espontáneo. Deben tener el propósito de evitar actos sexuales fuera del matrimonio. Y de la misma manera, esa imputabilidad del pecado de cohabitación también podría aplicarse a la cohabitación de los jóvenes sin casar. Admitiendo tal teoría, estos obispos anulan el Sexto Mandamiento de [la Ley de] Dios. Y si se acepta este principio, ninguno de los pecados contra el sexto mandamiento será ya considerado pecado. En cierto sentido esto es la abrogación del Sexto Mandamiento.

Sr. Fülep: Sobre el Informe final del Sínodo Ordinario VE dijo que "parece inaugurar una cacofonía doctrinal y disciplinar de la Iglesia Católica, lo que contradice la esencia misma de ser católico" ¿Podría explicarlo?

Mons. Schneider: Cacofonía es lo contrario a la sinfonía. Sinfonía significa que todas las voces se combinan para producir armonía, mostrando la misma. En la cacofonía, una de las voces parece incorrecta. Está en contra de la verdad de la melodía. Y así, cuando este Informe final no puede afirmar claramente la inmoralidad de la convivencia de las personas divorciadas, cuando no logra exponer claramente las condiciones establecidas por Dios para la digna recepción de la sagrada Comunión, otros usarán ese fracaso para proclamar una mentira, por lo que su voz estará en contra de la verdad, lo mismo que en la música una voz falsa está en contra de la verdad de la sinfonía.

Sobre el Concilio Vaticano II

Sr. Fülep: En una conferencia teológica en Roma en diciembre de 2010, usted planteó la necesidad de "un nuevo Syllabus" en el que la autoridad magisterial papal debería corregir las interpretaciones erróneas de los documentos del Concilio Vaticano II. ¿Qué piensa a día de hoy?

Mons. Schneider: Creo que en este momento de confusión es absolutamente necesario que exista ese Syllabus. Syllabus significa una lista, una enumeración de peligros, declaraciones confusas, malinterpretaciones, etc; una enumeración de los errores más extendidos y comunes en cada área, ya sea el dogma, la moral o la liturgia. Por otra parte, también se deben clarificar y evaluar positivamente los mismos puntos. Seguramente se hará, porque la Iglesia siempre ha hecho precisiones muy claras, sobre todo tras momentos de confusión.

Sr. Fülep: "Aggiornamento" fue el nombre que se dio al programa pontificio de Juan XXIII en un discurso del 25 de enero de 1959, y fue una de las palabras clave usadas durante el Concilio Vaticano II. ¿Cuál es la interpretación
correcta de esa expresión?

Mons. Schneider: Para el Papa Juan XXIII el "aggiornamento" no era cambiar la verdad, sino explicarla de una manera más profunda y pedagógica para que las personas puedan entenderla
mejor y aceptarla. El Papa recalcó que "aggiornamento" significa mantener la fe en toda su integridad. Fue sólo tras el Concilio cuando esa palabra fue tergiversada totalmente para cambiar la fe. Esa no era la intención de Juan XXIII.

Sr. Fülep: Otro término malinterpretado es el de "participatio actuosa". Incluso en sentido clerical significa que preferiblemente todo el mundo debería realizar una tarea durante la liturgia. Es como si este término hiciera referencia a trajín o activismo. Ni siquiera aparece la idea de actividad interna.

Mons. Schneider: La primera persona en emplear la expresión "participatio actuosa" fue el Papa Pío X en su famoso motu proprio "Tra le sollecitudini", sobre la Música Sacra. El Papa habla de "participatio actuosa" y explica que quiere decir que los fieles deben ser conscientes de las palabras y ritos sagrados durante la Santa Misa, participando conscientemente en vez de distraídamente. Su corazón y su boca tienen que concordar. Se puede encontrar prácticamente el mismo significado en el documento "Sacrosanctum Concilium" del Concilio Vaticano II, en el que no podemos encontrar ninguna reinterpretación importante del término. Y Sacrosanctum Concilium enseña que en la práctica participatio actuosa significa escuchar, responder, cantar, arrodillarse y hasta estar en silencio. Fue la primera vez que el Magisterio se refirió al silencio como una forma de participatio actuosa. Así que, debemos acabar con algunos mitos sobre la "participatio actuosa".

Sobre la crisis de la Iglesia

Sr. Fülep: Debemos darnos cuenta de que actualmente existe una profunda fractura dentro de la Iglesia. El panorama es muy complejo, pero simplificando podemos decir que hay una dolorosa confrontación entre el modernismo y la tradición. ¿Cómo podría Su Excelencia
explicar esta dicotomía en la vida de la Iglesia?

Mons. Schneider: Ya llevamos viviendo y experimentando esta dicotomía 50 años desde el Concilio. Por un lado, hay signos positivos en la Iglesia. Por otro lado,
algunos obispos y sacerdotes están difundiendo auténticos errores. Tal situación es contraria a la naturaleza de la Iglesia. Jesucristo mandó a los Apóstoles y sus sucesores conservar el depósito de la fe, o sea, la fe católica, intacta, y por eso los Apóstoles incluso murieron por ella. Quienes tienen autoridad en la Iglesia deben actuar contra tal situación y corregirla.

Sr. Fülep: Si analizamos la vida de la Iglesia, podemos darnos cuenta de que estamos viviendo una época extraordinaria [fuera de lo normal]. La apostasía es general quizás en todas partes y las herejías campan a sus anchas: modernismo, conciliarismo, arqueologismo, etc. Desgraciadamente, también vemos indicios de herejía entre los obispos. Los historiadores dicen que esta crisis nos retrotrae al tiempo del arrianismo. Si esta comparación es correcta, ¿en qué se parece la época del arrianismo y nuestros días?

Mons. Schneider: La crisis arriana del siglo IV causó una confusión general en toda la Iglesia. Por eso la herejía o las medias verdades y ambigüedades sobre la divinidad de Cristo se difundieron ampliamente en esa época. Sólo quedaron muy pocos obispos que se opusieran abiertamente a esa herejía y la ambigüedad que representaban los llamados semi-arrianos. En aquellos días sólo el clero políticamente correcto era promovido a altos cargos eclesiásticos como el de los obispos, porque el gobierno de aquellos tiempos sostenía y promovía la herejía. En cierta manera es similar a nuestra época. En nuestros tiempos no sólo se niega un dogma de fe, sino que hay una confusión general en casi todos los ámbitos de la doctrina católica, la moral y la liturgia. También en nuestros días, la mayor parte de los obispos están bastante callados o tienen miedo de defender de la fe católica. Por lo tanto, mi respuesta es 'sí', hay similitudes.

Sr. Fülep: Algunos sugieren que sería importante que un nuevo dogma definiera el término "tradición" y delimitara claramente los vínculos entre la tradición y el papado, los concilios, el magisterio, etc. Este nuevo dogma podría defender la tradición contra, por ejemplo, el conciliarismo o una interpretación incorrecta del primado papal. ¿Qué opina sobre ésto?

Mons. Schneider: Tenemos un documento del Concilio Vaticano II sobre la Divina Revelación, Dei Verbum, en el que hay muy bellas declaraciones. Afirma que el Magisterio, el Papa, no está por encima de la Palabra de Dios o la Tradición, sino que, como un servidor de la Palabra de Dios, escrita y transmitida
oralmente (= tradición), está por debajo de Ella. También debe resaltarse que el Papa, el papado, no es el dueño de la tradición o de la liturgia, sino que debe preservarlas como un buen jardinero. El Papa debe preservar y defender la tradición como un servidor fiel. Creo que sería bueno profundizar en la reflexión sobre la relación entre el Magisterio y la Tradición.

Sr. Fülep: Hoy en día, los fieles católicos deben de sentir la debilidad y las disfunciones del Magisterio:
me atrevo a decir, sin exagerar, que en los medios de comunicación católicos oficiales se pueden oír, leer o ver errores mayúsculos, ambigüedades y, lo que es peor, herejías, por parte de sacerdotes de alto rango, y es triste reconocerlo, también de obispos y altos dignatarios eclesiásticos, casi diariamente. Una parte significativa de las declaraciones oficiales –también de las más altas [instancias]– es confusa, contradictoria, engañando a muchos fieles. ¿Qué deberían hacer los fieles católicos en estos tiempos difíciles? ¿Cómo podemos permanecer fieles a la Fe en esta situación? ¿Cuál es nuestro deber?

Mons. Schneider: En la historia de la Iglesia siempre ha habido momentos de profunda crisis de fe y moral. La crisis más grave y peligrosa fue, indudablemente, la crisis arriana del siglo IV. Fue un ataque a muerte contra el misterio de la Santísima Trinidad. En aquellos tiempos fueron prácticamente los simples fieles quienes salvaron la Fe católica. Analizando esa crisis, el Beato John Henry Newman dijo que fue la "Ecclesia docta" (es decir, los fieles que reciben la instrucción del clero) en lugar de la "Ecclesia docens" (o sea, los depositarios del Magisterio eclesiástico) quienes salvaron la integridad de la Fe católica en el siglo IV. En momentos de crisis profunda, a la Divina Providencia le gusta valerse de los sencillos y humildes para demostrar la
indestructibilidad de Su Iglesia. La siguiente afirmación de San Pablo también puede aplicarse a la situación interna de la Iglesia: "Dios ha escogido lo insensato del mundo para confundir a los sabios; y lo débil del mundo ha elegido Dios para confundir a los fuertes" (I Cor 1, 27). Cuando los simples fieles observan que los representantes del clero, y hasta del alto clero, ignoran la fe católica y proclaman errores, deben rezar por su conversión y reparar las faltas del clero a través de un valiente testimonio de la fe. A veces, los fieles también deben aconsejar y corregir al clero, pero siempre con respeto, es decir, siguiendo el principio de "sentire cum Ecclesia", como lo hicieron, por ejemplo, Santa Catalina de Siena y Santa Brígida de Suecia. En la Iglesia todos formamos un cuerpo, el Cuerpo Místico de Cristo. Cuando la cabeza (el clero) es débil, los otros miembros deben tratar de fortalecer todo el cuerpo. Básicamente, la Iglesia está guiada por la Cabeza invisible, que es Cristo, y está animada por su alma invisible, que es el Espíritu Santo. Por eso la Iglesia es indestructible.

Video mensaje confuso y ambiguo

Sr. Fülep: El papa Francisco reveló sus intenciones de oración por el diálogo interreligioso para
enero en un mensaje de vídeo. El Santo Padre declara que ruega [para] "que el diálogo sincero entre hombres y mujeres de diferentes religiones dé frutos de paz y justicia". En el vídeo vemos al Papa argentino con fieles de otras religiones, incluyendo judíos, musulmanes y budistas, cada cual profesando su fe y juntos declarando creer en el amor. El Papa llama al diálogo interreligioso, señalando que "la mayoría de los habitantes del planeta se declaran creyentes", por lo que "Esto debe conducir al diálogo entre las religiones. "Sólo a través del diálogo", subraya, "podremos acabar con la intolerancia y la discriminación". Indicando que el diálogo interreligioso es "una condición necesaria para la paz mundial", dice el Papa, "no debemos dejar de rezar por él o de colaborar con quienes piensan diferente". También expresa su esperanza de que su petición de oración se extienda a toda la gente. "En esta gran variedad de religiones", concluye el papa Francisco, "sólo hay una certeza para todos: todos somos hijos de Dios", y dice que confía en nuestras oraciones. En la última imagen podemos ver al niño Jesús entre Buda, la Menorá y un tasbih o masbaha [una especie de rosario] musulmán. Si creemos que Jesucristo es el Hijo único de Dios, y [en] la Iglesia Católica, y [que] la aceptación de la Fe y el Bautismo son necesarios para la salvación, y sabemos que la filiación divina es fruto de la justificación, ver este vídeo nos da vergüenza...

Mons. Schneider: Por supuesto. Por desgracia, estas declaraciones del Papa son sumamente confusas y ambiguas. Hay confusión porque equipara el nivel natural, según el cual todas las personas son criaturas de Dios, con el nivel sobrenatural, según el cual sólo aquellos que creen en Cristo y reciben el Bautismo son hijos de Dios. Sólo quienes creen en Cristo
son hijos de Dios, porque no han nacido de la carne o la sangre, que es el nivel natural, sino que nacen de Dios a través de la fe en Cristo y el Bautismo. Esto lo declara Dios mismo en el Evangelio de Juan. La afirmación del Papa mencionada más arriba contradice, en cierto sentido, la propia Palabra de Dios. Y, como escribió San Pablo, es solamente en Cristo y por el Espíritu Santo que se derrama en nuestro corazón que podemos decir "Abba, Padre". A partir de la Palabra de Dios, está absolutamente claro. Por supuesto, Cristo ha derramado su sangre para redimir a todo el mundo, a todos los seres humanos. Esta es la redención objetiva. Y por eso todos los seres humanos pueden convertirse en hijos de Dios al aceptar subjetivamente a Cristo por la Fe y el Bautismo. Por lo que debemos dejar absolutamente claras estas diferencias.

El Camino Neocatecumenal es una comunidad judeo-protestante

Sr. Fülep: Al mismo tiempo que se persigue a la tradición, hay algunos nuevos movimientos modernos que son muy apoyados. Uno de ellos es la comunidad de Kiko. ¿Qué opina sobre el Camino Neocatecumenal?

Mons. Schneider: Es un fenómeno muy complejo y triste. Siendo franco: es un caballo de Troya en la Iglesia. Les conozco muy bien porque fui su delegado episcopal durante varios años en Karaganda (
Kazajistán). Y participé en sus Misas y reuniones y leí los escritos de Kiko, su fundador, así que les conozco bien. Si hablo abiertamente sin ser diplomático, debo afimar: El Camino Neocatecumenal es una comunidad judeo-protestante dentro de la Iglesia, sólo católica en apariencia. El aspecto más peligroso es el concerniente a la Eucaristía, porque la Eucaristía es el corazón de la Iglesia. Cuando el corazón está en mal estado, todo el cuerpo está en mal estado. Para el Neocatecumenado, la Eucaristía es antes que nada un banquete fraterno. Esto es protestante, una actitud típicamente luterana. Ellos rechazan la idea y la enseñanza de la Eucaristía como un verdadero sacrificio. Incluso sostienen que la enseñanza y creencia tradicional de la Eucaristía como sacrificio no es cristiana sino pagana. Eso es completamente absurdo; es típicamente luterano, protestante. Durante sus liturgias eucarísticas tratan al Santísimo Sacramento de una forma tan banal, que a veces llega a ser horrible. Permanecen sentados mientras reciben la sagrada Comunión, y así pierden partículas porque no tienen cuidado con ellas, y después de la Comunión bailan en vez de rezar y adorar a Jesús en silencio. Eso es realmente mundano y pagano, naturalista.

Sr. Fülep: El problema podría ser no sólo práctico [en la praxis, en la práctica]...

Mons. Schneider: El segundo peligro es su ideología. La idea principal del Neocatecumenado según su fundador, Kiko Argüello, es la siguiente: la Iglesia tuvo una vida ideal [perfecta] sólo hasta Constantino, en el siglo IV; sólo ésa fue realmente la auténtica Iglesia. Y con Constantino la Iglesia empezó a deteriorarse: degeneración doctrinal, litúrgica y moral. Y la Iglesia tocó fondo en esta degeneración de la doctrina y la liturgia con los decretos del Concilio de Trento. Sin embargo, opuesta a su opinión, la verdad es todo lo contrario: ese fue uno de los momentos culminantes de la historia de la Iglesia por la claridad de la doctrina y de la disciplina. Según Kiko, la Edad oscura de la Iglesia duró desde el siglo IV hasta el Concilio Vaticano II. Sólo con el Concilio Vaticano II la luz regresó a la Iglesia. Eso es una herejía, porque
equivale a decir que el Espíritu Santo abandonó la Iglesia. Y es muy sectario y muy en línea con Martín Lutero, que dijo que hasta [llegar] él, la Iglesia había estado en tinieblas y que sólo gracias a él llegó la luz a la Iglesia. La posición de Kiko es fundamentalmente la misma, sólo que Kiko postula el oscurantismo de la Iglesia desde Constantino hasta el Vaticano II. Así que, malinterpretan el Concilio Vaticano II. Dicen ser apóstoles del Vaticano II. Así justifican todas sus prácticas y enseñanzas heréticas con el Vaticano II. Eso es un abuso grave.

Sr. Fülep: ¿Cómo puede esta comunidad
ser admitida oficialmente en la Iglesia?

Mons. Schneider: Esa es otra tragedia. Establecieron un poderoso lobby en el Vaticano hace al menos treinta años. Y hay otro engaño: en muchos eventos presentan
a los obispos muchos frutos de conversión y muchas vocaciones. Un montón de obispos están deslumbrados por sus frutos, y no ven los errores, ni los examinan. Tienen familias numerosas, muchos hijos, y altos valores morales familiares. Por supuesto, eso es un buen resultado. Sin embargo, también hay una especie de conducta exagerada para presionar a las familias a tener el mayor número posible de hijos. Eso no es sano. Y dicen: estamos aceptando la Humanae Vitae, y eso, por supuesto, es bueno. Pero al final eso es una quimera, porque hoy también hay una barbaridad de grupos protestantes en el mundo con valores morales elevados, que también tienen un gran número de hijos, y que también van y protestan contra la ideología de género y la homosexualidad, y que también aceptan Humanae Vitae. Pero, para mí, ¡ese no es un criterio determinante de la verdad! También hay muchas comunidades protestantes que convierten a numerosos pecadores, gente que tenía adicciones como el alcoholismo y las drogas. Por ello, el fruto de conversiones no es un criterio decisivo para mí, por lo que no invitaré a mi diócesis a ese grupo protestante bueno, que convierte a los pecadores y tiene muchos hijos, para que se dediquen a hacer apostolado. Ese es un delirio de muchos obispos que están deslumbrados por los supuestos frutos.

Sr. Fülep: ¿Cuál es la piedra angular de la doctrina?

Mons. Schneider: La doctrina de la Eucaristía. Eso es el corazón.
Es un error mirar primero los frutos e ignorar o descuidar la doctrina y la liturgia. Estoy seguro de que llegará el momento en que la Iglesia examinará objetivamente esta organización en profundidad sin la presión de los lobbies del Camino Neocatecumenal, y sus errores doctrinales y litúrgicos realmente saldrán a la superficie.

Cristo es el único Redentor

Sr. Fülep: Hace cincuenta años fue promulgada la declaración
del Concilio Vaticano II Nostra aetate. Su cuarto artículo presenta la relación entre la Iglesia católica y el pueblo judío en un nuevo marco teológico. Este escrito es uno de los más problemáticos y controvertidos documentos conciliares; entre otras cosas, por sus afirmaciones sobre los judíos. Y ahora, por este semi-centenario [cincuentenario] el cardenal Kurt Koch ha escrito, en nombre de la Santa Sede, un nuevo documento en el que podemos leer que "la Iglesia católica no desarrolla ni sostiene ninguna misión institucional especifica dirigida a los judíos". ¿Ya no es válido el mandato misionero de Jesús?

Mons. Schneider: Es imposible, porque sería absolutamente contrario a la palabra de Cristo. Jesucristo dijo: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15, 24) y su misión continúa, Él no la ha abolido. Dijo: "id a todas las naciones y hacedles mis discípulos" no dijo "id a todas las naciones, con la excepción de los judíos". La declaración anterior implica éso. Es absurdo. Va contra la voluntad de Dios y contra la
toda la bimilenaria historia de la vida de la Iglesia. La Iglesia siempre ha predicado a todo el mundo, sin importarle su procedencia o religión. Cristo es el único Redentor. Hoy los judíos rechazan la alianza de Dios. Sólo hay una alianza de Dios: la antigua alianza sólo fue preparatoria y consiguió su propósito en la Alianza Nueva y Eterna. Esa también es enseñanza del Concilio Vaticano II: "La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico [...] Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo" (Dei Verbum, 15-16). Los judíos rechazaron esta Alianza divina, porque Jesús les dijo: "Quien me odia a Mí odia también a mi Padre" (Jn 15, 23). Estas palabras de Jesús aún son válidas para los judíos actuales: "El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán" (Mc 13, 31). Y Jesús dijo que quien no le acepte no puede ir al Padre. Cuando los judíos actuales rechazan a Cristo, también rechazan al Padre y su Alianza. Porque finalmente sólo hay una Alianza, no dos: la Vieja fue sustituida por la Nueva Alianza. Porque hay un solo Dios, no dos dioses: un dios del Antiguo Testamento, y un dios del Nuevo Testamento. Eso es herejía gnóstica. Esa es la doctrina de los fariseos y del Talmud. Actualmente los judíos son los discípulos talmudistas de los fariseos, que rechazaron la alianza de Dios en Su alianza nueva y eterna. Sin embargo, los judíos justos del Antiguo Testamento –los Profetas, Abraham y Moisés– aceptaron a Cristo. Lo dijo Jesús, así que también lo tenemos que puntualizar.

Sr. Fülep: Mientras que un estrechamente relacionado con Nostra aetate Juan Pablo II llamó a los judíos "hermanos mayores", el Papa Benedicto XVI usó la fórmula "padres en la fe". Pero los judíos del Antiguo Testamento y del judaísmo talmúdico son dos cosas bien diferentes, ¿no?

Mons. Schneider: Sí, por supuesto. Desafortunadamente, esas expresiones de esos dos Papas son, hasta cierto punto, ambiguas. No son claras. Por lo que si esas palabras quieren dar a entender que los judíos son nuestros hermanos mayores, hay que puntualizar que sólo los judíos del Antiguo Testamento –los profetas, Abraham y todos los santos del Antiguo Testamento– son nuestros hermanos mayores. Eso es correcto porque ya aceptaron a Cristo, no explícitamente sino a nivel de prefiguras y símbolos, y Abraham incluso
explícitamente, como dijo el mismo Cristo: "Abrahán, vuestro padre, exultó por ver mi día; y lo vio y se llenó de gozo" (Jn 8, 56). Pero, ¿cómo podemos decirlo de los actuales judíos del Talmud que rechazan a Cristo y no tienen fe en Cristo y la Santísima Trinidad? ¿Cómo pueden ser nuestros hermanos mayores si no tienen fe en Cristo? ¿Qué se supone que me enseñan? Yo tengo fe en Cristo y la Santísima Trinidad. Pero ellos rechazan la Santísima Trinidad, así que no tienen fe. Por lo tanto, nunca pueden ser mis hermanos mayores en la fe.

Diálogo con el Islam

Sr. Fülep: El islam es la religión más practicada en Kazajistán. Tradicionalmente, los kazajos [los de étnia kazaja] son musulmanes suníes. ¿Qué experiencia tiene en el diálogo con ellos? Se dice que el islam es similar al cristianismo o al judaísmo porque creen en un solo Dios, por lo que se supone que el monoteísmo es la base de la conversación. Pero, ¿realmente es así? ¿Se puede entablar un  diálogo teológico
profundo con ellos? ¿Alá es lo mismo que la Santísima Trinidad? ¿Hay alguna base de diálogo teológico si el Islam detesta la fe en la Encarnación?

Mons. Schneider: También hay cierta confusión cuando se dice que los judíos, los musulmanes y los cristianos siguen religiones monoteístas. Eso es bastante confuso. ¿Por qué? Porque nosotros los cristianos
no sólo creemos en un único Dios, sino también en el Dios Uno y Trino, en Dios, la Santísima Trinidad. No creemos en un solo Dios como puede [hacerlo] toda persona humana a la luz de la razón natural. Los judíos y los musulmanes creen en un solo Dios que es sólo una persona. Eso es una herejía, no es verdad. Dios no es una sola persona, Dios es tres personas. Es más, ellos [judíos y musulmanes] no tienen fe, porque sólo creen que Dios es uno, lo cual no requiere fe, [sino] sólo la razón natural. Es dogma de fe que por la luz natural de la razón natural todas las personas pueden reconocer que Dios es uno. Nosotros tenemos fe sobrenatural, y eso es una diferencia sustancial.

Objetivamente, Dios, que es conocido a través de la razón, es, por supuesto, la Santísima Trinidad. Pero los judíos y los musulmanes no aceptan la Santísima Trinidad. Así que, no podemos rezar juntos porque su oración manifiesta su convicción de que sólo hay un Dios, una sola persona. Pero nosotros, los cristianos, además adoramos a Dios en tres personas. Siempre. Así que, no podemos celebrar el mismo culto. No sería verdadero. Sería una contradicción y una mentira.

Sr. Fülep: ¿Significa eso que las dos Jornadas Mundiales de Oración por la Paz mantenidas en Asís representan una contradicción escandalosa?

Mons. Schneider: Por desgracia, las Jornadas Mundiales de Oración celebradas en Asís contenían y pusieron de manifiesto una confusión en cuanto a la diferencia sustancial entre la oración de los cristianos, que siempre se dirige a la Santísima Trinidad, y la oración de la gente que reconoce a Dios como Creador y una sola persona a la luz de la razón natural y le adoran de acuerdo a la razón natural. El aspecto más grave en los encuentros de oración interreligiosos de Asís fue, sin embargo, el hecho de que también participaran representantes de religiones politeístas, que llevaron a cabo su culto dirigido a ídolos, por lo que se practicó auténtica idolatría, que es el mayor pecado de acuerdo con la Sagrada Escritura.

"La emigración está planificada y programada
artificialmente"

Sr. Fülep: ¿Cuál es su punto de vista sobre la crisis migratoria en Europa? ¿Cuál es la postura de un buen católico al respecto?

Mons. Schneider: En mayor o menor medida eso es un asunto político. El primer cometido de los obispos no es hacer declaraciones políticas. Pero como persona privada, no como obispo, yo diría que la llamada "emigración"
está planificada y programada artificialmente, incluso se puede hablar de cierta invasión. Algunas potencias políticas mundiales la prepararon hace años, creando confusión y guerras en Oriente Medio "ayudando" a esos terroristas o no oponiéndose a ellos oficialmente, por lo que –en cierto modo– han contribuido a esta crisis. El traslado al corazón de Europa de tal masa de gente, predominantemente musulmana y perteneciente a una cultura muy diferente, es problemático. Por consiguiente, hay un conflicto programado en Europa y la vida civil y política está desestabilizada. Eso debe de ser evidente para todo el mundo.

La Iglesia y Rusia

Sr. Fülep: Me gustaría preguntarle sobre los rusos ortodoxos y de Rusia. Usted conoce muy bien la iglesia ortodoxa rusa, su vida y su mentalidad. El año que viene será el 100º aniversario de Fátima. Sin duda, Rusia no fue francamente consagrada al Inmaculado Corazón de María y se sabe que no se ha convertido a Dios.

Mons. Schneider: Bueno, conocemos el texto que publicó Juan Pablo II. Así que, de alguna manera fue una consagración de Rusia, aunque realmente no fuera explícita. En el texto él hablaba de países y naciones que necesitaban esta consagración, y que María quería que se consagraran a Ella. Hubo una alusión a Fátima, por supuesto. Por tanto, yo diría que fue una consagración indirecta de Rusia. Pero creo que también debería hacerse de manera explícita, mencionando específicamente a Rusia. Así que, confío en que se haga en el futuro.

Sr. Fülep: La Tradición católica y la sagrada Liturgia católica en su Usus Antiquior podrían ayudar al auténtico ecumenismo con los  ortodoxos.
Pero, por desgracia, están consternados a la vista del moderno Rito Latino. Dicen que somos como los protestantes. Esto es trágico si pensamos en la Tradición Apostólica común, que puede encontrarse en la raíz de las Liturgias latina y griega. ¿Promueve eso el diálogo eficaz con las iglesias orientales sin tradición católica?

Mons. Schneider: Por supuesto, eso es cierto. Suelo estar en contacto con el clero ortodoxo y me lo dicen. Esa forma de celebración de cara al pueblo, empleando mujeres como lectoras, por ejemplo, es más similar al culto protestante. El sacerdote y los fieles forman un círculo cerrado, la celebración es como una reunión y una conferencia, y también los aspectos informales durante la Misa contradicen la tradición católica y apostólica que tenemos en común con la iglesia ortodoxa. Así que, es cierto y estoy convencido de que cuando volvamos a la liturgia tradicional o al menos celebremos [con] el nuevo Ordinario de la Misa de una manera tradicional, también nos aproximaremos más a nuestros hermanos ortodoxos, al menos en el plano litúrgico. En 2001, Juan Pablo II escribió una carta a la Congregación para el Culto Divino, en la que incluyó una frase muy interesante. Habló de la Liturgia romana tradicional, que es muy venerable y guarda similitudes con las venerables liturgias orientales.

Sr. Fülep: El Papa Francisco y el patriarca ortodoxo ruso Kirill de Moscú y de toda Rusia se reunieron en La Habana, Cuba, el 12 de febrero de 2012, para firmar una histórica declaración conjunta. Este documento incluye 30 puntos, de los que sólo 3 se refieren a cuestiones teológicas, el resto a la paz mundial, aspectos sociales, la protección de la vida, el matrimonio, la protección del medio ambiente y la libertad religiosa. ¿Qué significancia tiene dicho encuentro?

Mons. Schneider: El simple hecho de que un Romano Pontífice y un patriarca ruso se reunan por primera vez en la Historia tiene una significancia especial. En el plano humano y psicológico tal encuentro elimina siglos de desconfianza y enemistad mutuas. Así que, en este sentido, fue una reunión importante. Las cuestiones teológicas, sin embargo, estuvieron casi ausentes. Las circunstancias de la reunión también tuvieron una clara dimensión política. Esperemos que la Divina Providencia se valga de este encuentro para una futura unidad completa en la Fe católica.

Tenemos que arrepentirnos de nuestros pecados

Sr. Fülep: El papa Francisco dio inicio al Iubilaeum Extraordinarium Misericordiae [Jubileo Extraordinario de la Misericordia], que es un período de oración que abarca desde el día de la Inmaculada Concepción (8 de diciembre) de 2015, hasta la Fiesta de Cristo Rey (20 de noviembre) de 2016. Pueden escucharse un montón de enseñanzas y meditaciones sobre la misericordia. ¿Cómo interpreta usted la misericordia de Dios?

Mons. Schneider: La misericordia de Dios es su amor por nosotros. Y la misericordia de Dios nos fue revelada cuando vino a nosotros y se hizo uno de nosotros. [Dios] decidió hacerse hombre y redimirnos en la Cruz precisamente por su inefable misericordia. La misericordia de Dios radica en el hecho de que siempre está presto a perdonarnos cuando nos arrepentimos de nuestros pecados sinceramente. Al ser preguntado por Pedro: "Cuando mi hermano peque contra mí, ¿debo perdonarle siete veces?", y el propio Jesús le dijo: "no siete veces, sino hasta setenta veces siete", o sea, todas las veces que tu hermano te pida perdón sinceramente. Siempre que pedimos a Dios que perdone nuestros pecados, sin importar lo enormes y horribles que sean, Él nos perdonará, siempre y cuando nos arrepintamos de ellos sinceramente, esto es, cuando estamos dispuestos a evitarlos en el futuro. Pero, por desgracia, el grupo del cardenal Kasper y los clérigos que apoyan su teoría, malinterpretan y abusan del concepto de misericordia, sugiriendo la posibilidad de que Dios nos perdona incluso si no tenemos el firme propósito de arrepentirnos y evitar el pecado en el futuro. En el fondo, eso supone la completa destrucción de la concepción auténtica de misericordia divina. Tal teoría afirma: puedes seguir pecando, Dios es misericordioso. Eso es mentira y, en cierto modo, también un crimen espiritual, porque se está alentando a los pecadores a seguir pecando, y, en consecuencia, a que se pierdan y sean condenen por toda la eternidad.

Sr. Fülep: ¿Cuál es el vínculo entre la misericordia de Dios y la Sagrada Eucaristía? ¿Es el Santísimo Sacramento el principal signo de la misericordia de Dios, ya que Él se entregó vere, realiter et substantialiter [verdadera, real y substancialmente]?

Mons. Schneider: Naturalmente que sí. Lo es porque la Eucaristía es el sacramento de la Cruz de Cristo, el sacramento de su Sacrificio, que se actualiza en cada santa misa. El acto de nuestra redención, que es el mayor acto de misericordia de Dios, se hace presente. Por eso la Eucaristía es una demostración y proclamación de la misericordia viva de Dios por nosotros. Pero la Eucaristía no sólo comprende el Sacrificio de Cristo, sino también a la persona del mismo Cristo. Su Cuerpo y Alma están realmente presentes y esa es la más sagrada y santa verdad que tenemos aquí en la tierra. Sólo podemos acercamos al Santísimo como pecadores públicos quienes digan: "¡Oh, Señor mío, no soy digno, pero sáname, purifícame!". Por eso la Eucaristía es también manifestación de la misericordia de Dios, quien exige que previamente estemos purificados y limpios de nuestros pecados. El principal y propio sacramento de la misericordia es, sin embargo, el sacramento de la Penitencia. La Eucaristía es la manifestación de la misericordia de Dios, lo que exige necesariamente el sacramento específico de la misericordia, que es el sacramento de la Penitencia, para que el alma sea purificada. La puerta de la misericordia es el sacramento de la Penitencia: esa es la puerta abierta del Corazón de Jesús, cuando durante la absolución sacramental la Sangre, que purifica al pecador, brota del Corazón de Jesús. La Santa Misa constituye en sí misma el principio [origen] de todos los demás sacramentos y esta fuente es el Sacrificio de la Cruz.

El Espíritu Santo es más fuerte

Sr. Fülep: El motu propio Summorum Pontificum cumplirá diez años el año que viene. ¿Ha seguido Su excelencia cómo esta disposición papal es observada [cómo se cumple] en todo el mundo? ¿Cómo valora la situación?

Mons. Schneider: Evidentemente, como resultado del motu proprio, la liturgia tradicional comenzó a difundirse lenta pero poderosamente. Un movimiento así ya no puede pararse. Ya es muy potente, sobre todo entre las jóvenes generaciones: jóvenes, seminaristas, familias jóvenes. Ellos quieren experimentar la belleza de la Fe católica a través de esta liturgia, y eso es para mí un signo real de la obra del Espíritu Santo, porque se está extendiendo de forma muy natural y lentamente, sin la ayuda de las instituciones oficiales de la Iglesia, sin necesidad de nomenclatura. Frecuentemente, este movimiento debe enfrentarse incluso a la oposición de los representantes oficiales de la Iglesia. A pesar de las trabas por parte de la burocracia eclesial, está aumentando y difundiéndose, y eso para mí es obra del Espíritu Santo. Y el Espíritu Santo es más fuerte que algunos obispos y cardenales, y que algunas estructuras eclesiásticas muy arraigadas.

"Lex credendi-lex orandi-lex vivendi"

Sr. Fülep: Hay muchos tradicionalistas que sólo se fijan en la belleza de la liturgia, pero que no se preocupan de la doctrina. El formalismo, el ritualismo y el perfeccionismo son muy peligrosos ya que estos errores separan [hacen una separación] entre la verdad doctrinal, la vida y la liturgia. ¿Cómo podemos evitar estos problemas?

Mons. Schneider: Hay un principio católico básico que dice: "Lex credendi est lex orandi". Quiere decir que la ley de la fe, la verdad católica, debe expresarse en la ley de la oración, en el culto público de la Iglesia. Los libros litúrgicos y los ritos tienen que reflejar la integridad y belleza de la Fe católica y de las verdades divinas. Al amar la belleza de la liturgia, su forma tradicional, debemos ser impelidos en nuestra alma y en nuestra mente a amar más la verdad católica y a vivirlos en nuestra vida cristiana diaria. Un verdadero católico debe amar primero la integridad de la fe, y de ese amor llega la integridad de la liturgia, y de ese amor llega la integridad de la moral. Así que podríamos ampliar el axioma tradicional diciendo: "Lex credendi-lex orandi-lex vivendi". La defensa y preocupación por la integridad de la Fe católica siempre debe hacerse, sin embargo, según el principio de "sentire cum Ecclesia", es decir, con respeto y amor.

"Non possumus!"

Sr. Fülep: En tiempos de Juan Pablo II, la Congregación para el Culto Divino y Disciplina de los Sacramentos publicó una Instrucción titulada "Redemptionis Sacramentum", sobre algunas cosas que se deben observar o evitar acerca de la Santísima Eucaristía. Este documento prescribe que " si el que va a comulgar quiere recibir en la mano el Sacramento, en los lugares donde la Conferencia de Obispos lo haya permitido, con la confirmación de la Sede Apostólica, se le debe administrar la sagrada hostia. Sin embargo, póngase especial cuidado en que el comulgante consuma inmediatamente la hostia, delante del ministro, y ninguno se aleje teniendo en la mano las especies eucarísticas. Si existe peligro de profanación, no se distribuya a los fieles la Comunión en la mano". Creemos el dogma de la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la sagrada Eucaristía. Al dar el Santísimo Sacramento en la mano se corre el riesgo de que se caigan pequeñas partículas del mismo, profanando al Santísimo. Sabemos, por el libro de Su Excelencia, que la antigua práctica era absolutamente diferente a la actual forma protestante. Cuando se pide la comunión en la mano, ¿es "Non possumus" la única respuesta adecuada de los sacerdotes, diáconos o ministros extraordinarios?

Mons. Schneider: Sí. Estoy completamente de acuerdo con eso. No tengo nada que añadir, porque es muy evidente. Ante todo, debemos defender a Nuestro Señor. Es un hecho que casi siempre que se distribuye la sagrada Comunión en la mano hay un riesgo real de pérdida de partículas. Por eso no podemos dar la sagrada Comunión en la mano. Es muy peligroso. Debemos decidirnos por proteger y defender a Nuestro Señor. La ley de la Iglesia está subordinada al bien de la Iglesia. Y en este caso la letra de la ley –permitiendo dar la comunión en la mano– está causando un gran perjuicio espiritual al Santísimo en la Iglesia, es decir, a Nuestro Señor en la Eucaristía. Así que, dar la Comunión en la mano es peligroso y daña a la Iglesia. Por eso no podemos cumplir esa norma. Naturalmente, en la práctica es difícil, porque en algunos lugares la gente ya está acostumbrada a recibir la sagrada Comunión en la mano. Aun así, debemos explicárselo previamente con mucho convencimiento y amor, y normalmente la mayoría lo aceptará. Así que, debemos hacer todo lo que podamos para conseguirlo.

Sr. Fülep: ¿Qué ocurre si los superiores no permiten hacer eso a los seminaristas, acólitos o ministros extraordinarios?

Mons. Schneider: Prefiría no dar la comunión en la mano. Y si el superior me compeliera [obligara] a hacerlo, [le] diría: "no puedo". Debo decirle al superior que también tengo conciencia.

Regnum Eucharisticum

Sr. Fülep: A lo largo de los últimos días, Su Excelencia ha tenido la oportunidad de conocer a la flor y nata de los [fieles] católicos y sacerdotes tradicionales húngaros en sus conferencias y en la Santa Misa. Hemos visitado el Parlamento y rezado ante la sagrada Corona húngara y la santa mano derecha del rey San Esteban. ¿Cuál es su impresión del Regnum Marianum?

Mons. Schneider: ¡Es un país tan bonito! ¡Veo tantos pueblos preciosos e iglesias por todas partes! Este viaje me demuestra que éste es un país católico. Y espero que los húngaros sean fieles al Regnum Marianum para que su país pueda estar realmente dirigido por Nuestra Señora. Y el reino de Cristo siempre se alcanza a través de María. Así que, si sois un Regnum Marianum, también debéis ser un Regnum Eucharisticum. Ojalá el amor, el respeto y la defensa de Nuestro Señor sacramentado crezca también en Hungría.


[Traducido por CATHOLICVS, a partir de la entrevista original publicada en inglés por el Centro de Estudios Superiores John Henry Newman de Hungría. Los títulos de los diferentes bloques han sido respetados tal cual aparecen en el texto original].

martes, 26 de abril de 2016

Reportaje y fotos de la celebración de los actos litúrgicos de la Semana Santa en el Rito Romano tradicional en Madrid (España)

Este año, por primera vez desde hace varias décadas, la Semana Santa ha sido celebrada en el Rito Romano tradicional, o Forma Extraordinaria del Rito Romano, en un oratorio público en Madrid, de la mano del canónigo D. Raúl Olazábal Palou, ICRSS, y por disposición del Sr. Arzobispo, D. Carlos Osoro. Ha sido en el Oratorio del Santo Niño del Remedio, sito en la calle de los Donados nº 6 de la capital de España, como ya informé en su momento en esta entrada, gracias a la buena acogida de su Rector, D. Napoleón Ferrández Zaragoza. El Triduo Sacro comenzó a las 18:00 del Jueves Santo con la Santa Misa vespertina. El Viernes Santo los Oficios comenzaron a las 13:30. Y al día siguiente, Sábado Santo, la Vigilia Pascual tuvo lugar a las 22:00 horas. Como puede comprobarse, hubo una gran afluencia de fieles, por lo que el oratorio, que es pequeño, se llenó completamente. Estas imágenes, aunque con un poco de retraso, acaban de ser publicadas en el blog del Instituto de Cristo Rey Sumo Sacerdote en España, donde pueden verse más fotografías.

lunes, 25 de abril de 2016

Reportaje y fotos de la solemne Santa Misa Tridentina y recepción por el Arzobispo durante una peregrinación por el Año de la Misericordia a la catedral de Newark, Nueva Jersey (EE.UU.)

Anteayer, sábado 23 de abril, Conmemoración de San Jorge, tras una procesión que transcurrió por el parque adyacente a la catedral del Sagrado Corazón de Newark, Nueva Jersey (EE.UU.), los peregrinos provenientes del oratorio de San Antonio de Padua del condado de Orange, recitaron el Santo Rosario frente a las puertas de esta catedral neogótica, una de las más grandes de Nortamérica, tras lo cual entraron en el templo a través de la Puerta Santa. En su interior, S. E. R. Mons. John Joseph Myers, Arzobispo de la Archidiócesis de Newark, les recibió, habló desde la cátedra y les impartió su bendición -última foto-. A continuación, el canónigo Jean-Marie Moreau, ICRSS, que lideraba la peregrinación, ofició la solemne Santa Misa Tridentina a las 10:00 horas, durante la cual también dio la homilía. A la ceremonia asistió gran cantidad de fieles, como se observa en una de las imágenes. La parte musical corrió a cargo del coro dirigido por D. David Hughes, que, como ocurre en la peregrinación París-Chartres, concluyó con el "Chez Nous soyez Reine", que puso fin a la peregrinación a Newark por el Año de la Misericordia. Sociedad de San Hugo de Cluny.

sábado, 23 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte VIII y última)

Con esta entrada llegamos al noveno y último capítulo de la Exhortación, como ya señalé en la entrada anterior (ver aquí), titulado: "Espiritualidad matrimonial y familiar".

No parece casualidad que en el punto 320, para afirmar una obviedad, a saber: que "es preciso que el camino espiritual de cada uno [...] le ayude a «desilusionarse» del otro, a dejar de esperar de esa persona lo que sólo es propio del amor de Dios", aproveche para citar, de nuevo, a un hereje. En este caso se trata del "pastor" alemán protestante Dietrich Bonhoeffer, acusado de participar en uno de los atentados contra Hitler y encarcelado por ello. Los papeles y las cartas desde la cárcel de este heterodoxo "pastor" incluían frases vagas referidas a un "cristianismo sin religión", o que "Jesús nos llamó, no a una nueva religión, sino a una nueva vida". Estas ideas han estimulado la llamada "Teología secular".

En esta misma línea, en el punto 321 el Papa dice, volviéndose a citar "autorreferencialmente" a sí mismo, que "querer formar una familia es animarse a ser parte del sueño de Dios, es animarse a soñar con él, es animarse a construir con él, es animarse a jugarse con él esta historia de construir un mundo donde nadie se sienta solo". Nada de trascendencia en dicha afirmación: se trata del mundo terrenal.

En el punto 322 también cita a Gabriel Marcel, representante del "existencialismo cristiano" o "personalismo", movimiento al que el impío Jean-Paul Sartre, en su ensayo "El existencialismo es un humanismo", le adscribía, aunque el propio Marcel definía su filosofía como "neo-socrática". Sin duda, Gabriel Marcel estuvo influenciado por su padre, Henri Marcel, que era agnóstico. "Reconocía sin dificultad todo lo que el arte debe al catolicismo, pero el pensamiento católico le parecía prescrito, plagado de supersticiones absurdas. Un espíritu libre no podía, según él, seguir prestando adhesión a creencias infantiles", relata R. Troisfontaines en la página 20 de su "De l'existence 'a l'être. La philosophie de Gabriel Marcel" (De la existencia al ser. La filosofía de Gabriel Marcel).

Al final del punto 324 vuelve a emplear sus ya recurrentes alusiones a los "pobres y abandonados", al "amor social", a las "exigencias comunitarias" y a "transformar el mundo" -el mundo material-. Muy en la línea de sus ideas políticas y del "espíritu" que se respiraba en la época de su formación sacerdotal, que padecen muchos sacerdotes mayores de 65 años, claramente influenciados por el pensamiento y lenguaje marxista tan en boga en aquellos años.

En el último punto, el 325, pese a citar "Las palabras del Maestro (cf. Mt 22,30) y las de san Pablo (cf. 1 Co 7,29-31)", a continuación dice: "Pero además, contemplar la plenitud que todavía no alcanzamos, nos permite relativizar el recorrido histórico que estamos haciendo como familias, para dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo. También nos impide juzgar con dureza a quienes viven en condiciones de mucha fragilidad". Como ya he comentado en otra de las partes en las que he dividido este análisis de la Exhortación, el Papa vuelve a incidir en la supuesta plenitud que aún no tienen las familias en este mundo; pero Nuestro Señor aclaró que después de este mundo ya no existirán los matrimonios, cuyo vínculo finaliza con la muerte. Por tanto, no hay ninguna plenitud matrimonial o familiar en el Cielo, como él sugiere. Está claro que lo que el Papa desea "relativizar" es la Doctrina y el Magisterio de siempre para así integrar, por la puerta de atrás, a los pecadores no arrepentidos, a los que ya no se les impele a ser perfectos como nuestro Padre celestial es perfecto (Mt 5, 48), sino que se les emplaza a mantenerse en el error, pues se pretende "dejar de exigir a las relaciones interpersonales una perfección, una pureza de intenciones y una coherencia que sólo podremos encontrar en el Reino definitivo", a pesar de que tal idea contradiga lo dicho en las Sagradas Escrituras, donde se asegura que quienes no cumplan los mandamientos, sean limpios de corazón y coherentes con las exigencias evangélicas, no heredarán ningún "reino" (I Cor 6, 9-10), sino que se condenarán.

La primera cita, pues, lejos de apoyar su idea de la perfección familiar en el más allá, la echa por tierra: "Pues en la resurrección, ni se casan (los hombres), ni se dan (las mujeres) en matrimonio, sino que son como ángeles de Dios en el cielo"; lo mismo que la segunda cita: "los que tienen mujeres vivan como si no las tuviesen [...] porque la apariencia de este mundo pasa". Por cierto, es interesante ver la continuación de este versículo, en el que el Santo Apóstol deja bien claro que el celibato sí es mejor que el matrimonio -contra lo que opina el Papa Francisco-, como ya hemos visto anteriormente:

"Mi deseo es que viváis sin preocupaciones. El que no es casado anda solícito en las cosas del Señor, por cómo agradar al Señor; mas el que es casado, anda solícito en las cosas del mundo (buscando), cómo agradar a su mujer, y está dividido. La mujer sin marido y la doncella piensan en las cosas del Señor, para ser santas en cuerpo y espíritu; mas la casada piensa en las cosas del mundo (buscando), cómo agradar a su marido. Esto lo digo para vuestro provecho; no para tenderos un lazo, sino en orden a lo que más conviene y os une mejor al Señor, sin distracción. Pero si alguno teme deshonor por causa de su (hija) doncella, si pasa la flor de la edad y si es preciso obrar así, haga lo que quiera; no peca. Que se casen. Mas el que se mantiene firme en su corazón y no se ve forzado, sino que es dueño de su voluntad y en su corazón ha determinado guardar a su doncella, hará bien. Quien, pues, case a su doncella, hará bien; mas el que no la casa, hará mejor.

LAS VIUDAS. La mujer está ligada todo el tiempo que viva su marido; mas si muriere el marido, queda libre para casarse con quien quiera; sólo que sea en el Señor. Sin embargo, será más feliz si permaneciere así, según el parecer mío, y creo tener también yo espíritu de Dios"
(I Co 7, 32-40).

Con esta Exhortación el Papa demuestra una impropia y sorprendente permisividad moral hacia quienes él denomina "familias heridas" o en situación "irregular", so pretexto de una mal entendida "misericordia" que contrasta con la que refleja el Evangelio, la cual, a diferencia de la que ahora se pretende imponer, no se opone a la "justicia", que es otra de las cualidades de Dios, inseparablemente unida a la anterior. No es un secreto para nadie que tras esos eufemismos -heridas, irregulares- se ocultan situaciones de pecado totalmente condenadas en el Evangelio; y más por el hecho de tratarse de pecadores pertinaces y no arrepentidos, a los que ya no se les quiere instar a cambiar de vida. Por otra parte, esta flexibilidad moral y diferencia de trato contrasta con una ofensiva intransigencia hacia quienes el Papa cree que se consideran "perfectos" -aunque en realidad todos nos sabemos pecadores-, por el simple hecho de querer conservar la fe que les ha sido transmitida y por no transigir con menos de lo exigido por el mismo Cristo.

Como conclusión, cabe señalar que, a tenor de las ideas del Papa Francisco expuestas en este larguísimo documento -más extenso que los tres Evangelios sinópticos juntos, y casi superando también el cuarto-, habría que reconocer que de nada sirvió el martirio de San Juan Bautista por denunciar públicamente el adulterio de Herodes (Mc 6, 16-18). Asimismo, los católicos también nos podríamos haber ahorrado el cisma anglicano provocado por las veleidades del adúltero Enrique VIII. En este sentido, circula por la red una imagen del monarca inglés con una leyenda que alude a la pastoral impulsada por la Exhortación 'Amoris laetitia': "Enrique VIII, después de un itinerario de acompañamiento y discernimiento, su párroco le ha dicho que puede continuar su aventura con Ana Bolena". Hoy, el héroe sería Enrique VIII, mientras que se consideraría que Santo Tomás Moro habría sido martirizado, en balde, por la "pervivencia indiscriminada de formas y modelos del pasado", como sugiere el punto 32 de esta Exhortación. Tanto San Juan Bautista, como Santo Tomás Moro, serían hoy tachados de "rigoristas" y "corazones cerrados" que se sientan "en la cátedra de Moisés" para juzgar "con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas", como sería el caso de los pobres Herodes y Enrique VIII de Inglaterra, considerados ya ex adúlteros, pues han sido rehabilitados por la misericordiosa nueva praxis de los "atenuantes y eximentes" morales, que permiten puentear a voluntad el mismísimo Decálogo.

A pesar de que las palabras de Nuestro Señor sobre la indisolubilidad del sacramento del Matrimonio no dejan lugar a ninguna interpretación diferente a la que la Iglesia le ha dado desde que fue fundada, el Papa Francisco parece empeñado a ser más "miseridordioso" que nadie, abriendo la puerta, como ya hemos visto, a la sacrílega comunión eucarística de los adúlteros y otros pecadores no arrepentidos, para lo cual no ha dudado en malinterpretar, tergiversar y citar a medias documentos conciliares y del magisterio de los Papas anteriores -sobre todo de San Juan Pablo II-, con la intención de que parezca que cuenta con un apoyo doctrinal para su pretendida nueva praxis que, en realidad, no existe.

Como se ha señalado en numerosos artículos publicados a raíz de la aparición de este documento, en él se tergiversan y contradicen aspectos doctrinales, sobre todo el relativo al pecado y a la gracia; no se da la suficiente relevancia al papel de los padres en la educación de sus hijos; se da carta de naturaleza a las uniones de hecho y parejas adúlteras, pretendiendo equipararlas de alguna manera con el matrimonio, al que presenta como el "ideal", y las otras como formas "menos perfectas" de ese "ideal"; hace concesiones al feminismo y a la ideología de género, pese a algunas tibias críticas a ambas ideologías anticristianas; podría haberse explayado con el genocidio de este siglo: el aborto, pero no lo hace.

Y, por si fuera poco, ante la confusión generada por la Exhortación, ante la pregunta de un periodista el Papa le remite a la interpretación que el Cardenal Christoph Schönborn hizo en la presentación de la misma en la "Sala Stampa" del Vaticano. Según él, como ya recogí en esta entrada, este documento supone una ruptura, una evolución de la doctrina -algo condenado explícita y solemnemente en los cánones del Concilio Vaticano I-, que viene a superar "la artificiosa, exterior, neta división entre «regulares» e «irregulares»" -se refiere a los matrimonios y las personas que viven en adulterio, concubinato o amancebamiento-. Este documento supera las diferencias, según afirmó. No hace falta señalar que este cardenal, junto con el cardenal Walter Casper, es uno de los "teólogos" de cabecera del Papa, con quien comparten ideas. Pues este "gran teólogo", se ha atrevido a tomar una frase del Apóstol San Pablo, para defender estas heterodoxas ideas: "Dios encerró todos los hombres en la rebeldía para usar con ellos de misericordia" (Rm 11, 32). Sin embargo, el sentido de esta cita en el texto del Evangelio es totalmente diferente a la que él le otorga. Es lo que ya hemos visto a lo largo de este análisis, en la línea de lo que suelen hacer en las sectas protestantes: tomar cualquier frase de las Sagradas Escrituras y darle el sentido que se quiera, según interese, aunque no guarde relación con lo que el mismo texto dice o sugiere. Y, por supuesto, en total contradicción con el Magisterio y con la interpretación que la Iglesia le ha dado siempre. Hay que señalar el especial interés de este cardenal con el tema en cuestión, pues es hijo de padres divorciados... vueltos a casar -adúlteros, en una palabra-. La forma de "rehabilitarles" no debería pasar por intentar cambiar lo que no puede ser cambiado, ni dar falsas esperanzas a otras personas en la misma situación. Más le valdría hacer caso del Apóstol San Pablo cuando afirma:

"¿No sabéis que los inicuos no heredarán el reino de Dios? No os hagáis ilusiones. Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los sodomitas, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los que viven de rapiña, heredarán el reino de Dios" (I Cor 6, 9-10).

A lo largo de este análisis, casi tan largo como la propia Exhortación -creo que el documento lo requería-, pueden encontrarse elementos de juicio y argumentos suficientes para que cada uno se haga una idea del estado de la cuestión y saque sus propias conclusiones. No temo por la Iglesia, pues PORTAE INFERI NON PRAEVALEBVNT ADVERSVUM EAM -las puertas del infierno no prevalecerán contra Ella- (Mt XVI, 18), pero me preocupa la salvación de las almas.

A modo de conclusión sólo me resta citar, una vez más, al Apóstol San Pablo:

"Y no es que haya otro Evangelio, sino es que hay quienes os perturban y pretenden pervertir el Evangelio de Cristo. Pero, aun cuando nosotros mismos, o un ángel del cielo os predicase un Evangelio distinto del que os hemos anunciado, sea anatema. Lo dijimos ya, y ahora vuelvo a decirlo: Si alguno os predica un Evangelio distinto del que recibisteis, sea anatema. ¿Busco yo acaso el favor de los hombres, o bien el de Dios? ¿O es que procuro agradar a los hombres? Si aun tratase de agradar a los hombres no sería siervo de Cristo" (Gal I, 7-10).

jueves, 21 de abril de 2016

Análisis de la Exhortación Apostólica post-sinodal "Amoris laetitia", del Papa Francisco (Parte VII)

Las "Circunstancias atenuantes en el discernimiento pastoral" se abordan a partir del punto 301, con el que comienzo esta 7ª parte de mi análisis, que corresponde a la segunda parte del capítulo octavo de la Exhortación, como ya indiqué en el entrada anterior (ver aquí). En él, el Papa dice que, debido a "los condicionamientos y circunstancias atenuantes [...] ya no es posible decir que todos los que se encuentran en alguna situación así llamada «irregular» [fundamentalmente quienes viven en adulterio, aunque también quienes lo hacen en concubinato o amancebamiento] viven en una situación de pecado mortal, privados de la gracia santificante". Por lo visto, durante dos milenios la Iglesia, que lo único que ha hecho es basarse en la condena expresa de Nuestro Señor sobre este tema, no ha tenido en cuenta estos "condicionamientos y circunstancias atenuantes" a la hora de valorar moralmente los pecados contra el sexto Mandamiento del Decálogo. Pero ahora que se han descubierto, una persona que vive en pecado mortal ya puede estar "en gracia de Dios" sin necesidad de arrepentimiento, ni propósito de la enmienda. Naturalmente, tal afirmación contradice las Sagradas Escrituras, la Doctrina, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Para justificar que los adúlteros no se separen, se sugiere que si lo hicieran podrían adquirir "nuevas culpas" -proposición sorprendente y contraria a la fe católica-, contradiciendo totalmente lo afirmado por San Juan Pablo II en "Familiaris consortio": "cuando el hombre y la mujer, por motivos serios, —como, por ejemplo, la educación de los hijos— no pueden cumplir la obligación de la separación, «asumen el compromiso de vivir en plena continencia, o sea de abstenerse de los actos propios de los esposos»". Y es lógico: la educación de los posibles hijos habidos en esa relación adúltera no les obliga a seguir manteniendo relaciones sexuales ilícitas. Por tanto, como ya expliqué en la entrada anterior, para justificar el mantenimiento de estas relaciones sexuales pecaminosas tampoco puede ser alegado como excusa que, de cesar éstas, pondría en peligro la "fidelidad" de los adúlteros entre ellos, pues a quienes están siendo objetivamente infieles es a sus legítimos cónyuges, a quienes están unidos por el sacramento del Matrimonio, que es indisoluble hasta la muerte.

También se alude en este punto a un "eventual desconocimiento de la norma". Pero como es bastante improbable que un católico desconozca el Decálogo, cuyo sexto mandamiento dice explícitamente: "No cometerás adulterio", se recurre a subterfugios para justificar la posible no culpabilidad por su incumplimiento: "Un sujeto, aun conociendo bien la norma, puede tener una gran dificultad para comprender «los valores inherentes a la norma»". Como indica la nota 339, tal idea está tomada, nuevamente, de lo expresado por San Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica "Familiaris consortio", pero, una vez más, dicha cita se saca de contexto y se tergiversa, pues en el pasaje citado está aludiendo a "la norma moral que debe guiar la transmisión responsable de la vida" entre esposos, y, por tanto, no es aplicable a un más que improbable desconocimiento de la prohibición explícita del adulterio en el Decálogo. Asimismo, vuelve a plantear que quien incumple la norma -el sexto Mandamiento, en este caso-, "...puede estar en condiciones concretas que no le permiten obrar de manera diferente y tomar otras decisiones sin una nueva culpa", lo cual, como ya he explicado más arriba, tampoco puede justificar el incumplimiento del Decálogo.

A continuación, el Papa cita a Santo Tomás de Aquino, otra vez tergiversando el sentido de lo que el Doctor Angélico realmente decía: "Ya santo Tomás de Aquino reconocía que alguien puede tener la gracia y la caridad, pero no poder ejercitar bien alguna de las virtudes, de manera que aunque posea todas las virtudes morales infusas, no manifiesta con claridad la existencia de alguna de ellas, porque el obrar exterior de esa virtud está dificultado: «Se dice que algunos santos no tienen algunas virtudes, en cuanto experimentan dificultad en sus actos, aunque tengan los hábitos de todas las virtudes»" (STh I-II, q.65, a.3 ad 2, De Malo q.2, a.2). La explicación de por qué el Papa está tergiversando lo dicho por el Aquinate la expone de forma muy clara el P. José María Iraburu, a quien vuelvo a citar por segunda vez en esta serie de entradas dedicadas a analizar la Exhortación -esta vez literalmente-, con la esperanza de que otro "periodista" -o el mismo- no vuelva a atribuir al P. Iraburu todo mi análisis, como ya ha ocurrido una vez (ver aquí):

El número citado puede ser objetado desde ángulos diversos. Pero yo aquí limito mi análisis, mostrando únicamente que la doctrina de Santo Tomás que se alega en el texto está mal entendida, y que en su verdadero sentido no da ninguna fundamentación justificante de lo afirmado en los dos párrafos que le preceden. Lo comprobaremos seguidamente, recordando su teología de las virtudes.

* * *

Todas las virtudes, en cuanto hábitos operativos, crecen juntamente, como los dedos de una mano, aunque algunas, si no son activadas, estarán menos hábiles para el ejercicio. –En principio, cuanto más crecida está una virtud, se ejercita en el acto que le es propio con más facilidad, perfección y gusto. –Sin embargo, no se identifica necesariamente el grado de una virtud como hábito (es decir, como facultad o potencia operativa) y el grado de su capacidad de ejercitarse en actos. Este último punto es el que aquí nos importa examinar para entender bien en la Amoris laetitia la falsa alusión a la enseñanza de Santo Tomás sobre la virtud eventualmente no operativa (STh I-II, 65 ad 2-3).

Puede fortalecerse una virtud sin que necesariamente aumente la facilidad para ejercitarla en actos. Un hombre, por ejemplo, que acrecentó mucho la virtud de la paciencia estando enfermo durante años, recluido en su cama con muy escasas actividades y relaciones sociales, habrá fortalecido necesariamente también, como hábitos, todas las otras virtudes, también el hábito y virtud de la prudencia. Pero si un día recupera la salud, después de tantos años de vida reclusa, es probable que no tenga expedita la virtud de la prudencia para ejercitarla con facilidad y acierto en actos concretos, en decisiones circunstanciales, en negocios, en relaciones sociales, por falta de información y de experiencia.
En este sentido enseña Santo Tomás: «Ocurre a veces que uno que tiene un hábito encuentra dificultad en el obrar y, por consiguiente, no siente deleite ni complacencia en ejercitarlo [como sería lo natural], a causa de algún impedimento de origen extrínseco –como el que posee un hábito de ciencia y padece dificultad en entender, por la somnolencia o alguna enfermedad–» (STh I-II, 65,3 ad 2m).
Es importante este principio, pues su desconocimiento lleva con frecuencia a escrúpulos y penalidades espirituales que no tienen en realidad fundamento. Consideremos algunos ejemplos. Una religiosa tiene un espíritu y virtud de oración muy grande; pero está sufriendo ciertas enfermedades psicológicas o, en otro supuesto, está tomando ciertas medicinas que le impiden totalmente concentrar en Dios su pensamiento y amor en la oración. ¿Debe ella pensar que, seguro que por sus culpas y negligencias, ya perdió su anterior hábito virtuoso de orar? En absoluto. A esta religiosa, que persevera ciertamente en el espíritu de la oración, hay que darle la paz de saber que sigue su relación orante con Dios tan profunda o más que antes, aunque en la capilla se vea la pobre con una impotencia casi total para mantenerse un rato en oración. Son causas extrínsecas a su voluntad las que le impiden ejercitarse en ella con asiduidad.

Cuando se identifica erróneamente grado de virtud y grado de facilidad para su ejercicio, puede interpretar, por ejemplo, un director espiritual, o la misma persona afectada por esa impotencia, que tal incapacidad para la oración significa claramente un retroceso espiritual lamentable, una disminución o pérdida del espíritu de oración. Con más lucidez de verdad considera este problema Santa Teresa, gran conocedora de la relación gracia-virtudes-obras. Ella enseña que en tales casos no debe la persona «atormentar el alma a lo que no puede» (Vida 11,16), ni tampoco debe ser atormentada para ello por su director. Estas cosas «aunque a nosotros nos parecen faltas, no lo son; ya sabe Su Majestad nuestra miseria y bajo natural, mejor que nosotros mismos, y sabe que ya estas almas desean siempre pensar en El y amarle. Esta determinación es la que quiere; ese otro afligimiento que nos damos [por la falta de obras], no sirve de más que para inquietar el alma» (ib.). Con razón dice San Juan de la Cruz que «hay muchas almas que piensan no tienen oración y tienen muy mucha, y otras que tienen mucha y es poco más que nada» (prólogo Subida 6).

Otro ejemplo. Un estudiante, con la gracia de Dios, ha logrado una virtud de la estudiosidad muy profunda, hasta llegar a ser un profesor competente. Pero llegado a una cierta fase de su vida, se ve incapaz de estudiar, porque al hacerlo sufre dolores de cabeza. ¿Perdió, pues, la virtud de la estudiosidad por el hecho de que ahora no puede ejercitarla en los actos que constituyen su objeto propio? Obviamente no. Debe pensar que su virtud para estudiar no puede ejercitarse porque se ve impedida por causas extrínsecas a su voluntad.

* * *

Invocar la enseñanza de Santo Tomás sobre las virtudes eventualmente no-operativas, con el fin de atenuar o eximir de culpa a las parejas «irregulares» que no logran salir de su situación objetivamente pecaminosa –adúlteros crónicos, uniones homosexuales, etc.– es un error. La doctrina de Santo Tomás, que es la católica, exime de culpa a quien no puede ejercitar cierta virtud en las obras buenas que son su objeto propio, debido a impedimentos externos a su voluntad. Pero el texto aducido en la Exhortación se refiere a situaciones «irregulares», en las que la persona se ejercita pertinazmente en obras malas –adulterio, unión homosexual, etc.–.

* * *

La fe en la existencia de actos intrínsecamente malos, que ninguna circunstancia puede justificar, es en el fondo lo que hoy vacila más en la moral. San Juan Pablo II, en su encíclica Veritatis splendor, enseña largamente acerca de lo intrinsece malum (54-64). No es lícito «establecer legítimamente unas excepciones a la regla general y permitir así la realización práctica, con buena conciencia, de lo que está calificado por la ley moral como intrínsecamente malo. De este modo se instaura en algunos casos una separación, o incluso una oposición, entre la doctrina del precepto válido en general y la norma de la conciencia individual, que decidiría de hecho, en última instancia [quizá con el consejo de un sacerdote comprensivo] sobre el bien y el mal» (n. 56; cf. 80).

José María Iraburu, sacerdote.

[Se ha respetado el uso de la negrita y la cursiva tal y como aparece en el texto original, que puede leerse en el siguiente enlace: (371) Amoris laetitia –301: discernir atenuantes y doctrina de Santo Tomás].

En el siguiente punto, el nº 302, recurre ahora a citar el Catecismo de la Iglesia Católica para seguir intentando encontrar algo que justifique la no culpabilidad de quien vive en adulterio, pero sin lograrlo, aunque diga que el Catecismo se expresa contundentemente en este sentido: "La imputabilidad y la responsabilidad de una acción pueden quedar disminuidas e incluso suprimidas a causa de la ignorancia, la inadvertencia, la violencia, el temor, los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos o sociales". Lejos de poder recurrirse a lo que expresa el Catecismo para justificar el adulterio, lo que pone de manifiesto es justo lo opuesto: no se puede aducir ignorancia del Decálogo, ni inadvertencia, pues no se trata de un pecado cometido de forma aislada, sino que de lo que aquí hablamos es de parejas que viven en adulterio de manera permanente, por lo que es improbable que no adviertan, una y otra vez, que están manteniendo relaciones sexuales con alguien que no es su esposo/a, con quien siguen legítimamente unidos por el sacramento del Matrimonio y que están, por tanto, prohibidas por el 6º Mandamiento. Además, como dice el P. Iraburu, al he citado más arriba, los posibles eximentes de responsabilidad serían los debidos a impedimentos externos a su voluntad, y por tanto no aplicables cuando "la persona se ejercita pertinazmente en obras malas –adulterio, unión homosexual, etc.–".

Por si ésto fuera poco, en los dos puntos inmediatamente posteriores al citado por el Papa Francisco -que en esta ocasión tampoco cita-, el Catecismo dice contundentemente -esta vez sí- lo siguiente:

1736. Todo acto directamente querido es imputable a su autor.
Así el Señor pregunta a Adán tras el pecado en el paraíso: “¿Qué has hecho?” (Gn 3,13). Igualmente a Caín (cf Gn 4, 10). Así también el profeta Natán al rey David, tras el adulterio con la mujer de Urías y la muerte de éste (cf 2 S 12, 7-15).
Una acción puede ser indirectamente voluntaria cuando resulta de una negligencia respecto a lo que se habría debido conocer o hacer, por ejemplo, un accidente provocado por la ignorancia del código de la circulación.
1737. Un efecto puede ser tolerado sin ser querido por el que actúa, por ejemplo, el agotamiento de una madre a la cabecera de su hijo enfermo. El efecto malo no es imputable si no ha sido querido ni como fin ni como medio de la acción, como la muerte acontecida al auxiliar a una persona en peligro. Para que el efecto malo sea imputable, es preciso que sea previsible y que el que actúa tenga la posibilidad de evitarlo, por ejemplo, en el caso de un homicidio cometido por un conductor en estado de embriaguez.

En cuanto a "los hábitos, los afectos desordenados y otros factores psíquicos", también es bastante improbable que puedan aducirse como eximentes del cumplimiento del Decálogo -o atenuantes- en lo que a la prohibición del adulterio se refiere, como tampoco podrían aducirlo los asesinos en serie, los ladrones o los pederastas, por mucho "hábito" que tuvieran de matar, robar o abusar de menores -salvo que estemos hablando de una enfermedad mental como la psicopatía o la cleptomanía, no aplicable al adulterio-. Y en cuanto a otros factores psíquicos, ¿qué podrían alegar los adúlteros? ¿Que caerían en una depresión si no continúan cometiendo adulterio? De la misma manera, también podrían alegar lo mismo las personas del ejemplo -el asesino, el ladrón y el pederasta-, si no matan, roban o abusan de menores. Seamos serios: en todos esos casos, incluido el de los adúlteros, se podría caer en una depresión después de dejar de pecar; pero esa posterior depresión no es la causa de haber cometido tal pecado, porque éste se ha cometido previamente. Por lo tanto, el pecador es tan culpable como si no cayera en una depresión después de dejar de cometer el pecado -cosa que desconoce en el momento de pecar-. Hay que recordar que el adulterio es un pecado mortal que se comete voluntariamente -no por causas ajenas a la voluntad- y que se repite a lo largo del tiempo de forma pertinaz.

Tras este intento, el Papa vuelve a recurrir al mismo argumento con otra cita del Catecismo de la Iglesia Católica, tratando de encontrar, infructuosamente, otra justificación para "demostrar" que los adúlteros, o al menos algunos de ellos, no cometen un pecado grave. Pero si comprobamos el punto del Catecismo que cita, el 2352, veremos que los atenuantes que se exponen se refieren a la masturbación, no al adulterio. En la misma nota que acompaña esta cita, también nombra la Declaración "Iura et bona" de la Congregación para la Doctrina de la Fe (5 mayo 1980), que tampoco guarda relación con el adulterio, sino que se refiere a la eutanasia; pero lejos de servir de ejemplo para justificar esos supuestos "atenuantes" en el caso del adulterio, fíjense lo que se dice en dicha declaración:

"Podría también verificarse que el dolor prolongado e insoportable, razones de tipo afectivo u otros motivos diversos, induzcan a alguien a pensar que puede legítimamente pedir la muerte o procurarla a otros. Aunque en casos de ese género la responsabilidad personal pueda estar disminuida o incluso no existir, sin embargo el error de juicio de la conciencia —aunque fuera incluso de buena fe— no modifica la naturaleza del acto homicida, que en sí sigue siendo siempre inadmisible".

Congregación para la Doctrina de la Fe, Declaración Iura et bona, sobre la eutanasia (5 mayo 1980), II: AAS 72 (1980)

Es decir, aunque disminuya la responsabilidad, ésta no modifica la naturaleza del acto, que sigue siendo inadmisible. Si aplicamos ésto al caso del adulterio, se podría decir que en alguna circunstancia quizás también puede verse disminuida la responsabilidad personal; pero incluso en tal caso, el adulterio seguiría siendo pecado grave y, por lo tanto, inadmisible. En la misma nota también cita la Exhortación Apostólica "Reconciliatio et paenitentia" de San Juan Pablo II, pero directamente la propia nota ya dice que el Papa critica la categoría de «opción fundamental». En realidad no la "critica", sino que niega que en el plano objetivo ésta cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal:

"Sin duda pueden darse situaciones muy complejas y oscuras bajo el aspecto psicológico, que influyen en la imputabilidad subjetiva del pecador. Pero de la consideración de la esfera psicológica no se puede pasar a la constitución de una categoría teológica, como es concretamente la «opción fundamental» entendida de tal modo que, en el plano objetivo, cambie o ponga en duda la concepción tradicional de pecado mortal".

(Exhort. ap. Reconciliatio et paenitentia (2 diciembre 1984), 17: AAS 77 (1985), 223).

A pesar de los mencionados intentos fallidos para justificar el adulterio en ciertos casos, recurriendo a buscar "atenuantes" a base de retorcer los textos que se citan o de tergiversar su sentido, el Papa continúa insistiendo: "Por esta razón, un juicio negativo sobre una situación objetiva no implica un juicio sobre la imputabilidad o la culpabilidad de la persona involucrada". Una vez más, esta cita no apoya lo que dice el Papa, sino que lo echa por tierra. En este caso se trata de la "Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar" del Pontificio Consejo para los Textos Legislativos, del 24 junio 2000. Si leemos lo que dice dicha Declaración, y en concreto el punto nº 2, comprobaremos no sólo que es radicalmente distinto a lo afirmado por el Papa Francisco, sino que es justo lo opuesto, volviendo a reiterar que sólo podrán acceder al sacramento de la Eucaristía aquellos divorciados que, pese a convivir con otra persona que no es su esposo/a, no mantienen relaciones sexuales con ella, siempre que no sean causa de escándalo -pues exteriormente otras personas pueden ignorar que realmente no mantienen relaciones sexuales-:

2. Toda interpretación del can. 915 que se oponga a su contenido sustancial, declarado ininterrumpidamente por el Magisterio y la disciplina de la Iglesia a lo largo de los siglos, es claramente errónea. No se puede confundir el respeto de las palabras de la ley (cfr. can. 17) con el uso impropio de las mismas palabras como instrumento para relativizar o desvirtuar los preceptos.

La fórmula «y los que obstinadamente persistan en un manifiesto pecado grave» es clara, y se debe entender de modo que no se deforme su sentido haciendo la norma inaplicable. Las tres condiciones que deben darse son:

a) el pecado grave, entendido objetivamente, porque el ministro de la Comunión no podría juzgar de la imputabilidad subjetiva;

b) la obstinada perseverancia, que significa la existencia de una situación objetiva de pecado que dura en el tiempo y a la cual la voluntad del fiel no pone fin, sin que se necesiten otros requisitos (actitud desafiante, advertencia previa, etc.) para que se verifique la situación en su fundamental gravedad eclesial;

c) el carácter manifiesto de la situación de pecado grave habitual.

Sin embargo, no se encuentran en situación de pecado grave habitual los fieles divorciados que se han vuelto a casar que, no pudiendo por serias razones -como, por ejemplo, la educación de los hijos- «satisfacer la obligación de la separación, asumen el empeño de vivir en perfecta continencia, es decir, de abstenerse de los actos propios de los cónyuges» (Familiaris consortio, n. 84), y que sobre la base de ese propósito han recibido el sacramento de la Penitencia. Debido a que el hecho de que tales fieles no viven more uxorio es de por sí oculto, mientras que su condición de divorciados que se han vuelto a casar es de por sí manifiesta, sólo podrán acceder a la Comunión eucarística remoto scandalo.

Inasequible al desaliento, en el punto 303 el Papa Francisco afirma: "A partir del reconocimiento del peso de los condicionamientos concretos [que ya hemos visto que es nulo], podemos agregar que la conciencia de las personas debe ser mejor incorporada en la praxis de la Iglesia en algunas situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio". Con dicha afirmación, además de demostrar su intención de dar carta de naturaleza al relativismo moral basado en un mal entendido subjetivismo contrario a la Doctrina y praxis de la Iglesia, también trata de equiparar las relaciones de cohabitación prohibidas por el sexto Mandamiento del Decálogo -en las que entraría el concubinato o amancebamiento, el adulterio y hasta las relaciones homosexuales- con el matrimonio. Nótese el empleo de los eufemísticos "ser mejor incorporada" -en vez de introducir y/o permitir- y "situaciones que no realizan objetivamente nuestra concepción del matrimonio" -en lugar de decir parejas amancebadas o adúlteras-.

Este punto concluye también de forma eufemística al hablar de "nuevas decisiones que permitan realizar el ideal de manera más plena". Una vez más, puede decirse lo mismo: el matrimonio no es un ideal, ni la forma "plena" de ese inexistente ideal. El Matrimonio es un sacramento instituido por Nuestro Señor Jesucristo, que estableció que fuera indisoluble. Así, aquellas personas que mantienen relaciones sexuales sin estar unidas por el sacramento del Matrimonio, lejos de "realizar de forma menos plena" ningún "ideal", pecan contra Dios vulnerando el sexto Mandamiento del Decálogo y contradicen lo estipulado expresamente por Nuestro Señor con respecto al Matrimonio, y que la Iglesia siempre ha guardado y transmitido durante dos milenios.

Llegados a este punto, el Papa sigue sosteniendo más de lo mismo en los apartados "Normas y discernimiento" y "La lógica de la misericordia pastoral", que abarcan desde el punto 304 hasta el 312, con el que finaliza el presente capítulo. Para él, es "mezquino" considerar si los actos humanos se adecúan a la norma, y así, por ejemplo, si alguien cumple o no los Mandamientos del Decálogo. La frase y el calificativo empleado ya lo dicen todo: además de no casar bien con el lenguaje "amable" recomendado por el Papa en esta misma Exhortación, tal idea está totalmente alejada de la Doctrina católica y de la praxis bimilenaria de la Iglesia. Una y otra vez vuelve a poner el subjetivismo relativista o la teología de situación por encima, incluso, de la Ley de Dios.

Se muestra otra vez "autorreferencial" -pese a que lo critique en otros- cuando se cita nuevamente a sí mismo para, como ha hecho en numerosas ocasiones, dedicar epítetos con clara intencionalidad ofensiva a aquellos católicos que sostengan lo que siempre ha enseñado la Iglesia, llamándoles, además de "mezquinos", como he recogido más arriba, "corazones cerrados, que suelen esconderse aun detrás de las enseñanzas de la Iglesia «para sentarse en la cátedra de Moisés y juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas»". Para tales católicos no gasta ningún eufemismo, aunque los derroche a raudales cuando se refiere a los adúlteros, por ejemplo. De esta forma, arremete injusta e inmisericordemente contra lo que él considera un juicio emitido por esos mezquinos corazones cerrados hacia los demás pecadores -hacia los adúlteros, en este caso-, sin tomar en consideración la posibilidad de que sea precisamente por caridad por lo que esos mezquinos corazones cerrados intentan corregir al que yerra -que es una de las Obras de Misericordia-, no porque se crean superiores, ni por ánimo de ofender, sino para evitar que les engañen quienes les aseguran o prometen una efímera felicidad terrena, y que así se condenen eternamente.

Más adelante cita a la Comisión Teológica Internacional -cuyos pareceres no tienen ninguna obligación de creerse los católicos-, para intentar encontrar algún apoyo a su intención de romper con la praxis de la Iglesia, que siempre se ha sustentado en la Doctrina. En el punto 305, con su polémica nota al pie nº 351, el Papa ya dice clara y abiertamente que los adúlteros -a quienes no nombra aquí, pues dicha medida se extiende a otras personas en pecado mortal- pueden recibir los sacramentos en ciertos casos, y, concretamente, el de la Eucaristía: "A causa de los condicionamientos o factores atenuantes [que en el caso del adulterio son una pura invención], es posible que, en medio de una situación objetiva de pecado —que no sea subjetivamente culpable o que no lo sea de modo pleno— [como si fuera el pecador quien decidiese qué es pecado y qué no; o como si algún católico no conociese el sexto Mandamiento del Decálogo] se pueda vivir en gracia de Dios, se pueda amar, y también se pueda crecer en la vida de la gracia y la caridad, recibiendo para ello la ayuda de la Iglesia". Esto va, directamente, contra la Fe católica: quien vive en adulterio, que es un pecado mortal suficientemente conocido por quien lo comete, y que además lo comete de forma pertinaz y continuada en el tiempo, ni está en gracia de Dios, ni puede crecer en una vida de gracia que no tiene. La nota que acompaña esta heterodoxa propuesta, explicita aún más la intención del Papa de que se administren sacramentos a personas que objetivamente viven en pecado mortal, por considerarlos "remedios" para los pecadores y no un "premio" para los "perfectos" -cuando la Sagrada Escritura, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia exigen que sólo se reciba el Cuerpo y la Sangre del Señor en gracia de Dios, de acuerdo con la grave advertencia del Apóstol San Pablo-. Ciertamente, el sacramento de la Penitencia es un remedio para los pecadores, aunque sólo para los que están arrepentidos y no quieren volver a pecar. Pero no así la Eucaristía, por lo ya dicho: para recibirla hay que estar en gracia de Dios previamente. Y en el caso del sacramento de la Penitencia, sería inválido y sacrílego si no hay arrepentimiento -dolor de los pecados- y propósito de la enmienda -de no volver a pecar- de todos y cada uno de los pecados. La nota dice así: "En ciertos casos, podría ser también la ayuda de los sacramentos [administrar o sostener que los sacramentos se pueden recibir en pecado mortal es contrario a la Fe católica y a la bimilenaria praxis de la Iglesia]. Por eso, «a los sacerdotes les recuerdo que el confesionario no debe ser una sala de torturas sino el lugar de la misericordia del Señor»: Exhort. ap. Evangelii gaudium (24 noviembre 2013), 44: AAS 105 (2013), 1038. Igualmente destaco que la Eucaristía «no es un premio para los perfectos sino un generoso remedio y un alimento para los débiles»".

Además de la específica "Declaración sobre la admisibilidad a la sagrada comunión de los divorciados que se han vuelto a casar" citada más arriba, que niega la recepción de la Comunión a los adúlteros, o del magisterio de San Juan Pablo II al respecto, en la misma línea, de acuerdo con lo que siempre ha enseñado la Iglesia, el Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, en su Sesión XIII definió dogmáticamente lo siguiente, en lo que constituye un ejercicio de Magisterio extraordinario, y por tanto irreformable, sobre la recepción de la Eucaristía, condenando además los cánones quinto y noveno que la Eucaristía perdone los pecados o que se pueda recibir sin recibir previamente la absolución en la Confesión:

Cap. VII. De la preparación que debe preceder para recibir dignamente la sagrada Eucaristía.

Si no es decoroso que nadie se presente a ninguna de las demás funciones sagradas, sino con pureza y santidad; cuanto más notoria es a las personas cristianas la santidad y divinidad de este celeste Sacramento, con tanta mayor diligencia por cierto deben procurar presentarse a recibirle con grande respeto y santidad; principalmente constándonos aquellas tan terribles palabras del Apóstol san Pablo: Quien come y bebe indignamente, come y bebe su condenación; pues no hace diferencia entre el cuerpo del Señor y otros manjares. Por esta causa se ha de traer a la memoria del que quiera comulgar el precepto del mismo Apóstol: Reconózcase el hombre a sí mismo. La costumbre de la Iglesia declara que es necesario este examen, para que ninguno sabedor de que está en pecado mortal, se pueda acercar, por muy contrito que le parezca hallarse, a recibir la sagrada Eucaristía, sin disponerse antes con la confesión sacramental; y esto mismo ha decretado este santo Concilio observen perpetuamente todos los cristianos, y también los sacerdotes, a quienes correspondiere celebrar por obligación, a no ser que les falte confesor. Y si el sacerdote por alguna urgente necesidad celebrare sin haberse confesado, confiese sin dilación luego que pueda.

CAN. V. Si alguno dijere, o que el principal fruto de la sacrosanta Eucaristía es el perdón de los pecados, o que no provienen de ella otros efectos; sea excomulgado.

CAN. XI. Si alguno dijere, que sola la fe es preparación suficiente para recibir el sacramento de la santísima Eucaristía; sea excomulgado. Y para que no se reciba indignamente tan grande Sacramento, y por consecuencia cause muerte y condenación; establece y declara el mismo santo Concilio, que los que se sienten gravados con conciencia de pecado mortal, por contritos que se crean, deben para recibirlo, anticipar necesariamente la confesión sacramental, habiendo confesor. Y si alguno presumiere enseñar, predicar o afirmar con pertinacia lo contrario, o también defenderlo en disputas públicas, quede por el mismo caso excomulgado.

Como se ve, lo que el Papa Francisco dice y pretende que se haga contradice no sólo las costumbres o la disciplina sacramental, sino la propia Doctrina y Magisterio de la Iglesia -incluyendo el de todos sus predecesores-.

En el punto 307 vuelve a denominar lo que Cristo estableció como la única forma admisible de relación entre un hombre y una mujer, que es el sacramento del Matrimonio, como "el ideal pleno" o el "ideal más pleno"-cuando tal cosa no existe, como ya he señalado anteriormente-. Como puede apreciarse, la manipulación del lenguaje está presente en toda la Exhortación, pero especialmente en este capítulo. En este punto, por ejemplo, puede verse en la frase: "ni proponer menos que lo que Jesús ofrece al ser humano", cuando lo que el Señor hacía, en lo relativo al Matrimonio, que es de lo que se trata aquí, no era "ofrecer" el Matrimonio contemplando las excepciones y las "leyes humanas" que vulneran su indisolubilidad -como el repudio mosaico y, por ende, el divorcio actual-, sino exigirlo, condenando al mismo tiempo a quien no actúe de acuerdo con la "norma" dada expresamente por Él mismo, como así lo atestiguan las Sagradas Escrituras. En el punto 308 expresa claramente que su concepción de Dios y de la Iglesia no tiene nada que ver con lo que la propia Iglesia y los anteriores Papas han creído: "Pero creo sinceramente que Jesucristo quiere una Iglesia...". Aquí deja bien claro que se trata, pues, de sus creencias personales; pero, debido al cargo que ocupa, éstas tienen consecuencias gravísimas para la Iglesia y para los católicos.

Por último, en el punto 311 afirma que "La enseñanza de la teología moral no debería dejar de incorporar estas consideraciones, porque, si bien es verdad que hay que cuidar la integridad de la enseñanza moral de la Iglesia, siempre se debe poner especial cuidado en destacar y alentar los valores más altos y centrales del Evangelio". ¡Como si la moral católica, que es de lo que se ocupa la Teología Moral, no estuviera basada, precisamente, en el Evangelio! Esta contraposición que hace es, simplemente, falaz, y refleja sus propios prejuicios y su extraña concepción de la Fe católica y de la Iglesia misma.

También en este punto, a través de las notas a pie de página, introduce otro elemento preocupante cuando afirma: "Quizás por escrúpulo, oculto detrás de un gran deseo de fidelidad a la verdad, algunos sacerdotes exigen a los penitentes un propósito de enmienda sin sombra alguna, con lo cual la misericordia se esfuma debajo de la búsqueda de una justicia supuestamente pura. Por ello, vale la pena recordar la enseñanza de san Juan Pablo II, quien afirmaba que la previsibilidad de una nueva caída «no prejuzga la autenticidad del propósito»". Quien exige propósito de la enmienda a los penitentes no son los sacerdotes de forma particular, porque ellos quieran, como aquí sugiere el Papa, sino que es una de las exigencias para que el sacramento de la Confesión sea válido, lo cual no es opcional, sino que forma parte de la Doctrina irreformable de la Iglesia, como aparece dogmáticamente definido por el Sacrosanto y Ecuménico Concilio de Trento, en el apartado sobre la Doctrina del santísimo sacramento de la Penitencia, Cap. IV: De la Contrición:

"La Contrición, que tiene el primer lugar entre los actos del penitente ya mencionado, es un intenso dolor y detestación del pecado cometido, con propósito de no pecar en adelante [...] Declara, pues, el santo Concilio, que esta Contrición incluye no sólo la separación del pecado, y el propósito y principio efectivo de una vida nueva, sino también el aborrecimiento de la antigua".


Por lo tanto, que sea previsible que el penitente vuelva a pecar, no contradice ni anula la exigencia de no querer volver a hacerlo -que no la impone el sacerdote, sino que se la debe exigir a sí mismo el propio pecador, pues al confesor le puede engañar, pero a Dios no-. En el caso de los adúlteros que se acercaran al sacramento de la Penitencia sin intención de poner fin a su relación adúltera, no es que teman o prevean que puedan volver a cometer el pecado, sino que el arrepentimiento realmente no existe y el propósito no es dejar de cometerlo, sino continuar haciéndolo. En tal caso la confesión sería inválida y, además, sacrílega.

Concluye el punto con otra más que discutible cita de la Comisión Teológica Internacional -que sostiene algunas posturas totalmente opuestas al Magisterio de la Iglesia de siempre-, en la cual considera "inadecuada cualquier concepción teológica que en último término ponga en duda la omnipotencia de Dios y, en especial, su misericordia", como si la misericordia de Dios estuviera enfrentada a su justicia. No puede resumir mejor este capítulo, que la petición con la que el Papa lo finaliza: "invito a los pastores a escuchar con afecto y serenidad, con el deseo sincero de entrar en el corazón del drama de las personas y de comprender su punto de vista, para ayudarles a vivir mejor y a reconocer su propio lugar en la Iglesia". El objetivo es, pues, contemporizar con la gente y ayudarles a vivir mejor -en este mundo, naturalmente-. La trascendencia brilla, una vez más, por su ausencia; la salvación de su alma inmortal ni se menciona; como tampoco el riesgo cierto de condenación eterna.

Todos los subterfugios empleados a lo largo de este complejo capítulo, propios del más puro jesuitismo, recuerdan la actitud de los rabinos judíos que, durante miles de años, han estado buscando la manera de poder incumplir las leyes, meramente humanas, como bien decía el Señor (Mt 19, 8), adaptando éstas a su propia voluntad y no a lo que ellos consideraban que era la voluntad de Dios. De ahí el dicho: "quien hace la ley, hace la trampa". Pero, para un católico no es moralmente lícito intentar hacer trampas para saltarse la Ley divina y el mandato expreso de Nuestro Señor. Uno puede tratar de autoengañarse -sobre todo si para ello cuenta con un respaldo "oficial"-, o incluso puede engañar al confesor; pero a Dios, que un día nos ha de juzgar, no se le puede engañar.

Aquí concluye el análisis de este capítulo, quedando para la próxima entrada del blog el del noveno y último capítulo de la Exhortación "Amoris laetitia", que será la Parte VIII de mi análisis.